—¿Verás a Yvonne cuando estés en París?— preguntó Zena. —Tal vez ponga los ojos un poco más hacia arriba y encuentre una amiga superior a ella— contestó Kendrick. —Pero estoy segura de que las joyas de Massin no estarán al alcance de tu bolsillo— dijo Zena y ambos se echaron a reír. Ahora, después que Zena se había despedido de Kendrick, besó a su madre y después a su padre. —Ojalá seas feliz, queridita— dijo el Archiduque. —¡ Yo ya soy más feliz de lo que había sido nunca en mi vida, padre!— contestó Zena. El pareció un poco sorprendido, pero la respuesta pareció también complacerlo. El Archiduque suponía que no tenía caso decirlo; pero siempre había lamentado, con amargura, que su hija mayor hubiera sido obligada a casarse con un hombre al que detestaba y que la hacía infeliz. Si

