Caminamos uno al lado del otro, por lo que fueron los diez minutos más largos e incómodos de toda mi vida. No tenía ni idea de que estaba pasado por la mente de mi padre y no tuve el valor de preguntar que iba a hacer una vez llegáramos a casa de Antoine. Tuve mucho miedo. Faltando poco para llegar al edificio de mi novio, mi padre se detuvo a mitad del camino. —Sentémonos aquí, un momento —dijo y señaló una banca. No entendía nada. La molestia desapareció y en su lugar, vi mucho agotamiento en la su cara de mi padre. En los últimos días estuve tan abstraída en mi relación con Antoine, que no me di cuenta que mi papá estaba más delgado y ojeroso. —Siéntate a mi lado, cariño —su voz se dulcificó. Hice lo que me pedía. —Lamento haberte gritado en casa —dijo. Me quedé de piedra—. Hace

