No suelo escuchar detrás de puertas. Nunca me ha gustado invadir espacios ajenos. Ni cuando era jefa, ni ahora que soy madre. O… intento serlo. Pero esa noche, algo me detuvo frente a la habitación de Amelia. El pasillo estaba en silencio. Sophie había salido a caminar un poco para despejarse, y yo iba hacia la cocina a buscar agua cuando escuché sus voces. Bajitas, entre risas y susurros. Leo estaba contándole algo a Amelia, porque ella reía con esa risa entrecortada que solo le sale cuando está realmente cómoda. Me acerqué. No para espiar. Solo para quedarme ahí un segundo más, escuchar su felicidad. Pero entonces Leo bajó la voz y cambió el tono. Y me congelé. —¿Crees que seamos de verdad parte de esta familia?— preguntó. Amelia no respondió de inmediato, pero escuché su vocecita:

