Nunca fui la más linda de la clase. Ni siquiera estaba entre las más guapas. Esa distinción se la llevaban las niñas que eran mis mejores amigas en su momento. Yo poseo el don innato de rodearme de gente mucho más atractiva que yo. Nunca he estado de acuerdo con la estrategia de algunas mujeres de tener solo amistades menos agraciadas que ellas para poder sentirse unas bombas sexis.
No es que yo fuese fea cuando era niña, pero era invisible para la gran mayoría de mis compañeros de clases (excepto cuando necesitaban mi ayuda para alguna de sus tareas). Sin embargo, ser bonita o no, no era algo que me robara el sueño, para ese entonces.
Yo me conformaba con formar parte del cuadro de honor y cada vez que veía mi foto en esa preciosa cartelera que la maestra colgaba al fondo del salón, sentía que mi pecho se inflaba de orgullo.
Durante mi infancia, me cambié cuatro veces de escuela, debido a que mis padres se mudaban a menudo por culpa de sus trabajos.
Ser hija de artistas es agotador cuando ellos no lo logran encontrar un trabajo acorde a sus expectativas. Mi madre cantante con el sueño de ser la próxima Aretha Franklin. Mi padre dibujante y escritor, con la ilusión de que alguna afamada casa editorial de comics lo contratara, (de preferencia Marvel) pero tenía que conformarse con trabajos mediocres como caricaturista en el departamento de publicidad de alguna empresa mediana. Así que cuando se les presentaba la oportunidad de algún casting, concurso o entrevista de trabajo en algún lugar que mejorara sus posibilidades de lograr sus sueños, lo dejaban todo y emprendían la aventura, con dos niños pequeños a cuestas.
Los primero siete años de mi vida, los viví en la bella Denali Elementary School, en Alaska, en donde nací y me crie junto a mi hermano Dylan. Hijo de mi madre, pero no de mi padre. Él fue el fruto de una relación previa de mi mamá.
Fairbanks era mi hogar y pensaba que lo sería para siempre. ¡Dios! Que hermosas eran las auroras boreales que podía percibir desde la ventana de mi cuarto.
Nos tocó mudarnos por primera vez, en el año 1993.
Nebraska fue nuestro destino.
Yo no entendía que estaba sucediendo. Mis padres decidieron irse a vivir en casas separadas. Tenía tan solo ocho años cuando comprendí que mis padres se estaban divorciando.
¿Divorcio? ¿Qué rayos era eso? ¿Cómo era posible que dos seres que juraron amarse y respetarse “hasta que la muerte los separara”, decidieran sencillamente alejarse el uno del otro? ¡Yo era una chiquilla! ¿Cómo se supone que le explicas a una niña, que verá a su padre solo en vacaciones? No era justo. Yo tuve que pagar por los errores de mis padres. ¿A quién diablos le importó lo que yo sentía? A nadie.
Nueva ciudad, nueva escuela y nuevos amigos.
Pasaron varios meses y me negué a aceptar la separación de mis padres.
Lloraba con frecuencia en secreto, en mi cuarto, cuando mi madre no estaba en casa o en las noches, cuando sabía que todos dormían. Tenía recuerdos difusos de mi padre, borracho, llorando y pidiendo otra oportunidad. Nunca me gustó verlo triste y creo que por esa razón bloqueé ciertas memorias.
Mis padres peleaban mucho, pues Stephen Olsen, mi padre, tenía problemas con el alcohol y Margarette Monroe, mi madre, era maniática del orden. La relación llegó a un punto de quiebre en la que no podía ser enmendada. Gritaban por todo y eso comenzó a afectarme mucho, o al menos eso decía mi maestra al verme tan distraída en clases.
Volviendo a mi nueva aventura en Nebraska.
Fue un cambio radical. Pasé de vivir rodeada de mar y nieve, a vivir en un lugar muy parecido a un desierto. Cambié un aire puro y gélido por uno húmedo y tibio. Lo que más me asustaba de vivir allí, era la frecuencia de las tormentas eléctricas y los tornados, pero con el tiempo me acostumbré.
Fue en quinto grado cuando sentí que me había “enamorado” por primera vez. Obvio que no era amor, pero era tan solo una niña soñadora que sentía que el corazón se le iba a salir del pecho cada vez que Samuel Daniels se acercaba.
Él era un niño lindísimo, de cabello rubio y ojos azules. Cuando sonreía se le hacían dos hoyuelos en las mejillas. Recuerdo que durante el recreo, llenaba mis libretas con garabatos cursis y su nombre rodeado de corazones. Algunas veces, le enviaba cartitas anónimas, que luego él botaba en la papelera del salón de clases, partiendo mi corazón en mil pedazos. Pero por más que me rompiera el corazón una y otra vez, seguí insistiendo, con la esperanza de que algún día despertara pensando en mí y se diera cuenta que yo era la niña de sus sueños.
Ese día nunca llegó.
—¡Déjame en paz, gorda! —me dijo una tarde, terminando de matar mi ilusión
Esas vacaciones de verano las pasé con mi padre, en su nueva casa, en Florida. ¿No se los comenté? Sí. Mi padre se mudó a Miami, donde le ofrecieron un buen empleo en una compañía editorial.
El tiempo junto a mi padre era lo máximo. Me llevaba de compras, al zoológico, a la playa… me daba obsequios increíbles, que iban desde patines, bicicletas y… ¡Barbies! Amaba las barbies.
Una tarde de agosto, mi padre me presentó a Valerie, su novia.
¿Qué? ¿Acaso era una broma?
Mi papá no podía tener novia. Me sentí muy celosa y me negué de manera rotunda a aceptar a esa mujer como parte de la familia. Mi papi y yo éramos suficientes ¿Para qué más gente?
Mi padre estaba enamorado de una editora que conoció en su nuevo trabajo y no hubo nada que pudiera hacer para cambiarlo. Mis vacaciones de ensueño se convirtieron en una ridícula pesadilla. Tuve que convivir con Valerie, quien era doce años menor que mi padre, (mi papá de 45 y ella de 33) durante todo el verano, y como si eso fuera poco, ella venía con accesorios incluidos. Bianca y Neil, sus dos hijos. Bianca un año mayor que yo, y Neil dos años mayor que yo.
¡Fantástico! Hermanitos nuevos. (Nótese el sarcasmo)