Abrí mis ojos con dificultad. Mis parpados me pesaban mucho. Me costaba mucho respirar y sentía muchas ganas de dormir. Caí en cuenta de lo que había hecho. ¡Por Dios! No quería morir. Me moví con torpeza sobre mi cama y me incorporé, haciendo un gran esfuerzo para hacerlo. Estiré mi mano para agarrar el papel donde escribí un montón de estupideces. Lo arrugué y lo lancé a un lado. Me puse de pie y el mundo comenzó a desvanecerse ante mis ojos. Sentí que una lágrima rodaba por mi mejilla. —No quiero morirme —mi voz sonó como un susurro muy lejano. Arrastré mis pasos hasta la puerta y la abrí con las pocas fuerzas que me quedaban. Abrí mi boca para pedir ayuda, para llamar a mi padre, pero mis cuerdas vocales se negaron a emitir ningún algún sonido. Me estaba muriendo. Podía sentirl

