Capítulo 8

1619 Words
Una vez a bordo del taxi, mi acompañante le indicó una dirección al chofer y cuando este puso el auto en marcha, Antoine se abalanzó sobre mí, apoderándose de mi boca. Nos besamos como si nunca lo hubiésemos hecho. Lenguas, gemidos y roces por doquier. El automóvil se detuvo y luego de que Antoine le pagara al taxista, entramos a un modesto edificio. Subimos las escaleras, dando tumbos entre besos y risas hasta que nos detuvimos frente a una puerta. Antoine sacó unas llaves del bolsillo de su chaqueta y la abrió, sin abandonar ni un momento mi boca. Entramos haciendo mucho ruido. Él se quitó la chaqueta a medida que caminábamos a través de un estrecho pasillo. Mi espalda chocó contra una pared y las manos de Antoine se apoderaron de mis pechos, los masajeó y su hinchada entrepierna hizo fricción contra la mía. Me alzó y me llevó hasta una cama, donde caí sin ninguna delicadeza. Él se lanzó sobre mí y se volvió a adueñar de mis labios, dando suaves mordiscos y jalando con sus dientes. Tomé su rostro entre mis manos y su incipiente barba picó en mis palmas. Sujetó mis muñecas y me las colocó por encima de la cabeza, entrelazando sus dedos con los míos. Siguió besándome, como si no hubiese mañana. —¡Dios! Sigues siendo tan hermosa como la primera vez que te vi —masculló entre besos. ¡Uff! Ese jodido acento francés lo hizo parecer un gatito ronroneando. —¿Has pensado en mí? —musité entre jadeos. —Cada maldito día de mi vida. —Mentiroso —murmuré sin dejar de besarlo. —Mentira sería que dijera que no extrañé esta suave piel —intentó introducir una de sus manos por debajo de mi blusa, pero como era tan ajustada no logró abrirse paso. Gruñó al ver su intento frustrado. No pude evitar sonreír por su gesto y me levanté para que él pudiera bajar el cierre en mi espalda. Cuando lo hizo, pude liberar mis brazos de las ceñidas mangas de blonda. Mis pechos quedaron libres. No llevaba sujetador, pues no era necesario, ya que mi blusa llevaba push up incorporado. Los dedos de Antoine se pasearon sobre mi desamparada piel y me estremecí ante su ardiente toque. Manos iban y venían en caricias que harían estremecer hasta al más frígido de los seres. Besos de esos que tienen un comienzo pero que no se saben si tienen un final. Antoine se había convertido en un amante muy complaciente, y hubo un pensamiento que retumbó en mi cabeza e hizo que mi libido de evaporara de golpe. Él era un hombre muy guapo y de seguro sinfín de amantes desfilaron por su cama a lo largo de esos trece años que no supe de su existencia. Di un respingón al caer en cuenta de algo. ¿Y si tenía alguna enfermedad de trasmisión s****l? No tenía idea de lo fue su vida durante todo ese tiempo y él tampoco sabía nada de la mía. Le di un suave empujón y me separé de él. —¿Qué sucede? —inquirió con la voz entrecortada. —¿Tienes protección? —lo miré a los ojos. —Procuraré no eyacular dentro de ti —se volvió a abalanzar sobre mí, apoderándose de mi boca. Su beso fue voraz y desesperado. Volví a darle un empujón, logrando separarme un poco. —No lo digo por eso. Yo tomo la pastilla —mentí para que mi petición no sonara tan odiosa—, así que no hay riesgo de que… No pude terminar la frase, ya que su mirada me dijo que estaba consternado por mi insinuación. Frunció el ceño, se levantó de la cama y se llevó la mano a la cabeza, peinando su cabello imaginario hacia atrás, pues lo tenía muy corto. —¡Por Dios, Anely! ¿Es en serio? —se mostró indignado—. Crees que… ando por allí, pescando cuanta enfermedad rara existe y que… —No, no, no —también me puse de pie y me acerqué a él—. Yo no me refiero a eso —traté de enmendar la situación—. Tenemos mucho tiempo sin vernos… ¡Yo podría estar enferma! —argumenté, tratando de sonar lo más convincente posible—. Tú no lo sabes —el me miró de soslayo—. Tómalo como una precaución. —Mierda —masculló—. Se me había olvidado que eres una experta a la hora de arruinar un buen momento. Sentí que una daga ardiente se clavaba en mi pecho. Recordé las tantas veces que Antoine me hirió con sus palabras… y lo seguía haciendo. ¿Qué coño estaba haciendo? ¡Debía irme de allí! No podía volver a tropezarme con la misma piedra. Tomé mi blusa que yacía tirada a un lado de la cama e intenté ponérmela… —¿Qué estás haciendo? —masculló la pregunta. —Esto es una mala idea. Lo mejor será que me vaya. —No. No hagas eso —él se interpuso en mi camino. —Eres un imbécil y nunca dejarás de serlo —dije lo que pensaba. Sus manos sujetaron mi rostro, una vez más. —Lo siento, Anely. Lo siento mucho. No puedo evitar ser un idiota —acercó su boca a la mía e intentó besarme, pero lo esquivé—. Ma petite reine —lo miré con intensidad. Nadie me decía así. Solo él. Mis ojos se empañaron al recordar el pasado—. Quédate —supe que imploraba. —¿Qué estamos haciendo? —mi voz se quebró. Él me abrazó. —Estamos viviendo, sintiendo —su aliento acarició mi cara—. La vida es un momento y hay que vivirlo. La vida es aquí… —volvió a posar sus manos a ambos lados de mi rostro y me besó con ternura—, y ahora —me dio otro beso—. Yo te deseo —beso—. Tú me deseas —beso—. Tu piel se eriza cuando te toco —beso—. Mi corazón late desbocado desde que te vi en la entrada de ese night-club —beso—. Quiero hacerte el amor una vez más —beso—. Quiero recordar lo bien que me siento al fundirme contigo —me besó con ferocidad—. Espera —susurró y se separó de mí. Hice un sonido de protesta y arrugué la nariz. —¿A dónde vas? —refunfuñé. —¡Si tengo! —gritó él, mientras se alejaba y se internaba en el baño. —¿Qué cosa? ¿De qué hablas? —continué con el mismo tono rezongón. Él asomo la cabeza por la puerta del sanitario. —Preservativos —abrió los ojos e hizo un gesto sugerente con sus cejas, a la vez que sonreía como solo él sabía hacerlo y par de hoyuelos se dibujaban en sus mejillas. Reí divertida ante su picardía. —¿Chocolate, cereza, menta o piña? —gritó desde el baño. Se me borró la tonta sonrisa de los labios. Esa puta sensación de malestar se volvió a instalar en mi estómago. ¿Para qué tendría Antoine tanta variedad de preservativos? Una imagen bizarra se apoderó de mis pensamientos. Antoine gimiendo, mientras alguien… Sacudí mi cabeza con fuerza y golpeé mi frente con la mano. Maldije mi mala costumbre de imaginar ciertas cosas que no se deben imaginar. La voz de mi conciencia me gritó que lo que estaba haciendo era una locura, que debía salir corriendo y alejarme de ese hombre, pero mi cuerpo estaba decidido a hacer lo que le daba la gana. —¡Vaya! No me imagino para que tienes tantos sabores —no pude evitar soltar las palabras y sonar muy sarcástica. Antoine salió del baño. —Y he allí, el sarcasmo desmedido de la señorita Olsen —comentó—. Debo confesar que esa parte de ti no la extrañaba para nada —agitó una cajita en su mano—. Estaba bromeando. Solo tengo de los convencionales. Se aproximó a mí y sujetó mi mentón, obligándome a mirarlo a los ojos. —¡Vamos! ¡Di que sí! —su voz sonó muy sensual. —¿Qué diga que sí a qué? —lo miré confundida. Él abrió la cajita y sacó un paquetito de envoltura plateada. Tomó mi mano y lo puso sobre mi palma. Miré el preservativo. —Pónmelo —me guiñó el ojo—. Como aprendiste a hacerlo aquella vez. Me sonrojé al recordar la vez que nos encontrábamos en su cuarto, viendo una película triple x en su computadora y la actriz le colocaba el preservativo al hombre con la boca. Antoine me animó a hacérselo y yo ni corta ni perezosa me dediqué a perfeccionar la técnica. No es que fuéramos unos pervertidos sin remedio… en esa época solo éramos un par de muchachos con curiosidad y muchas ganas de aprender. No hace falta describir lo que sucedió a continuación. Basta con decir que hasta nuestras sombras follaron sin clemencia. Gemidos, jadeos, susurros y palabras jocosas que hicieron cosquillas a nuestra imaginación, la que pusimos en práctica al… ¿amarnos? ¿Podría usar ese término? No lo sabía. Lo único que mis sentidos lograban percibir era que los dedos de Antoine se deslizaban sobre mi piel, estimulando cada punto preciso, mientras entraba y salía de mí. Nuestro sudor era una mezcla explosiva que en cualquier momento nos haría estallar en mil pedazos. Yo estallé cinco veces, él llegó a su culminación unas tres veces… Nos quedamos dormidos cuando el sol comenzó a filtrarse por la ventana.
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