Asier Vanzatti El frío del túnel parecía haberse filtrado directamente en mis huesos mientras sostenía el arma frente al rostro de mi propia hermana. Alessia no parpadeaba; su mirada era una línea recta de ambición pura que no dejaba espacio para el remordimiento o la nostalgia familiar. A mi lado, sentía la respiración agitada de Dahlia, un sonido humano que contrastaba con la quietud mecánica de las cámaras de seguridad que, aunque supuestamente desactivadas por Enzo, parecían ojos juzgándonos desde la oscuridad del techo. —¿Realmente crees que un fajo de papeles va a detener lo que ya está en marcha, Asier? —preguntó ella, y su voz resonó en las paredes de hormigón con un eco que me heló la sangre—. El mundo que conociste de niño ha muerto. Los Vanzatti ya no somos una familia; somos

