22- Nunca he salido del país

1407 Words
Libby Llevamos tres meses de nuestra falsa unión cuando Emmett decide que es hora de que conozca a los compañeros de trabajo. Oficialmente, al menos. Vi algunos de ellos en mi breve viaje sin previo aviso a su oficina, pero eso no cuenta. Y al parecer, la abuela Sofia, mi favorita absoluta, ha estado preguntando por mí, preguntándose por que Emmett no me ha llevado a ninguna evento. Incluso llegó a enviar flores a casa de Emmett, un día laborable a media tarde, cuando debía saber que yo sería la única persona en casa. La tarjeta atada al hermoso ramo decía: “Si Emmett te ha ordenado que te mantengas alejada de la oficina, tienes mi permiso para envenenar su cena”, junto con un corazón dibujado a mano. Naturalmente, le mostré las flores a Emmett en cuando llego a casa riéndome todo el tiempo. Su respuesta fue aceptar que me encerraría aquí, y el conmigo, si pensaba que podía salirse con la suya. Luego me cargo sobre su hombro y me llevó escaleras arriba, solo para tirarme sobre su cama y subirme las piernas por encima de sus hombros, con las caderas arqueadas debajo de el para que tuviera fácil acceso para penetrarme desde abajo… Tengo que decir que sus posiciones se están volviendo aún más creativas con el paso del tiempo, no menos. ¿Qué voy a hacer si no se queda sin material pronto? Es decir, además de disfrutar del viaje, obviamente. Todavía estoy pensando demasiado en montar a mi marido cuando Norm me deja fuera del elegante restaurante de lujo con un nombre japones que ni siquiera voy a intentar pronunciar. Emmett me espera afuera, en medio de una multitud de trajeados de los que normalmente me burlaría, o al menos me mantendría alejada. Pero en cambio, solo un vistazo a su cabello oscuro, despeinado si esfuerzo sobre un ojo de manera que ahora se con certeza que es completamente legitima, no solo fingida casualidad, hace que mi corazón salte. Entonces late con fuerza, cuando ve el auto y se acerca a abrirme la puerta. —Adiós, Norm— grito mientras me deslizo fuera. Norm me saluda alegremente con la mano, invitándonos a ambos a divertirnos antes de irse. Emmett, mientras tanto me mira con un intenso escrutinio que me calienta las mejillas. —¿Qué? — pregunto. Pero esboza una sonrisa y me ofrece su brazo. —Te vez bien— —¿Bien? — Entrecierro los ojos juguetonamente, pero paso mi brazo por el suyo de todos modos. —Bien es un cumplido para tu hermana o tu abuela— —Mis disculpas— sonríe con suficiencia y se inclina, sus labios rozando mi oreja, su voz en un susurro. —Verte con ese vestido me dan ganas de llevarte a un baño y follarte hasta que grites mi nombre— Cuando se aparta, mi rubor solo ha empeorado, y este bastardo lo sabe. —¿Mejor? — pregunta. Entonces llegamos a su círculo de compañeros de trabajo, y me veo obligada a tragarme cualquier tipo de réplica. Lo cual es bueno, porque por una vez, me encuentro sin palabras y sin una réplica rápida. Consigo tragar, apenas, y luego me presentan. Recuerdo a algunos de los nombres: la secretaria de Emmett Anna, una mujer mayor que elogia mis zapatos, lo que hace que me guste inmediatamente; Ryan y Jack, dos chicos blancos de pelo castaño que deben ser hermanos o producto de entornos familiares tan similares que terminaron pareciendo casi idénticos; Betty, la única otra mujer de mi edad; y tres hombres mayores cuyos nombres empiezan con S, lo que parece una trampa, porque ahora no recuerdo a ninguno de ellos. El camarero del restaurante nos acompaña a nuestra mesa, que resulta ser una sala privada en lo que parece una casa tradicional estilo japones, con puertas corredizas de bambú, esteras en el suelo y, cuando llegamos a la mesa, almohadas como sillas. —Eh— digo, porque mi vestido llega a la mitad del muslo en un buen día. Emmett se muerde la mejilla de una manera que he llegado a reconocer como su cara de “tratando de no reír”. Le doy un codazo cuando nadie cuando nadie me mira, y se inclina, su aliento caliente y distraído. —Por mucho que disfrute del espectáculo, no puedo decir que quiera compartir tanto de mi esposa con nadie— dice. Creo que es todo, pero entonces siento algo presionando mis manos. Miro hacia abajo y me doy cuenta de que me ha entregado su chaqueta del traje. De alguna manera es sexy y dulce al mismo tiempo. Espero hasta que los demás hayan tomado asiento, antes de meterme torpemente en la mía, con el abrigo de Emmett sobre mi regazo para que nadie pueda ver cuando se me sube la falda. Emmett toma la almohada junto a la mía y, sin dudarlo, desliza la mano debajo de la chaqueta del traje para descansar. Su palma arde contra la parte interna de mi muslo, a escasos centímetros del borde de mis bragas. Trago saliva con fuerza para contener un pico de pulso. Va a ser una cena larga. Al otro lado de la mesa, la secretaria de Emmett me sonríe radiante. —Así que…— Se inclina hacia adelante apoyándose con dos codos, lo que me recuerda a mi abuela cuando solía acosarme por chismes sobre mis padres. El recuerdo inesperado me hace sonreír. —¿Cómo se conocieron? — En ese momento, el resto de la mesa se queda en silencio y media docena de rostros giran ansiosamente en mi dirección. —En realidad— comienza Emmett, pero lo interrumpo. —En Freddy’s— interrumpo. —¿Quizás lo conoces? Está en Brooklyn— Todos los viejos con nombre S asienten, y Betty, la única mujer de traje, me dedica una sonrisa. —Ese lugar es mi favorito— dice, aunque no puedo distinguir por su tono si habla en serio o intenta ayudarme. De cualquier manera, lo aprecio. Le devuelvo la sonrisa y me encojo de hombros. —Emmett apareció de la nada y encendió el encanto. Y a partir de ahí, bueno…— —Hacia un torbellino mundial— dice Emmett, con la voz lo suficientemente alta como para llegar a todos, aunque siento que en realidad es solo para mí. Reprimo una sonrisa mientras los nombres que empiezan por S intercambian miradas confusas y Ryan murmura. —¿Se refiere a un torbellino? — en una voz tan baja a Jack. Afortunadamente, un camarero interviene para informarnos sobre la comida que tendremos. Una especie de menú preestablecido, por el que estoy medio agradecida porque no estoy de humor para tomar decisiones, pero también un poco molesta, ¿No debería un lugar tan elegante dejarte elegir lo que quieres? Pero los perdono cuando el primer plato resulta ser la mejor ensalada de mi vida, una especie de mezcla de taro y diente de león cubierta con un aderezo alucinante y acompañada de sopa de miso que tiene muchas más verduras de las que estoy acostumbrada. —Eso supera por mucho a Sushi palace— le murmuro a Emmett, mientras los demás hablan de las declaraciones trimestrales o de otras cosas de trabajo aburridas. Me sonríe. —Espera a que lleguemos al plato de Sashimi— —¿Es ese el que es solo pescado sin arroz? — pregunto con duda. Pero cuando llega el plato de sashimi, una serie de rebanadas de pescado tan delicadas y frescas que prácticamente se derriten en mi lengua, sin apenas saber a pescado, me doy cuenta de que no tenía nada de qué preocuparme. —¿Es por eso que la gente rica está obsesionada con Japón? — le pregunto a Emmett, pero supongo que mi voz llega más lejos de lo que esperaba. —¿Has estado alguna vez? — interviene uno de los que llevan el nombre con S, con un brillo de ojos brillantes y anticipatorio que he llegado a reconocer por mis años en el sector de servicios. —Es increíble— Apenas puedo evitar que la diversión se note en mi voz. —No, nunca he estado en Japón. En realidad, nunca he salido del país. Aunque me voy a Hawái el próximo verano— añado, queriendo sonar un poco más culta. Y agradeciéndole muchísimo a Corey y su Groupon al mismo tiempo.
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