movió con toda la intensión de caminar hacia ella y apretarle el cuello hasta que dejara de respirar. Podía imaginar tales escenas; sus manos apretando el cuello de Luzmila hasta el punto de hacerle brotar la lengua, incluso las uñas de esa mujer enterrándose en sus manos mientras intentaba liberarse y con ojos iluminados suplicaba clemencia. Eran maléficos los pensamientos que abordaban su mente. Lo habría hecho, sin temor a nada lo habría realizado, pero Gabriele colocó su mano en el hombro controlando así la ira que quemaba su piel y parecía reventar sus venas. En ese mismo momento, su padre apareció —¡Nathan! —, se paró frente a su hijo obstaculizando la visión de este —Durante quince días te he llamado, buscado en un lugar y otro, ¿por qué no respondes mis llamadas y mensajes? D

