Capitulo 02

1465 Words
Dahlia Soler ​—¿De verdad vas a salir con él? —La voz de Lucía, mi compañera de la galería, rompió el silencio del cierre. Estaba guardando unos catálogos, pero sus ojos brillaban con una curiosidad que rozaba la envidia—. Dahlia, ese hombre no solo es guapo, parece que podría comprar toda esta calle y demolerla solo porque le estorba la vista. ​Terminé de retocarme el labial frente al pequeño espejo del mostrador. Mis manos temblaban ligeramente, un detalle que esperaba que ella no notara. ​—No es una cita, Lucía. Es solo... una invitación que no pude rechazar —respondí, tratando de sonar más segura de lo que me sentía. ​—Ay, por favor. "No acepto un no por respuesta" —citó ella, soltando una risita mientras se colgaba el bolso—. Es la frase más intensamente sexy que he escuchado en mi vida. Normalmente eres tan... correcta. Tan cerrada. Siempre rechazas a los chicos que vienen aquí a intentar invitarte a un café aburrido. Disfruta un poco, chica. No te cohibas tanto por una vez en tu vida. Sal, bebe algo caro y deja que ese monumento te trate como a una reina. Te lo mereces después de tanto tiempo sola. ​Me despedí de ella y de Marcos, el guardia de seguridad, quien me dedicó un asentimiento respetuoso. Al salir de la galería, el aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero no logró enfriar el nervio que me recorría el cuerpo. Lucía tenía razón en algo yo nunca hacía esto. Siempre seguía las reglas, siempre era la mujer que mantenía la distancia pero con Asier Vanzatti, las reglas parecían haberse disuelto en el momento en que sus ojos negros se clavaron en los míos. ​Justo en ese instante, un sedán n***o, de cristales tan oscuros que parecían absorber la luz de las farolas, se estacionó frente a mí. No era un coche; era una declaración de intenciones. Un hombre corpulento, vestido con un traje impecable y una expresión grabada en piedra, bajó del vehículo y abrió la puerta trasera sin decir una palabra. ​El trayecto hacia el restaurante fue una mezcla de asombro y ansiedad. Mientras observaba las luces de la ciudad pasar a través del cristal blindado, pensaba en las palabras de Lucía. "¿No te cohibas tanto?". Era fácil decirlo, pero sentada en aquel cuero costoso, sentía que estaba entrando en un territorio para el que no estaba preparada. ​Cuando el coche se detuvo frente a L'Absolu, el corazón me dio un vuelco. Era el restaurante más exclusivo de la ciudad. El chofer me escoltó hasta la entrada, donde el silencio me recibió como una bofetada. El lugar estaba vacío. Totalmente desierto, a excepción de los camareros que se movían como sombras y del hombre que me esperaba en el centro del salón. ​Asier se puso de pie. Su figura, recortada contra la luz de las lámparas de cristal, era imponente. Llevaba un traje oscuro que parecía una armadura de seda. Su mirada me recorrió de arriba abajo, y por un segundo, me sentí desnuda bajo su escrutinio. ​—Llegas a tiempo, Dahlia —dijo, y su voz profunda vibró en el aire vacío del lugar—. Te queda bien ese vestido. El n***o resalta la palidez de tu piel. Estás exquisita. ​—¿Has cerrado todo el restaurante solo para una cena? —logré articular, sintiendo el peso del lujo a mi alrededor. ​—No me gusta que me interrumpan cuando estoy concentrado en algo —respondió con sencillez, indicándome que me sentara—. Y esta noche, mi atención es solo tuya. ​Me senté, sintiéndome como una impostora. El servicio fue inmediato y perfecto. Un camarero sirvió una copa de vino tinto y me quedé helada al reconocer la etiqueta un Pétrus. Mi favorito. Aquel que solo mencionaba en mis sueños de opulencia. ​—¿Cómo sabías que...? —empecé a preguntar, pero él simplemente levantó su copa, deteniendo mi duda con un gesto elegante. ​—Tengo un instinto para las cosas finas, igual que tú —dijo, y vi una sombra de algo parecido a una sonrisa en sus labios—. Prueba el carpaccio de trufa negra. Sé que prefieres los sabores intensos pero delicados. ​Cada bocado era una explosión de sabor, pero lo que realmente me alimentaba era la intensidad de su presencia. Asier no hacía preguntas triviales. No intentaba impresionarme con palabras vacías. Él simplemente estaba allí, dominando el espacio, conociendo mis gustos como si hubiera leído mi diario privado. ​—Eres un hombre muy decidido, Asier —dije, tratando de recuperar algo de control sobre la conversación—. Nunca me había topado con alguien así. Casi pareces creer que el mundo entero te pertenece. ​Asier dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. El aura de peligro que emanaba de él se intensificó, llenando el espacio entre nosotros. ​—El mundo pertenece a quienes tienen la voluntad de tomarlo, Dahlia. La mayoría de las personas pasan su vida pidiendo permiso para existir. Yo no. Si quiero algo, lo tomo. Si necesito algo, lo consigo. —Su voz bajó de tono, volviéndose una caricia ronca—. Y ahora mismo, te quiero aquí, cenando conmigo. ​—¿Y si yo no hubiera querido venir? —lo desafié, aunque mis manos bajo la mesa estaban entrelazadas con fuerza. ​—Hubieras venido de todos modos —respondió con una frialdad absoluta que me dejó sin aliento—. Porque tú también estás cansada de lo predecible, Dahlia. Estás cansada de los hombres que te miran con duda. Yo no tengo dudas sobre ti. ​La cena transcurrió como un sueño hipnótico. Él sabía que prefería el pescado, que no me gustaba el dulce en exceso, que disfrutaba del silencio. Era aterrador y fascinante a la vez. En un momento, mientras hablábamos de la técnica del claroscuro en la pintura, me di cuenta de que su propia personalidad era eso muces brillantes y sombras impenetrables. ​—¿A qué te dedicas exactamente, Asier? —pregunté finalmente—. No pareces un simple hombre de negocios. ​—Gestiono deudas, Dahlia —respondió con una calma que me dio escalofríos—. Me aseguro de que lo que se debe, se pague. A veces con dinero, otras veces con lealtad. Es un negocio necesario para mantener el equilibrio. ​—¿Y qué deuda estás cobrando conmigo esta noche? ​Él guardó silencio. Sus ojos se fijaron en mis labios, y por un instante, la máscara de frialdad se rompió. Vi algo allí un hambre antigua, una necesidad de posesión que no tenía nada que ver con los negocios. No era una mirada de odio, era la mirada de un hombre que ha encontrado su obsesión. ​—Esta noche no se trata de deudas —susurró, extendiendo su mano sobre la mesa. No pude evitarlo; acerqué la mía. Cuando sus dedos rozaron mis nudillos, sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna—. Esta noche es solo el prólogo, Dahlia. Aún no tienes idea de lo importante que eres para mí. ​Me quedé mirándolo, perdida. Sabía que debía estar asustada por su intensidad, por su control excesivo, pero mientras su mano rodeaba la mía con una fuerza posesiva, me di cuenta de que Lucía tenía razón. Estaba harta de lo aburrido y Asier Vanzatti era cualquier cosa menos aburrido. ​—Tengo que volver a casa, Asier —dije, aunque mi corazón pedía a gritos que la noche no terminara. ​—Volverás a casa cuando yo lo decida —respondió él, sin soltar mi mano—. Pero no te preocupes. Mañana te veré de nuevo. Y pasado mañana también. ​Se levantó y me guió hacia la salida. Su mano en la parte baja de mi espalda se sentía como una marca de propiedad, un fuego que traspasaba la seda de mi vestido. Al llegar al coche, se acercó a mi oído, y su aliento caliente me hizo cerrar los ojos. ​—Duerme bien, Dahlia Soler. Sueña conmigo, porque yo no voy a salir de tu cabeza ni un solo segundo. ​El coche arrancó y lo vi quedarse bajo la lluvia, una sombra imponente gobernando la acera. Mientras me alejaba, me toqué la mano donde él me había rozado. Mi piel aún ardía. Era un hombre peligroso, un mafioso que no pedía permiso, pero por primera vez en mi vida, no me sentía una víctima. Me sentía la elegida de un monstruo, y esa sensación era más adictiva de lo que jamás me atrevería a admitir.
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