24- Todavía no he terminado

1161 Words
Emmett Libby no viene arriba como lo haría normalmente después de ducharse y cambiarse en su propio piso. Doy vueltas por mi habitación, incapaz de quitarme nuestra conversación de la cabeza. Todo este asunto de Hawái me ha desconcertado. No me había dado cuenta de que ya estaba haciendo planes para el año que viene. Y no solo dentro de doce meses, sino…después. Pero claro que sí. Ese es el objetivo de este acuerdo, ¿no? Ella me ayuda a asegurar mi puesto en la empresa y yo la ayudo a graduarse y a comenzar su carrera sin deudas. Es natural que quiera hacer un viaje para celebrarlo. No es culpa de Libby que la imagen mental de ella celebrando en Hawái apenas unas semanas después de nuestro divorcio me ponga una piedra en el estómago. No. En realidad, es el pensamiento de la palabra “divorcio” en primer lugar. Ahora estamos peleando por algo que ni siquiera va a suceder en tres cuartos de año, me recuerdo a mí mismo que debo vivir en el presente, pero no soy ese tipo. No soy el tipo de “vive el aquí y ahora” con ropa teñida y cuencos zumbadores. Ni siquiera tengo incienso. Vivir en el presente es para los tipos a los que no les importa el futuro. Mi futuro. En la empresa de la familia. A Libby y a mí todavía nos quedan ocho meses y medio juntos. Es tiempo más que suficiente para superar estas emociones poco prácticas. Sin mencionar que todavía me queda mucho repertorio por repasar. Acordamos que no nos aburríamos el uno del otro hasta que empezáramos a repetir las cosas. Esa debe de ser la razón por la que estoy tan malhumorado al pensar en su viaje a Hawái. Porque aún no hemos llegado a la etapa del aburrimiento. Solo hay una manera de llegar allí. Cuadro los hombros y bajo las escaleras. Libby todavía está en su baño en el segundo piso, pero la puerta esta lo suficientemente abierta como para que pueda ver que lleva una camiseta blanca que termina a la mitad del muslo. Esta inclinada cerca del espejo, limpiándose la cara con desmaquillador. El solo hecho de verla inclinada en ese ángulo es suficiente para alejar cualquier emoción incómoda de mi mente, reemplazándola con pensamientos completamente más bienvenidos. Recuerdos de la última vez que la incline sobre la encimera del baño, para empezar. Empujo la puerta para abrirla. Cruje al abrirse, y Libby me mira en el espejo. —Hay otra manera de lidiar con el estrés— le digo, pensando en la ficha que arrugo antes, cuando pensó que no la estaba mirando. Parpadea una vez, dos veces. Se gira hacia el espejo y se quita el último resto de rímel antes de tirar el pañuelo en la basura. —¿Y qué es? — Entro al baño. Me acerco lentamente. Me mira en el espejo, sin hacer comentarios. Sin decirme que me vaya a la mierda, lo que parece un progreso. Cuando llego a ella, deslizo un brazo alrededor de sus hombros, la atraigo hacia mi costado y encuentro su mirada en el espejo con una media sonrisa pícara. —Bueno, para empezar, te imagino con ese sostén de encaje que usaste la primera vez que me tendiste una emboscada en la sala. ¿Te acuerdas? — Reprime una sonrisa, claramente molesta consigo misma por ello. —Te tendí una emboscada, ¿verdad? — —Definitivamente— Recorro mi mano desde su hombro hasta su codo y de vuelta hacia arriba. Apenas la toco, lo suficiente ligero como para poder ver la piel de gallina que se levanta al tocarla con las yemas de mis dedos, —Yo fui la víctima inocente y desprevenida de esa seducción— Resopla. —Inocente, claro. Recuerdas que me enseñaste tu colección de juguetes la semana pasada, ¿verdad? — Arqueo una ceja. —¿Le gustaría echarle un vistazo de nuevo señora Taylor- Sterling? — Aprieta los labios. Definitivamente luchando por no sonreír ahora. —Eso depende, Señor, Sterling- Taylor— levanta la barbilla, como retándome a contradecir el guion. —¿Tienes algún nuevo uso para dichos juguetes que quieras enseñarme? — —¿Solo uno? Que poca fe en mí, esposa— Sin decir una palabra más, la agarro por la cintura y la levanto sobre mi hombro. Libby suelta un grito de sorpresa, pero también se rie mientras finge darme una palmada en el trasero con ambas manos. —Eres un cavernícola— —Te gusta— respondo con firmeza, y tomo el escalofrió que la recorre como una señal de asentimiento. La tiro sobre mi cama, pero antes de que pueda llegar lejos, me inclino para sujetarla debajo de mí, con mis manos alrededor de sus muñecas. Me sonríe, y esa sonrisa burlona por si sola casi me deshace, porque es tan diferente a cualquier otra mujer con la que haya estado. —¿Te das cuenta de que ya hemos marcado la posición del misionero, verdad? — murmura, inclinándose para besarme. Atrapo su boca con la mía, separando sus labios, mi lengua deslizándose entre las suyas mientras reclamo su boca. Ya siento el fuerte latido de mi polla donde se clava en esa superficie plana de su vientre. Se mueve debajo de mí, y sé que ella también lo siente. Oigo la dificultad de su respiración, siento su pecho subir y bajar más rápido contra el mío mientras rompo el beso, inclinándome hacia atrás para disfrutar de su vista. —Oh, lo sé— respondo. —Todavía no he terminado— Le toma un segundo recuperar el aliento, lo cual es gratificante. Aún más cuando me inclino sobre ella y detrás de la cama para liberar una larga tira de terciopelo, y se queda sin aliento. —Te encantan tus ataduras— murmura, con un calor de respuesta ya visible en su mirada. —Y te encanta estar a mi merced— Mi inclino para besarla de nuevo y ella se arquea para recibirme, pero me giro en el último momento, pasando mi lengua y las comisuras de mis dientes por su mandíbula, su cuello, bajando hasta cruzar su clavícula. Se estremece, y la sensación por si sola es deliciosa. Su cuerpo se ablanda con anticipación, y cuando lamo el punto correcto en el hueco de su cuello, deja escapar un pequeño gemido entrecortado, como sabía que haría. Lo admito, puede que haya algo especial en follar con la misma mujer durante más tiempo que una aventura breve. Es gratificante conocerla tan bien, anticipar como responderá a cada caricia. Es todo menos aburrido. Con Libby, es como un desafío del que no me cansaré nunca. Pero luego pienso en lo que dijo la primera noche que nos enrollamos. Lo segura que estaba de que nos volveríamos aburridos y repetitivos en poco tiempo, y mi ambición por demostrarle que está equivocada se enciende de nuevo.
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