Gia se detuvo frente al club "Output", ajustando la capucha de su abrigo sobre su cabeza. El lugar estaba abarrotado, con música estridente vibrando en el aire y luces de neón parpadeando sobre la entrada. Inspiró hondo, llenándose de valor, y se escabulló entre la multitud. Sabía que no sería fácil, pero no tenía opción. Debía intentar llegar hasta donde la persona que le ayudaría.
Sus pasos eran cautelosos mientras se deslizaba entre las sombras. El ambiente sofocante del club, con el olor a licor y sudor impregnando el aire, la hizo sentir fuera de lugar. Manteniéndose pegada a las paredes, buscó con la mirada donde podía estar la oficina. No podía permitirse fracasar, así le tocara pelear con quien fuera. Pero necesitaba llegar ante esa persona, la única que podía ayudarlo.
Pero la suerte no estuvo de su lado.
¡Hey! —una voz masculina la detuvo en seco.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano fuerte la sujetó del brazo y la giró con brusquedad. Gia se encontró con un hombre joven, alto, de cabello oscuro recogido en una coleta y mirada severa. Su agarre era firme, casi doloroso, transmitiendo una sensación de autoridad y desconfianza.
—¿Qué quieres? ¿Eres una policía y te la estás dando de lista? —acusó de inmediato, su voz cargada de desdén.
Gia frunció el ceño, sintiendo cómo la rabia comenzaba a arder en su interior. Intentó zafarse, pero Alex no la soltó.
—Déjame en paz —gruñó, tratando de ocultar el leve temblor en su voz.
Los ojos de Alex la recorrieron de pies a cabeza con una mueca de desprecio. Su chaqueta de cuero y sus botas… Todo en ella gritaba que no pertenecía a ese mundo de lujo y excesos. Sin pensarlo dos veces, la arrastró hacia la salida con una fuerza que la hizo tropezar.
—Toma dinero y lárgate —espetó, arrojando un par de billetes al suelo frente a ella.
Gia reaccionó en un instante. La indignación le ardió en el pecho. Se revolvió con fuerza, logrando liberar un brazo, y lo empujó con ambas manos. Alex se tambaleó, sorprendido por su agresividad.
—No soy una maldita policía, idiota —espetó, fulminándolo con la mirada.
Alex se recuperó rápido. Su mandíbula se apretó y dio un paso adelante con expresión de furia.
—Si no eres una policía, entonces eres una ladrona. ¿Viniste a robar? —inquirió con fiereza.
Gia sintió cómo la indignación la consumía. Su pulso se aceleró y, sin pensarlo, le lanzó un golpe directo al rostro. Alex logró esquivarlo por poco, pero la furia en sus ojos se intensificó. Su respuesta fue rápida: la sujetó de los hombros y la empujó con firmeza contra la pared. El impacto hizo que Gia soltara un jadeo de sorpresa, pero no pensaba rendirse. Con un movimiento rápido, levantó una pierna y le propinó una patada certera en el estómago.
Alex gruñó, doblándose levemente por el golpe, pero su reacción fue igual de veloz. Se irguió y, con una fuerza brutal, la sujetó por el cuello y la volvió a pegar contra la pared. Gia sintió la presión en su garganta y luchó por zafarse, arañando su muñeca y retorciéndose con desesperación.
—¡Basta! —una voz potente irrumpió en la escena.
Ambos se quedaron congelados. Alex aflojó ligeramente su agarre, girando la cabeza hacia la nueva presencia. Gia, aún con la respiración agitada, pudo ver la silueta imponente de un hombre que se acercaba con paso firme.
—¿Qué está pasando aquí? —interrumpió Daemon, su mirada oscura alternando entre ambos.
Gia respiraba con dificultad, mientras Alex se acomodó y la fulminó con la mirada. Daemon avanzó con paso seguro y miró primero a Alex, quien de inmediato la soltó por completo.
Gia aprovechó el momento para recomponerse. Miró fijamente a Daemon y, sin titubeos, soltó:
—Necesito tu ayuda.
Daemon la observó con desconfianza, cruzándose de brazos.
—Te equivocaste de lugar, niña —dijo con frialdad—. Yo no brindo ayuda a nadie.
Gia sintió que la desesperación se apoderaba de ella. Había llegado demasiado lejos como para ser rechazada de inmediato.
—No soy una niña, y no me equivoqué —murmuró, su voz temblando levemente—. Soy Gia… la hija de Vanno. Y necesito sacarlo de la cárcel.
Un tenso silencio se extendió entre los tres. Alex la miró con incredulidad, mientras los ojos de Daemon se afilaban con peligroso interés.
Cómo era posible que la persona que sus padres estaba intentando encontrar aparecía frente a él.
—Ven conmigo —ordenó Daemon tras unos segundos, girándose hacia su oficina sin esperar respuesta.
Gia lo siguió sin dudar, su corazón latiendo con fuerza. Sabía que acababa de cruzar una línea de la que no había retorno. Seguido de ellos caminaba Alex, no dejaba a Daemon, solo con nadie en un segundo y en ese momento mucho menos.
Dentro de la oficina, Daemon se apoyó contra su escritorio y sacó un teléfono. Tecleó algo con rapidez, el sonido de los botones resonando en la silenciosa habitación. Su expresión permaneció imperturbable mientras esperaba. Solo el parpadeo de la pantalla iluminaba su rostro, reflejando un destello fugaz en sus ojos afilados.
Minutos después, revisó la respuesta que había llegado a su teléfono. Su ceja se arqueó con evidente interés antes de girar la pantalla hacia Alex, quien miró de reojo sin disimular su curiosidad.
—Interesante… —murmuró Daemon, sin apartar la vista del dispositivo—. No te pareces en nada a la foto que tengo de Gia Vanno.
Desde el otro lado de la mesa, Gia se removió ligeramente en su asiento. La tensión en el ambiente era palpable, y por un instante, solo se escuchó el zumbido bajo de un reloj en la pared. Con un movimiento lento, casi desafiante, se quitó la capucha y dejó al descubierto su cabello, ahora más corto y teñido de un tono oscuro que contrastaba con su piel clara.
—Me hice un cambio de look —dijo con voz firme, sin titubear, quitando los lentes de contacto, mostrando sus ojos verdes—. Me está buscando el FBI y no podía arriesgarme a que me reconocieran.
Alex no apartaba la vista de ella. Había algo en la forma en que hablaba, en el matiz de su voz… una sensación extraña que lo inquietaba. Su acento, su actitud, la manera en que mantenía la compostura bajo presión. No había duda: su esencia indudablemente italiana despertaba un interés en su ser.
Daemon tamborileó los dedos contra el escritorio, observándola con una mezcla de análisis y diversión. Sus ojos oscuros parecían diseccionarla, buscando algo más allá de su apariencia renovada.
—¿Y qué hace la hija de Vanno huyendo del FBI y pidiendo mi ayuda? —preguntó finalmente, con una sonrisa ladeada que no alcanzó a suavizar el filo en su voz.
—La pregunta más importante es. ¿Cómo llegó hasta aquí? —intervino Alex, mirando Gia directamente a los ojos.
Gia tragó saliva. Cada palabra que saliera de su boca podía definir el curso de lo que vendría después.
—Un amigo me comentó sobre un grupo especial, que hacen lo imposible, posible. Me dio esta dirección.
Sentía el peso de sus propias decisiones presionándola, pero mantuvo el rostro inmutable.
—El mano derecha de mi padre, lo traicionó. Tengo información importante que mi padre Tenía en su caja fuerte. Te la puedo dar a cambio de que lo saques. —continuo Gia con desesperación.
—¿Revisaste esa información? —pregunto Daemon.
—No he tenido tiempo de leer. Pero le aseguro que esa información es importante, de personas muy valiosas.
Daemon suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho. No tenía duda de eso, porque justo ahí. Había información de toda su familia.
—Sacar a tu padre de la cárcel es difícil. No es algo que pueda hacer sin pensarlo —afirmó con seriedad.
Gia sostuvo su mirada, sin vacilar.
—Lo entiendo. Solo dime si puedes o no —dijo, cortante, sin rodeos.
Un destello de interés cruzó por los ojos de Daemon. No muchos se atrevían a hablarle con esa franqueza. La observó por un largo instante, disfrutando la tensión que se acumulaba en el aire. Luego, con un asentimiento lento, respondió:
—Déjame pensarlo.
Gia se puso de pie con movimientos medidos, deslizando las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta. Antes de marcharse, dirigió una última mirada a Alex, quien seguía observándola con una intensidad que la hizo sentir expuesta, como si intentara descifrar algo oculto en su rostro. Sus miradas se cruzaron por un instante que pareció más largo de lo necesario, cargado de una tensión silenciosa.
Sin decir más, Gia giró sobre sus talones y salió de la oficina. Sus pasos resonaron en el suelo de madera mientras se alejaba por el pasillo, desapareciendo en la penumbra del corredor. Ahora solo quedaba esperar.
Daemon, aún apoyado contra su escritorio, soltó un leve suspiro antes de estirar el brazo y tomar su teléfono. Sus dedos se movieron con precisión al marcar un número que conocía de memoria. Se llevó el aparato al oído y esperó.
Apenas pasaron dos tonos antes de que le respondieran.
—Papa, necesito que escuches esto —dijo Daemon, sin rodeos.
Del otro lado de la línea, la voz de Jayden llegó con la calma característica de alguien que siempre parecía un paso adelante.
—Dime, hijo.
Daemon entrecerró los ojos, contemplando la pantalla de su teléfono como si pudiera ver más allá de las palabras que estaba a punto de pronunciar.
—La hija de Vanno vino a buscarme —informó con tono grave—. Quiere que la ayude a sacarlo de la cárcel.
Jayden no respondió de inmediato. Un breve silencio se instaló en la conversación, lo suficiente como para que Daemon supiera que su padre estaba sopesando cada implicación de aquella noticia.
Pero cuando habló, su tono no era de duda, sino de entusiasmo.
—Esa es la mejor noticia que he recibido en semanas —dijo Jayden, dejando escapar una breve carcajada—. Si logramos sacarlo antes de que lo obliguen a hablar, todos estaremos a salvo.
Daemon sonrió ante la reacción de su padre, girando el teléfono entre sus dedos.
—Eso pensé. ¿Qué quieres que haga?
—Hazlo, Daemon. Mueve lo que tengas que mover. No podemos darnos el lujo de dejarlo ahí mucho tiempo más.
Daemon asintió, como si su padre pudiera verlo.
—Para mí, nada es difícil.
Jayden soltó otro murmullo de satisfacción.
—Eso quería escuchar. Manténme informado.
La llamada terminó con un clic, pero Daemon permaneció mirando por la ventana unos segundos más.
Algo en su interior le decía que aquella no sería la última vez que vería a Gia Vanno y la cara de tonto que tenía Alex, se lo confirmaba.
Daemon guardó el teléfono en su bolsillo y dejó escapar un resoplido antes de girarse hacia Alex, quien seguía con la mirada fija en la puerta por donde Gia había desaparecido.
Una sonrisa burlona se dibujó en los labios de Daemon mientras se cruzaba de brazos.
—Vaya, Alex… —murmuró con tono divertido—. ¿Te enamoraste o qué?
Alex parpadeó, saliendo de sus pensamientos, y frunció el ceño.
—¿Qué? No digas estupideces.
Daemon dejó escapar una carcajada y caminó hasta su escritorio, dejándose caer en la silla con un aire relajado.
—Por favor —insistió, ladeando la cabeza con fingida inocencia—. Desde que entró, no dejaste de mirarla como si estuvieras viendo a la mujer de tu vida. Y cuando se fue, tú mirada se entristecido.
Alex bufó y se pasó una mano por el cabello, visiblemente incómodo.
—No es eso —replicó, intentando sonar indiferente—. Es solo que hay algo en ella… No sé. Su voz, su manera de hablar… es algo imponente.
Daemon alzó una ceja con interés.
—Eso es amor.
Alex cruzó los brazos, su expresión seria.
—No inventes. Daemon.
Daemon sonrió con satisfacción.
—prepara todo. Necesitamos ir a Italia e investigar un poco. Pero eso será dentro de tres días.
—¿Así que ya decidiste?
—Exactamente. Debo ayudar a la mujer que llamó la atención de mi primo.
Alex lo miró de reojo. Hastiado por las bromas de su primo.
—Tienes la tarea de averiguar dónde se está quedando… —hizo una pausa, con una sonrisa maliciosa— me encargaré de que mañana entre a la universidad, necesito ganar tiempo y que se vea como una chica como y corriente sin llamar la atención de nadie.
Alex asintió y salió de la oficina un poco pensativo. ¿Por qué sentía una opresión en el pecho de solo pensar en volverla a ver?