Jadeé al sentir su mano posada en mi nalga derecha y comencé a moverme, sintiendo como su pene se ponía muy erecto, haciendo fricción contra mi entrepierna. —Sí —musitó él—, muévete así, ma petite reine. ¡Me encanta que te muevas así! —gimió. —¿Te gusta? Y a mí me encanta que me toques así —susurré en su oído, a la vez que le daba suaves mordisquitos para luego lamer el lóbulo de su oreja. —¡Dios! Si sigues haciendo eso, voy a correrme antes de tiempo —soltó una risita. Yo sonreí y comencé a moverme con más descaro sobre él. —Sí, sí, sí... —Anely… —jadeó. Di un respingo al sentir como sus manos se aferraban a mi trasero y me apretaba con fuerza contra él, logrando que su dura erección rozara con mi entrada. Gemí de manera escandalosa cuando su boca se apoderó de uno de mis pezones

