La confesión a Alexander fue un alivio para Emilia, pero también el inicio de una tormenta mayor. Ya no había vuelta atrás: los rumores crecían y alguien se estaba beneficiando de ellos. Alexander lo sabía y propuso que comenzaran a investigar. Emilia aceptó, convencida de que la verdad debía salir a la luz.
Juntos empezaron a mover hilos discretos. Descubrieron que los rumores no surgieron de la nada, sino de círculos cercanos a los antiguos socios de Ignacio Palacios. Había intereses ocultos: cuentas bancarias aún activas, propiedades en disputa y nombres que preferían ver a Emilia hundida antes que reconocer su inocencia. El peso del apellido Palacios no era un escudo, era una trampa.
Mientras tanto, Eduardo se mantenía en la periferia, observando con ojos febriles. Una noche, al seguirlos de cerca, escuchó parte de la confesión de Emilia a Alexander. La verdad lo golpeó como un puñal: ella había cargado sola con el sacrificio que su familia le impuso para salvarlo a él. La culpa lo consumió, pero en lugar de apartarse, decidió usar lo que sabía para acercarse de nuevo. Quiso convertirse en la pieza indispensable de la historia, aunque sus métodos eran turbios.
—Si quieres limpiar tu nombre, necesitarás pruebas —le dijo a Emilia cuando logró interceptarla una tarde—. Y yo sé cómo conseguirlas.
Ella lo miró con desconfianza. Su voz fue fría:
—No necesito que me rescates, Eduardo. Ya no.
Sin embargo, él no se alejó. Y cuanto más insistía, más evidente se hacía que no buscaba solo ayudarla: buscaba redimirse a través de ella, aunque eso significara manipular la verdad.
La situación se volvió más peligrosa cuando la propia familia de Emilia intervino. Sus tíos y primos, guardianes de la reputación del apellido Palacios, intentaron silenciarla. Le exigieron que dejara de hablar, que no manchara el honor de la familia revelando la verdad sobre su matrimonio forzado. Para ellos, era preferible soportar el rumor de un asesinato antes que exponer la debilidad y las negociaciones secretas que los habían llevado a vender a Emilia.
—Tu deber es proteger nuestro nombre —le dijo su tío en una reunión privada—. No necesitamos verdades, necesitamos silencio.
Pero Emilia ya no estaba dispuesta a callar. Con Alexander a su lado y Eduardo jugando un papel ambiguo, decidió que enfrentaría no solo los rumores, sino también la hipocresía de quienes deberían haberla protegido. El secreto que había cargado toda su vida estaba a punto de convertirse en su mayor arma.