Al caer la noche, Elise estaba decidida. No podía seguir callando. Necesitaba hablar con Lucien, contarle lo que había pasado, pero para eso requería que Greis diera un paso al frente como testigo. Sin embargo, al igual que ella, Greis también estaba atrapada bajo el yugo de los hermanos Rochefort.
—Greis, tenemos que hablar con Lucien. Él es el único que puede detener a sus hermanos. No podemos seguir permitiendo que nos intimiden.
—Lo sé, Elise, créeme que lo sé. Vi todo con mis propios ojos… pero no puedo ayudarte. No puedo ser tu testigo. Les tengo miedo. Conozco a los Rochefort desde hace años y sé perfectamente de lo que son capaces. Prefiero mantenerme al margen, mientras no se metan conmigo…
—¿Hablas en serio? ¿De verdad piensas quedarte callada? —Elise la miró, incrédula, sacudiendo la cabeza—. No puedo creer que les tengas tanto miedo…
—Es que tú no los conoces como yo, mi niña.
—¿Y qué hay de esa mujer? ¿Has visto cómo me trata? No sé cuánto más pueda aguantar…
—Si estás dispuesta a perder tu trabajo, entonces hazlo. Ve y habla con Lucien —replicó Greis, mientras continuaba con sus quehaceres, sin levantar la vista.
Elise sintió una mezcla de rabia y desilusión. Se quedó quieta por un instante, confundida, pero al oír la puerta abrirse, supo que no podía esperar más. Caminó decidida hacia Lucien.
—Buenas noches, familia —saludó él, con una sonrisa mientras alzaba a Phillippe en brazos.
Pero justo cuando Elise iba a hablar, Victorie ya lo esperaba en la sala. Se adelantó como una sombra anticipada.
—¡Hermanito! ¿Cómo estás? —le dio un beso en la mejilla, con una sonrisa demasiado amplia—. ¿Cómo estuvo tu día?
Lucien la observó con cierta extrañeza. Se apartó con sutileza y respondió con frialdad:
—Bastante bien. Estoy hambriento… Phillippe, vamos a cenar.
Elise tragó saliva. Este era su momento. Abrió la boca para hablar, pero entonces Victorie la miró. Esa mirada fue un puñal directo. Con un simple gesto—un dedo deslizándose por su cuello—le dejó claro lo que le esperaba si decía una sola palabra.
Y Elise… solo pudo inhalar profundamente, sintiendo cómo la impotencia le apretaba el pecho.
—Elise, buenas noches. ¿Cómo estás? —La voz de Lucien se suavizó al verla.
—Buenas noches, señor —respondió ella, con la misma delicadeza.
—¿Cómo estuvo tu día? ¿Cómo se comportó Phillippe contigo? Desde que estás tú, las quejas sobre mi hijo han disminuido.
—Bueno, señor, a decir verdad, se ha convertido en un completo pan de dulce, así que no se preocupe, todo está bien. Nuestro día fue perfecto —dijo eso con intención, para que Victorie la escuchara—. ¿Cierto que sí, mi amor?
Phillippe asintió con una hermosa sonrisa en el rostro; al menos él no había tenido que presenciar, hasta ese momento, el acoso de sus tíos.
La cena transcurrió con total calma. Elise ayudó a acostar a Phillippe y luego se dirigió a su habitación. Solo deseaba que los días pasaran rápido. Aunque se sentía confundida y sin un rumbo claro, lo único que tenía claro en ese instante era que debía ahorrar dinero para marcharse de allí. Estuvo a punto de dejar que las lágrimas rodaran por sus mejillas cuando escuchó dos golpes en la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo, Elise. ¿Podrías abrirme, por favor? ¿Tienes un momento para hablar? —La voz de Lucien se escuchaba al otro lado; tal vez sus hermanos se le habían adelantado para hablar mal de ella.
—¡Claro que sí, señor! —Ella abrió la puerta. Lucien lucía cansado y pálido. Elise le extendió la mano para invitarlo a pasar, y él fue directo al sillón y se sentó.
—Gracias por cuidar a Phillippe. Desde que llegaste a la casa, su actitud ha mejorado por completo. Ya no está tan rebelde, se muestra más tranquilo… incluso sus pesadillas han disminuido. Todo eso ha sido gracias a ti.
—No ha sido solo por mí. Él también ha puesto mucho de su parte. Es un niño muy obediente… solo le hace falta su mamá.
—Sí… la pérdida de mi esposa fue un golpe muy duro, tanto para él como para mí. Aún no creo que lo hayamos superado.
—¿Piensa mucho en ella? —Elise se sentó a su lado y le preguntó al ver sus ojos tan tristes.
—Sí, la pienso en todo momento. Fue mi gran amor. Su partida repentina hizo que mi vida se viniera abajo. Enfrentar la paternidad completamente solo ha sido terrible para mí. Sé que ya no podré estar con ella nunca más… Tal vez algún día conoceré otro amor —dijo eso último mientras la miraba a los ojos—, pero quien nunca podrá reemplazar el lugar de su madre es Phillippe. Y eso sí que me duele.
—Lo siento mucho, señor —Ella bajó la mirada con un gesto de compasión.
—No es tu culpa, Elise. Al contrario, desde que llegaste, le has devuelto algo de luz a la vida de mi hijo. No sabes cuánto te lo agradezco. Y lo único que quiero es que seas feliz, por encima de todo, que te sientas bien viviendo aquí —Lucien hablaba con sinceridad. Deseaba su bienestar, sin imaginar todo lo que ocurría a sus espaldas.
—Estoy muy bien aquí, señor. Más de lo que merezco. No me esfuerzo demasiado en mi trabajo, y la paga es muy buena. En cuanto logre ahorrar algo de dinero, me mudaré a un departamento propio. No quiero incomodarlos más aquí, y menos aún con Ángel.
—No tienes que hacerlo, Elise. Puedes quedarte el tiempo que necesites.
—Gracias, señor Lucien —Él giró hacia ella, que seguía sentada en el mismo sillón, y la observó detenidamente. Elise sintió una corriente nerviosa atravesarle el estómago. Ya lo había tenido cerca antes, y él siempre lograba descontrolarla. Sabía que lo suyo era un amor platónico, que un hombre como él jamás la vería como a una mujer. Pero eso no le impedía que simplemente… le gustara.
—No tiene que decirme más, señor Lucien.
—¿Ah, no? ¿Entonces cómo? —Ella tampoco apartaba la mirada.
—Puedes decirme simplemente Lucien —dijo él, acercándose lentamente. Elise comenzó a temblar de los nervios y a frotar sus manos sudorosas contra la ropa. Entonces sintió cómo los labios cálidos de Lucien rozaban los suyos. No pudo evitarlo, no quiso resistirse… así que correspondió a su beso. Él acarició su rostro con una mano mientras sus lenguas se entrelazaban. Los besos se volvieron más intensos, y pequeños gemidos escapaban de los labios de Elise.
La sensación de besarse se estaba convirtiéndose en algo mágico, hace mucho tiempo que ninguno de los dos sentia el contacto con otra persona del sexo opuesto, Elise por su abandono y Lucien por su viudez.
Lucien no se puede resistir ante los encantos de su niñera, allí estaba besándola, como si no hubiera un mañana, su lengua le atravesaba su boca hasta lo más profundo y sus besos eran tan dulces, que Elise simplemente se saboreaba, y como no, si su aliento era tan fresco, sus dientes tan perfectos y su rostro tan bien cuidado, que besar a Lucien, era besar el mismísimo cielo.
Las manos de Lucien, van bajando del rostro de Elise por su cuello hasta llegar al comienzo de su pecho, ella siente como en medio de sus piernas un inmenso calor florecía, no se explicaba que era lo que estaba pasando, pero besarlo la excitaba, la emocionaba, y sentia unos inmensos deseos de que él la hiciera inmediatamente suya, ahí, en ese momento en ese lugar, estaba agitada, temblorosa, y sobre todo necesitada de su cuerpo, pero no era la única, Lucien estaba en la misma situación y Elise pudo evidenciarlo.
Sus besos se convertían en más apasionados y las caricias estaban sobrepasando los límites permitidos.
Cuando de repente Lucien deja de besarla.
—Elise , discúlpeme, no sé qué me está pasando, lo siento, es que me deje llevar por el momento—él se levanta de un solo golpe del sillón dejándola con su boca estirada para continuar el beso, ella reacciona un poco despues que él y se acomoda las tiras de su blusa que ya estaban cayendo por sus hombros.
—Señor, lo siento, no sé qué esté pensando usted de mi en este momento, tiene razón, esto nunca tuvo que suceder, discúlpeme por favor. – con sus mejillas totalmente rojas, y sus ojos cristalizados por la vergüenza, se queda viéndolo, apenas traga saliva, y se torna un incómodo silencio entre los dos.
—Elise , por favor espero que esto no lo vaya a tomar a mal y tome la decisión de irse de la mansión. Yo la quiero aquí en mi casa cuidando de mi hijo, no vaya a creer que soy un abusador.
—No creo nada de esas cosas sobre usted, señor. Al contrario, me ha demostrado tanta bondad, que la que siente vergüenza por lo que usted debe estar pensando soy yo. También me dejé llevar, y ahora no sé qué decirle.
—No diga nada, Elise, no es su culpa. Creo que debo irme a descansar —ella asintió, y Lucien salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Elise estaba hecha un mar de sentimientos encontrados. Ahora había confirmado que, posiblemente, su jefe estaba sintiendo lo mismo que ella, y no sabía qué hacer.
Esa noche, ninguno de los dos pudo conciliar el sueño en paz. No dejaban de pensar el uno en el otro. Ambos deseaban caer en la tentación que provocaban sus cuerpos, pero por todas las razones posibles, no era correcto. Pertenecían a clases sociales diferentes; además, ella era su niñera. Lucien aún sentía que estaba enamorado de su difunta esposa y no quería darse una nueva oportunidad en el amor.