28- Los esposos apoyan a sus esposas

1505 Words
Libby —En serio, no soy una de esas amigas del tipo “oye, conozco a dos chicos gays”, deberías juntarlos— digo apoyándome en mi bicicleta de spinning mientras mi instructor, Adre, se detiene limpiando los mangos de las bicicletas de todas. —De verdad creo que te gustaría— El gimnasio ya está vacío, pero me estoy quedando. Bueno, una parte de mi quiere evitar ir a casa. Se que Emmett estará despierto y activo, y todavía no estoy del todo segura de como sentirme con respecto a la prueba de embarazo negativa. Es decir, obviamente es una complicación menos de la que preocuparme. Pero no sé por qué me siento tan…rara con el resultado. Pero la otra mitad de mí, la mitad que ha estado viniendo a este gimnasio desde que me mude a casa de Emmett, honestamente piensa que esto sería una buena idea. —Sin ofender, pero… ¿Cómo iba a saberlo? — André se limpia el sudor que le escurre de la frente y me dedica una de sus sonrisas astutas. Estoy bromeando, pero no del todo. Y es precisamente por eso que quiero que conozca a Corey, que también siempre me mira así. Por otra parte, presentar a estos dos podría ser un desastre para mí. ambos me provocan bastante por separado. —Justo— admito. —Es solo que sus sentidos del humor parecen muy similares. Y ambos tienen esa mentalidad de trabajar duro y divertirse mucho…— —Déjame adivinar, ¿es instructor de Cross-fit? — André me dedica otra sonrisa burlona. —Bartender— —Oh, Dios, no. ¿No conoces la primera regla de la ciudad de Nueva York? Nunca salgas con un bartender— Resoplo. —Regresa en el tiempo díselo a mi yo de veintiún años, por favor— —¿Quieres decir que no tienes veintiún años? — André me mira de reojo, deteniéndose en mi trasero más de lo estrictamente necesario. —Ese culo dice lo contrario— Lo que me hace reír y mover la cadera para él, sacando el culo, —seguro que sabes cómo conquistar a las chicas— —¿Cómo crees que me asignaron esta hora de clase? Es la más popular. Todas las mujer casadas y ricas me adoran— André me guiñe un ojo. —Tengo la sensación de que sus maridos no comparten ese sentimiento— Gruñe una voz desde la puerta, sobresaltándonos a ambos. Me doy la vuelta rápidamente para encontrar a Emmett apoyando contra la puerta de cristal que da a la calle, con el ceño tan fruncido que le ensombrece los ojos. ¿Cuánto tiempo lleva allí parado? Mi corazón da un vuelco incómodo. Pero Emmett no me está mirando. Está mirando an André, que por su parte, entiende las indirectas. Levanta ambas manos en el gesto universal de “yo no fui” y da un paso hacia atrás deslizándose en la dirección de los vestuarios. En cuanto a mí, le lanzo a mi marido una mirada fulminante que rivaliza con la suya. —¿Desde cuándo te interesan las clases de spinning? — —Desde que descubrí que el instructor miraba con lujuria a mi esposa— Pongo los ojos en blanco. —El verde no te queda bien— Emmett se aparta de la pared y da un paso hacia mí. miro por encima del hombro para comprobar que André ha desaparecido en el vestidor de hombres. Solo somos Emmett y yo. Bueno, nosotros y toda la ciudad de Nueva York potencialmente observándonos a través de las grandes ventanas de la planta baja del estudio. Miro a través de ellas y capto más de unas cuantas miradas curiosas dirigidas hacia nosotros. luego poniendo los ojos en blanco de nuevo, agarro el codo de Emmett y tiro del hacia los vestidores. —¿Hay alguien aquí? — grito, abriendo la puerta del lado de las mujeres, aunque sé que todos los de mi clase ya se han ido. Emmett duda en la puerta, pero solo por una fracción de segundo. Luego sigue mi mirada, dándose cuenta de la posibilidad de tener público en el gimnasio principal, y me sigue al interior de la habitación. Espera hasta que la puerta se cierra detrás de mí. —Si intentas ponerme celoso…— empieza, pero lo interrumpo. —No lo hago, pero es bueno saber que es así de fácil— cruzo los brazos y lo fulmino con la mirada. —¿De verdad vas a convertirte en uno de esos maridos que acechan a sus esposas e insisten en que ningún otro hombre se acerque a menos de un metro de ellas? — El me devuelve la mirada. Sin embargo, después de una pausa, mira el suelo y se pasa una mano por el pelo. Deja escapar un suspiro lento. —Tal vez exageré. Pero mira, Libby…—Cuando levanta los ojos de nuevo, hay una expresión en ellos que no reconozco. Parece…sincero. Mas que eso. Casi parece desesperado. —Mis emociones están descontroladas, pero estoy seguro de que esto no es nada comparado con lo que estás pasando ahora mismo— —¿Por lo que estoy…pasando? — repito lentamente. Se aclara la garganta una vez. Dos veces. Vuelve a agachar la cabeza. —Encontré la caja— Levanto una ceja. —Si esto no es un código para algo…— —El kit de prueba de embarazo. Lo vi, y tus tarjetas— Se aparta de la puerta cerrada y camina hacia mí. De repente, me doy cuenta de lo pequeños que son estos vestidores. Del poco espacio que hay entre nuestros cuerpos. ¿Soy solo yo, o de repente hace más calor aquí? —Emmett— —Quiero que sepas que te apoyo. Lo que quieras hacer. Depende completamente de ti. Pero si quieres conservarlo…— No puedo soportarlo más. —No estoy embarazada— le digo de golpe, lo que hace que cierre la boca de golpe. Parte del intenso calor desaparece de sus ojos. —Bien— responde sin dudarlo. Y de repente, siento como si me estuvieran dando un puñetazo. Siento la misma oleada de decepción extraña cuando la tira de orina se quedó blanca y sin expresión. Negativo. Miro hacia otro lado, a cualquier lugar menos a Emmett, porque no soporto ver su expresión de alivio. No soporto verlo sentirse bien con el hecho de que no tendrá que mantenerme a mí y a un niño, que no estará atado a mí por más tiempo del necesario. Lo entiendo, de verdad que sí. Pero es que…no puedo enfrentarlo ahora mismo. Paso junto a él para tomar mi bolsa de deporte, sin siquiera molestarme en cambiarme la ropa sudada. —Gracias por tu apoyo— digo, echándome la bolsa al hombro y volviendo a la puerta. —Pero no lo necesito ni lo quiero— Emmett me bloquea el paso. No dice nada. No hasta que finalmente levanto la vista para encontrarme con sus ojos. —Si— dice, con una voz grave y resonante que late durante todo el camino a mi ombligo. —Si— —Oh, porque ahora te pertenezco, ¿es eso? — Me enfrento a él, más enojada que nunca. —No— Está tan cerca que puedo oler su champú, el que tiene aroma a pino que le he visto enjabonarse durante las duchas que nos hemos tomado juntos. Solo pensar en eso es suficiente para que se me encoja el estómago, mi corazón late tan rápido que lo siento por todo el cuerpo. Mis muslos se tensan y ya puedo decir que me estoy mojando, a pesar de mí misma. Maldito sea. Maldito sea mi cuerpo por reaccionar ante él. maldito sea todo en esta ilusión. Pero antes de que pueda liberarme, se inclina más cerca, su aliento un calor abrazador en mi mejilla. —Porque soy tu esposo. Y los esposos apoyan a sus esposas— Me sorprende lo intensa que es mi reacción a eso. Una oleada de algo parecido al alivio, mezclada con absoluta incredulidad. Habla como si fuéramos compañeros de verdad. Como si esto fuera ms que un arreglo, un físico…en lo que sea que nos hayamos convertido. —Yo…— Mi voz se atasca en mi garganta. No ayuda que Emmett se aproveche, deslizando mi bolso de mi hombro. Golpea el suelo del gimnasio con un ruido sordo que resuena por el vestuario vacío. Luego su mano regresa a mi hombro, y sus otra ahueca mi barbilla y giro mi rostro hacia el suyo. Sus ojos, cuando se encuentran con los míos, están llenos de una intensidad que refleja cómo me siento ahora mismo. Todavía estoy enojada con él. Enojada, triste, confundida y un millón de otras emociones que ni siquiera puedo procesar. Así que cuando se inclina, es casi un alivio dejar ir todo eso, ahogarlo en una inundación de deseo. Inclino mi rostro hacia el suyo y dejo que me apoye contra la pared, besándome con fuerza.
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