la ciudad dormida, un manto de silencio que envolvía los edificios y las calles. Pero en la soledad de su habitación, Gael no encontraba paz. Acostado sobre su cama, con la vista clavada en el techo, sentía el peso de su propia existencia oprimiéndolo, un nudo en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Su cuerpo no respondía al cansancio, la tensión acumulada le mantenía alerta, y su mente ardía en un fuego incontrolable, alimentado por deseos oscuros y pensamientos inconfesables. No podía más. No soportaba el ansia, la necesidad creciente de romper las barreras de su propia cordura, de liberarse de las cadenas que lo ataban a una vida que no sentía suya. Entonces, dejó de ser Gael. Se fue a su clóset y luego al baño, observándose fijamente en el espejo. Daemon emergió de entre l

