Capítulo 2: Ratón de Biblioteca
— Deberías de hablar con él…
Susurra Shirley, la miro con los ojos abiertos al máximo, pensando si mi amiga acaba de volverse loca. No pienso hablar con el Dr. Mathews, no voy a darle el gusto de saber que me siento incómoda con su presencia después de lo que ocurrió entre ambos esta mañana y menos ponerme en la situación en la que él me pida una disculpa o algo por el estilo, sobre todo porque fue él quien casi me atropella y quien se comportó como un completo imbécil, pero bueno, supongo que eso no justifica de ninguna forma el que yo haya actuado como actué y el hecho de que dañé su auto, un daño que quizá cueste muchos miles de dólares, quizá alcanzando la cuantía suficiente como para que me pueda denunciar y quizá mandar a la cárcel, porque obviamente puede, es el maldito profesor de Derecho Penal y tiene un doctorado en la materia ¡¿Cómo se le gana a eso?!
— ¡¿Estás loca?!
Mi voz sale en forma de un chillido tan agudo que hasta mis oídos quedan dañados.
— Solo pídele disculpas, no puedes comenzar el semestre de esta forma
— Sigue pareciéndome una locura lo que estás proponiendo
Termino de guardar mis cosas en mi mochila y me la cuelgo al hombro. Sin poder evitarlo le echo una mirada al Dr. Mathews; él está hablando con algunos alumnos, los típicos chupa medias que intentan siempre ser del agrado de los profesores con la esperanza de que les abra las puertas y con una oportunidad como la de trabajar por un año en “Wood and Wood”, cualquiera intentaría besarle el trasero a ese imbécil… hasta yo de no ser porque tengo mucha dignidad.
Le doy un empujoncito a mi amiga, apresurándola en nuestro camino hacia la puerta del aula de clases. No tengo tiempo como para lidiar con un profesor imbécil que se burla internamente de su alumna y menos uno que es tan narcisista como para creer que no debe de disculparse por casi atropellarla. Mejor dejo de pensar en el Dr. Mathews y me concentro en lo que de verdad importa, esforzarme al máximo por sacar buenas notas, terminar la universidad, conseguir un buen trabajo y devolverle a tía Nan todo lo que ha hecho por mí en los últimos diez años. Eso es en lo que debería de utilizar toda mi energía, en pensar en lo que de verdad me importa, enfocarme, tratar de no pensar en profesores imbéciles y autos carísimos. Lo único que le agradezco de todo esto al Dr. Mathews es que él mismo se haya ofrecido a pagar por el daño a su auto, librándome de la responsabilidad y, si mi conocimiento en derecho civil no está errado y dudo mucho que lo esté, al haber aceptado la oferta, el acuerdo mutuo entra en vigor y yo estoy libre de obligaciones, salvo la obligación tácita de, quizá, no mencionar el impase que sufrimos esta mañana…
— Señorita Fitzgerald…
Me detengo en seco a pocos centímetros de la puerta.
— ¿Dr. Mathews…?
Me giro lentamente, el alto hombre con apariencia imponente, como si quiera que todo el mundo lo mirase. El Dr. Mathews limpia unas gafas de armazón grueso para finalmente colocárselas, dándole un aspecto más intelectual y es obvio que se vea así, tiene toda la pinta de ser un hombre pedante intelectual que le encanta presumir sus conocimientos y hacer sentir inferiores a los demás por usar ropa barata pero cómoda. Sacudo esos pensamientos de mi cabeza, siendo consciente de que mi amiga me acaba de abandonar y que los alumnos besadores de traseros están dejándome sola con el profesor nuevo a la merced de lo que sea que me vaya a decir. Quizá me vaya a pedir que pague por el otro faro, el que rompí innecesariamente, no tengo ni la más mínima idea de cuanto cueste reparar el faro de un BMW del año, porque es claro que es un auto del año, aunque claro, conduciendo un Nissan del año mil novecientos ochenta y cinco, cualquier auto parece “del año”. Mejor empiezo a sacar presupuestos, tendré que vender muchas cosas para poder pagarle el arreglo del faro. Me maldigo mentalmente por haber actuado impulsivamente en vez de obedecer a las sabias palabras de tía Nan acerca de respirar hondo y tratar de mandar a la mierda a las personas con la cabeza fría.
— Solo quería hacerle una observación — dice, tomando su portafolio color chocolate y acercándose a mí, demasiado para mi gusto — Veo que su capacidad argumentativa es casi tan mala como su actitud…
— ¿Perdón?
Le miro con una ceja alzada, sintiendo un horrible calor en el estómago, es ira, lo sé perfectamente, es ira y el deseo de estampar mi puño contra el rostro del hombre que tengo delante.
— Y al parecer, tampoco su nivel de entendimiento y razonamiento es demasiado alto…
— ¿Se está burlando de mí?
Le miro fijamente con el entrecejo fruncido, esperando que el Dr. Mathews se de cuenta de lo enojada que me siento en este momento y que espero que me ofrezca unas disculpas.
— Acabo de decirle, señorita, que quería hacerle una observación — me mira con una ceja alzada como si creyera que soy la persona más tonta del planeta, le sostengo la mirada esperando que se de cuenta de lo enfada que me estoy sintiendo en este momento — Si bien es cierto, su respuesta era correcta, su capacidad de expresarla en palabras es, en mi opinión, deplorable, lo cual es inaceptable en un abogado — mi interior se encoge, esas palabras han sido muy duras — Un buen abogado debería de tener la capacidad de expresar sus argumentos de forma clara y concisa — se cruza de brazos, dándole el aspecto de una persona altiva — Y usted no las posee
— ¿Qué es lo que me está intentando decir, Dr.?
Le miro con las cejas enarcadas, conteniendo mi deseo de pegarle un fuerte puñetazo.
— Que sería mejor que busque otra opción de carrera — sonríe con burla — Porque si sus habilidades se limitan a expresar de forma desordenada una idea y… — se inclina un poco hacia mí — Destruir bienes ajenos… — susurra, haciéndome estremecer — Acompañada de insultos… — se encoge de hombros, la sangre comienza a hervirme — Pues no entiendo qué hace en una de las más prestigiosas escuelas de Derecho del país…
— ¿Eso es todo?
Pregunto, el Dr. Mathews suelta una risita.
— Cuide esa actitud, señorita Fitzgerald — me mira con sus ojos color caramelo como si estuviese mirando un indefenso y pequeño animalito, el hombre me lleva varias cabezas de alto, literalmente le llego por debajo del hombro — Sobre todo cuando habla con una persona como yo…
— ¿O sea, un imbécil? — suelto sin poder contenerme y no me arrepiento, el Dr. Mathews vuelve a reír de forma burlona, sin embargo, algo en su expresión me llama la atención, parece indignado, como si no pudiese creer que alguien le estuviese insultando de forma tan directa — Si ya terminó de desperdiciar mi tiempo criticando mi habilidad con la oralidad y dándome opiniones que no me interesan… — el hombre solo me mira — Entonces me retiro, pase un buen día…
— Aún no hemos hablado del daño hacia mi auto… — le ignoro, me doy media vuelta y comienzo a caminar hacia la salida sintiéndome poderosa por dentro — Señorita, creo que debemos de hablar acerca de…
— No me interesa — le interrumpo, siguiendo con mi marcha — Además usted ya dijo que lo pagaría porque soy pobre ¡Gracias!
— Señorita Fitzgerald…
— Tenga un buen día, Dr. Mathews…
Es lo único que digo, atravesando a toda velocidad la puerta y caminando por el pasillo casi trotando, sintiendo mi corazón golpetear mi pecho. Jamás me había enfrentado de esa forma con un profesor, nunca en mi vida había hecho algo como esto, pero ese imbécil me sacó de mis casillas demasiado rápido. Me golpeo mentalmente, me maldigo por haber perdido los estribos de nuevo, pero al mismo tiempo me siento poderosa. Si no le temo a un imbécil presumido como el Dr. Mathews, defender a un asesino contra un fiscal será pan comido. Respiro hondo, me aferro a las correas de mi mochila y sigo caminando, pero esta vez con seguridad, sintiéndome empoderada, pues dejé con las palabras en la boca a un gran imbécil y me siento orgullosa por ello.
— ¡Emi! — me detengo, Shirley se me acerca corriendo — ¿Qué pasó? ¿Te dijo algo acerca de su auto? ¿Te hará pagar por el daño?
— No, por suerte no
Contesto con alivio, mirando a todos lados por si hay moros en la costa.
— ¿Entonces para qué te pidió que te quedaras?
— Supongo que quería seguir burlándose de mí, al parecer eso le causa placer o algo por el estilo — contesto, caminando en dirección a los estacionamientos — Porque de lo único que ese idiota me habló fue acerca de mi deplorable habilidad argumentativa
— ¿En serio?
— Sí…
— Que imbécil
— Lo mismo dije…
— Ay Emi, ignóralo, tú eres muy buena en lo que haces…
— Lo sé… — me cruzo de brazos, mirando hacia adelante — No voy a dejar que los comentarios de un imbécil presumido que sintió su ego pisoteado porque una alumna le insultó, me afecten…
— Así se habla, amiga…
Shirley me pasa un brazo por los hombros, abrazándome de forma reconfortante.
— En fin… — repito — Tengo que apresurarme para abrir “El Ratón”
— Está bien, nos vemos mañana
Le doy un corto abrazo a mi amiga y empiezo a correr hacia los estacionamientos. Todos los días abro “El Ratón de Biblioteca”, mi pequeña tienda de libros y artículos varios para lectores, a la misma hora, una en punto de la tarde. En mi auto llego en un santiamén, en bicicleta no sé cuánto demoraré en llegar y no quiero comenzar mi semana abriendo tarde mi tienda. La verdad es que me sorprende lo muy bien que me está yendo con mi pequeño negocio, supongo que es por toda la publicidad que le hago en r************* , todo el tiempo publicando novedades en i********: y t****k. Sophia es mi mano derecha en ese sentido, ella me ayuda con lo de las r************* , ella diseña los posts y esas cosas ya que mi habilidad para la creatividad visual es deplorable. Quito la cadena de mi bicicleta, me ajusto el casco y me dispongo a pedalear…
— ¡Ah! — grito, escuchando la bocina de un auto, un flamante BMW color n***o con lunas polarizadas — Mierda… — susurro, viendo al vehículo pasar por mi costado con lentitud, como si el conductor quisiera disfrutar al máximo de la visión de mi persona en una bicicleta rosada con un casco lleno de flores y unicornios — ¡Imbécil! — grito a todo pulmón, viendo el auto alejarse a toda velocidad — Ese imbécil…
Sacudo la cabeza en un intento desesperado por alejar al Dr. Alexander Mathews de mi mente. A ese imbécil no le bastó con casi atropellarme e intentar humillarme después de clases, sino que ahora acaba de intentar ponerme de los nervios. Creo que lo que le dije a Shirley, lo de que el profesor nuevo siente placer al burlarse de mí, es acertado, porque otra cosa no me explico. Ese sujeto debe de tener un severo problema de atención o narcicismo como para necesitar burlarse de esa forma de una persona. Tomo con fuerza el manubrio de mi bicicleta y continúo mi rumbo en dirección a mi tienda. No pienso perder más de mi valioso tiempo en estupideces.
El camino a mi tienda se me hace largo y cansado, pero al menos logro abrir la tienda a la misma hora de siempre. Saco mi laptop de mi mochila, la enciendo y entro en mi página con la esperanza de ver si tengo mensajes de pedidos. Sonrío al ver que dos personas me están pidiendo toda la saga completa de “Sangre y Cenizas”, eso realmente eleva mi ánimo. Miro mi teléfono, el teléfono que uso para la tienda, tengo mensajes preguntando por separadores magnéticos y las agendas literarias que fabrico. No puedo evitar sonreír, a eso es a lo que llamo tener un buen día en el trabajo.
— Bienvenida a… ¡Oh! — exclamo, al ver a una despampanante y voluptuosa mujer rubia de labios gruesos pintados de rojo y unas enormes gafas de sol que adornan todo su look — Buenas tardes tía Nan
— ¡Emi! ¡Chiquita! — me sonríe, mostrando sus blancos dientes — ¿Cómo te fue en clases? — pregunta, apoyándose en el mostrador y haciendo sonar sus uñas perfectamente pintadas — Ay… pásate por mi salón cuando tengas tiempo, tu cabello necesita un retoque de color — toma un mechón de mi cabello — ¿Te has estado echando el aceite de argán como te indiqué?
— Sí, aunque a veces lo olvido — admito, mirando mi reflejo, mi cabello pasó de fucsia a un tono rosa algo raro — Y con respecto a las clases…
— ¿Qué pasó?
Pregunta tía Nan, quitándose las gafas de sol y mirándome con preocupación con sus ojos verdes.
— Nada malo… — suelto un suspiro — O bueno, depende de cómo le mires…
— ¿Por qué? — levanta una de sus cejas perfectamente hechas — ¿Qué sucedió?
— ¿Recuerdas el curso que te mencioné? — mi despampanante tía asiente con la cabeza — ¿Ese por el cual estaba tan entusiasmada…?
— Sí, algo me mencionaste
Contesta, acomodándose el flequillo con la mano derecha, dejando ver ese tatuaje de mariposa que tanto me gusta.
— Pues no tuve un buen inicio…
— Uh… ¿Por qué? ¿Qué te pasó?
La campana de la entrada suena, un par de personas entran y se dirigen a la sección de papelería en busca de post-it y resaltadores de color pastel.
— Que mandé a la mierda al profesor que imparte el curso sin saber que era el profesor…
Contesto, confirmando los pedidos de la saga de “Sangre y Cenizas” y agendando la entrega.
— ¡¿Cómo…?! — pregunta tía Nan, soltando una carcajada — ¿Qué te hizo cómo para que le hayas mandado a la mierda?
— Casi matarme… — contesto, viendo a otras dos personas entrar en mi tienda, estos se van a la sección de libros juveniles — Casi me atropella con su auto — continúo ante la atenta mirada de tía Nan — Y comencé a gritarle que era un imbécil por ir tan rápido en un estacionamiento — tía Nan vuelve a reír — Y pues… le di una patada a su auto y por accidente le rompí el faro derecho — tía Nan se cubre la boca con ambas manos y comienza a reír a carcajadas — Pero eso no fue lo peor…
— ¡Emi! ¡Te pasas! — ríe — Así no fue como te críe — vuelve a reír — ¿Qué más pasó?
— Pues del auto salió un sujeto con jeans y una camiseta blanca básica — me encojo de hombros, recibiendo otra orden, esta vez de la saga de “Perfectos Mentirosos” — Nunca hubiese imaginado que era un profesor, muchos alumnos tienen carros de lujo… — me encojo de hombros — Y comenzamos a discutir
— ¡Oh…!
— Yo pedí una disculpa por casi matarme y el imbécil dijo que no iba a disculparse porque no me había causado ningún daño que involucre lucro cesante o daño físico o daño a mi moral… — pongo los ojos en blanco, a veces los abogados podemos ser demasiado buenos y pesados en las discusiones — Y eso me enojó, porque lo único que hice fue decirle que me pidiera disculpas para dejar el tema, pero él estaba más ocupado en llevar a cabo su papel de abogado sabelotodo que es demasiado importante como para disculparse con una simple chica como yo — tía Nan niega con la cabeza — Y entonces me dijo que no importaba lo que le había hecho a su lindo vehículo, porque él pagaría por todo ya que… — confirmo el pedido y lo agendo — No me veía como alguien que pudiera pagar por la reparación del faro de un auto de lujo…
— ¡Que imbécil…!
Exclama tía Nan, poniendo mala cara.
— Lo mismo pensé…
— ¿Y qué le dijiste? — tía Nan se ve entusiasmada por la continuación del chisme — Ay… yo le hubiera hundido las uñas en la cara por decirme algo así
— Y ganas no me faltaron, pero lo único que hice fue romperle el otro faro de una patada y mandarlo a la mierda
— ¡Emi! — ríe a carcajadas — ¿No te he dicho que hay miles de formas de mandar a la mierda a alguien sin llegar a la violencia?
— Lo sé, tía, pero ese imbécil ya me había colmado mi paciencia
— ¿Y cómo descubriste que era tu profesor?
— Entró en mi salón de clases y se presentó como el nuevo profesor, luego intentó humillarme por segunda vez — uno de los pares de chicas toma varios post-it y algunos separadores de libros, para luego caminar alegremente hasta el mostrador — Aquí tiene… — le entrego su bolsa con el logo de mi tienda, una ratona con un libro rosa en la mano — Y entonces lo volví a mandar a la mierda
— Bien hecho — me felicita mi tía — Aunque yo le hubiera hundido las uñas en el rostro y le hubiera dejado en claro que no se debe de meter conmigo o le irá mal — sonrío, mi tía es de armas tomar — Pero claro, en tu universidad no se podría hacer algo así y menos a un profesor
— Lastimosamente no
— Aunque siempre puedes hacerlo fuera de la universidad — tía Nan me sonríe — Supongo que, en la calle, las reglas de la universidad no aplican y en la calle él es solo una persona, no tu profesor…
— Lo tendré en cuenta la próxima vez que le vea…
— Sí, porque tu universidad me cuesta caro como para que lo eches todo a perder por un imbécil que se cree la gran cosa
— Lo mismo pensé, por eso la segunda vez le mandé a la mierda de forma no tan directa ni chocante, aunque creo que de todas formas le sorprendió el hecho de que alguien sea capaz de mandarlo a la mierda — suelto una risita — A mí me sorprende que nadie nunca le haya mandado a la mierda…
— Igual ten cuidado, es un profesor y no vaya a ser que te metas en problemas… — asiento a sus palabras — Cambiando de tema… — me mira con seriedad — Tú, tu prima y su amigo el del afro me deben el dinero de la renta…