Nuestras manos se encontraron sobre la mesa, mientras la luz de las velas parpadeaba. Las palabras sobre la estrategia de negocios se desvanecieron en el aire, reemplazadas por un silencio cargado de una tensión diferente a la que conocía en las salas de juntas. Él acarició mi pulgar con suavidad, y mi corazón, que creía blindado, latió con una fuerza que me sorprendió.
Alexander se inclinó, su mirada en la mía. Ya no había palabras, solo la promesa tácita de un momento que ambos sabíamos que llegaría. Sus ojos verdes, que solían ser tan analíticos, se oscurecieron con una emoción cruda y sincera. Fue en ese momento que entendí que mi decisión de arriesgarme no había sido un error.
Cerré los ojos cuando sus labios encontraron los míos. El primer roce fue suave, una pregunta cautelosa, y yo respondí con una urgencia que no sabía que tenía guardada. El beso se profundizó, volviéndose apasionado, un torbellino de emociones que me arrastraba. Sus manos me tomaron el rostro, y las mías se enredaron en su cabello. No era solo un beso; era la confirmación de que la confianza que había depositado en él era real. Era el grito de libertad de un corazón que se había sentido prisionero por demasiado tiempo.
Mis sentidos se agudizaron. Podía sentir el calor de su piel, el suave aroma de su colonia, el latido de su corazón resonando contra el mío. En ese beso, me di cuenta de que no estaba besando al pasado, a mi dolor o a la traición. Estaba besando a mi presente, a un futuro que se abría ante mí sin miedo.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos. Mis labios se sentían hinchados y mi cuerpo, liviano. Alexander no intentó ir más allá. En lugar de eso, apoyó su frente contra la mía, con una sonrisa de pura satisfacción.
"Emilia," susurró con la voz ronca, "no tengo prisa. Te esperaré. Todo lo que te ha pasado no define quién eres, solo te ha hecho más fuerte."
Y en esa habitación tenuemente iluminada, con la promesa de sus palabras resonando en mis oídos, supe que por primera vez en mi vida, no estaba sola. No era solo una viuda, una heredera o una víctima. Era Emilia, y él era Alexander. Y eso, por ahora, era más que suficiente.