CAPITULO 4: Sombras en la Mansión

2653 Words
Sombras en la Mansión Stefan Nowack El amanecer en la mansión Nowack no tiene nada de pacífico. No hay canto de aves ni rayos de sol que entren por las ventanas, solo el frío que se cuela entre las cortinas pesadas y el olor constante a madera vieja. Despierto con la sensación de que alguien me observa. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy. La cama es demasiado grande, el silencio demasiado espeso, y el aire demasiado cargado de historia. No es mi hogar y sé que no lo será nunca. Me incorporo y me acerco a la ventana. La neblina cubre los jardines, borrando los límites entre el cielo y la tierra. En la distancia, se distinguen los cipreses que rodean el cementerio familiar. Supongo que ahí descansan los antepasados de los Nowack, todos con nombres tallados en mármol, todos con secretos que nadie se atrevió a contar. Mientras me visto, golpean la puerta con suavidad. —¿Adelante? —respondo, todavía abotonando mi camisa. Arthur asoma la cabeza, trae una bandeja con café y pan. —Buenos días, joven amo —dice con su habitual respeto. —Arthur, te he dicho que no me llames así —replico, aunque en el fondo me resulta reconfortante la formalidad de su tono. —Y yo le he dicho que cuesta olvidar treinta años de costumbre —responde con una sonrisa cansada—. El señor Nowack desea verlo después del desayuno, tiene algo importante que entregarle. Sus palabras me tensan. —¿Cómo amaneció? —Más débil, pero lúcido. Y más decidido que nunca. Asiento y tomo la taza de café, intentando ahogar el mal presentimiento que me acompaña desde que puse un pie en esta casa. *** El pasillo que conduce a la habitación de mi padre parece más largo hoy. El suelo de madera cruje con cada paso, y los retratos antiguos me siguen con la mirada. Algunos me resultan familiares, como si los hubiera visto antes, quizá en los sueños que tuve de niño, cuando imaginaba cómo sería mi verdadera familia. Arthur abre la puerta con cuidado. Gerald está despierto, sentado en la cama, con varios documentos extendidos sobre una mesa de roble. Su piel está más pálida que ayer, y su respiración, más corta, pero sus ojos conservan esa fuerza que solo da la culpa mezclada con la determinación. —Pasa, Stefan —me dice con voz ronca. Arthur cierra la puerta y se queda a un lado, en silencio— tenemos poco tiempo. Me acerco sin saber qué esperar. —¿Qué es todo esto? —Mi legado —responde, señalando los papeles— y de cierto modo tu carga a partir de hoy. Toma uno de los sobres y lo empuja hacia mí. —Aquí está mi testamento, lo modifique anoche, Arthur es testigo. He dejado a Verónica la propiedad rural de Cracovia y a Viktor una suma considerable… suficiente para mantenerlos lejos del imperio Nowack, todo lo demás te pertenece. Me quedo mudo, no lo quiero, o al menos, no debería quererlo. Pero hay algo en mí que arde con esa noticia, un fuego que me asusta. —No entiendo —murmuro—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué confiarme algo que apenas conozco? Gerald sonríe con tristeza. —Porque no tengo a nadie más y porque tú no estás contaminado todavía hijo. La palabra “todavía” me deja un sabor amargo. —¿Contaminado de qué? —Del poder —dice sin dudar— del veneno que corre por esta familia desde hace generaciones. Creen que la riqueza da derecho a todo, yo lo creí también, hasta que la perdí. Sus ojos se empañan un instante, pero vuelve a mirarme con firmeza. —Necesito que prometas algo, que protegerás este legado, pero sin convertirte en lo que fuimos nosotros, si lo haces, todo lo que sufriste… tendrá sentido. Antes de que pueda responder, la puerta se abre bruscamente. —¡¿Qué es todo esto?! —La voz de Verónica retumba en la habitación, está impecable, como siempre, pero sus ojos arden de furia, tras ella aparece Viktor, con esa sonrisa torcida que parece permanente. —Te dije que no entraras —le espeta Gerald, pero su voz carece de fuerza. —¿Y dejarte firmar un testamento en secreto? No, Gerald, no tan fácil —replica ella avanzando hasta la cama— este documento no tiene validez si se hace bajo manipulación emocional y créeme, sé de manipulación. —Estás cruzando la línea —gruñe Arthur, interponiéndose. Viktor da un paso al frente. —No creo que un sirviente tenga autoridad para hablar de líneas —dice con desdén. Me tenso. —Él tiene más autoridad moral que todos ustedes juntos —respondo con frialdad. Verónica me lanza una mirada venenosa. —Qué rápido te adaptas a tu nuevo rol, bastardo, ni siquiera sabes cómo manejar una empresa y ya pretendes dar órdenes. —Tal vez no sé cómo manejar una empresa —replico— pero sé reconocer a una víbora cuando la tengo enfrente. Por un momento, nadie respira, el silencio se rompe solo con la tos seca de mi padre. —Basta —dice, con voz temblorosa pero firme— este no es el lugar ni el momento. Arthur, acompaña a la señora y a su sobrino fuera de mi habitación. Verónica lo observa con frialdad. —Esto no ha terminado —susurra antes de salir, dejando un perfume pesado tras de sí. Viktor la sigue sin decir palabra, aunque sus ojos me prometen algo que no quiero descifrar. Gerald se recuesta exhausto. —Lo siento, hijo. No quería que esto ocurriera así. —No tienes que disculparte —respondo, aunque por dentro estoy hirviendo—. ¿Cuánto tiempo llevan viviendo así? —Demasiado —dice, con una mueca cansada— Verónica nunca soportó que yo amara a otra mujer y cuando supo de ti… su odio se volvió enfermedad. Cuida tus pasos, Stefan. En esta casa, la amabilidad siempre tiene veneno escondido. Asiento, sabiendo que cada palabra es una advertencia real. *** Los días siguientes son un desfile de tensiones. Verónica se encarga de organizar comidas formales donde reina el silencio forzado, y Viktor se pasea por la mansión como un gato que espera que su presa baje la guardia. Yo paso las mañanas con Arthur revisando archivos empresariales, las cifras son un desastre, las empresas Nowack están siendo drenadas, lentamente, por sociedades fantasma. —Esto lleva años —digo, revisando los estados financieros— y nadie lo notó. —O nadie quiso notarlo —responde Arthur— el poder compra silencio, joven Stefan. Cada noche me encierro en mi habitación, repasando números, contratos y nombres que no me dicen nada. Siento que me ahogo en un laberinto donde todos saben más que yo. Solo el pensamiento de mamá y Alessia me mantiene cuerdo. Les envío mensajes cortos para que sepan que estoy bien, pero evito contarles la verdad, no quiero preocuparlas. Una tarde, mientras reviso documentos en el despacho de mi padre (se siente raro llamarlo así), escucho pasos a mis espaldas. —Trabajas demasiado para alguien que no planea quedarse —dice una voz femenina. Levanto la vista, Verónica está en el marco de la puerta, vestida con un traje color vino y una sonrisa de porcelana. —Alguien tiene que arreglar lo que ustedes destruyeron —respondo sin mirarla. —Qué adorable —replica ella— crees que puedes salvar un imperio solo con moral y buenas intenciones. ¿Sabes cuántos hombres han dicho lo mismo? Todos terminan convertidos en monstruos o c*******s. Camina lentamente hacia mí su perfume demasiado meloso e invasivo para mi gusto, llena la habitación. —Podríamos ayudarnos, Stefan, tú tienes el apellido, yo tengo la experiencia. Podríamos gobernar este legado juntos. —¿Y Viktor? —pregunto. —Viktor es un peón útil, nada más, pero tú… eres sangre, en este juego, eso te da poder. Su tono cambia, se vuelve casi seductor, lo que me incomoda profundamente. —No vine aquí a hacer alianzas con nadie, y menos con quien destruyó a mi madre —le espeto. Por un segundo, su expresión se endurece. —Tu madre destruyó a Gerald antes de que yo lo hiciera —susurra, y sale de la habitación dejándome con una sensación de asco y desconcierto. *** Esa noche sueño con fuego. Con una mansión ardiendo y voces que gritan mi nombre. Me despierto sobresaltado, cubierto de sudor, hay un sonido en el pasillo. Lo identifico como pasos. Me levanto, tomo la linterna que Arthur me dio y abro la puerta. Nada, solo el eco de algo que se mueve rápido al final del corredor. Camino despacio hasta el ala este, donde pocas luces están encendidas. Entonces lo escucho, la voz de Viktor. —…no, todavía no. Si lo hacemos ahora, sospechará. —¿Y el viejo? —dice otra voz, apenas audible. —El viejo está a un suspiro de morir. Cuando lo haga, todo será nuestro. Mi cuerpo se tensa, me acerco un poco más, la conversación se corta abruptamente, como si hubieran percibido mi presencia. Retrocedo y me escondo detrás de una columna justo cuando Viktor sale del estudio acompañado por un hombre robusto, con traje oscuro y mirada de asesino. Lo reconozco de inmediato es uno de los guardias personales de Verónica. —Recuerda lo que dije —le susurra Viktor— nadie entra ni sale de la habitación de Gerald sin mi autorización, nadie. Mis manos tiemblan, esperan que muera, o tal vez… planean acelerar el proceso. Regreso a mi habitación sin hacer ruido, me coloco la bata y busco a Arthur de inmediato, lo encuentro en la cocina, revisando documentos con una linterna. —Arthur, tenemos un problema —le digo sin preámbulos, contándole lo que escuché. Su rostro palidece. —Sabía que esto pasaría, pero no tan pronto, debemos actuar. —¿Cómo? —pregunto, agitado— no puedo denunciar algo sin pruebas. —Entonces las obtendremos —responde con calma— pero necesitas ayuda. —¿Ayuda? ¿De quién? Arthur guarda silencio por un instante, como si dudara. —De alguien fuera de esta casa, alguien de tu mundo, no del de ellos. Su mirada me lo dice antes de que pronuncie el nombre. —Raquel Sobanski —digo en voz baja. Arthur asiente. —Es una jueza honesta. Si hay alguien que pueda protegerte y darle validez a todo esto, es ella. Pero debemos ser discretos, si Verónica sospecha, no solo tu padre estará en peligro ni no que tú también lo estarás. Asiento, tomo mi teléfono y le envío un mensaje corto a Raquel: Necesito hablar contigo, es urgente, no por trabajo, es personal. No pasan cinco minutos antes de que su respuesta llegue: Dime dónde y cuándo. *** El encuentro se da dos días después, en una pequeña cafetería del pueblo más cercano. Llego temprano, con la sensación de estar haciendo algo peligroso, y probablemente lo estoy. Cuando Raquel entra, su presencia ilumina el lugar. No sé si es por la costumbre de verla en ambientes formales, pero aquí, sin su toga ni su aire de autoridad, parece alguien completamente distinto: más humana, más cercana. —No pensé que volvería a verte tan pronto —dice, tomando asiento frente a mí— ¿Qué pasa, Stefan? Tienes una cara… —Complicada —completo por ella. Asiente, cruzando los brazos. —Dime qué ocurre. Le explico todo: la herencia, Verónica, Viktor, las sospechas, el testamento. No omito nada mientras hablo, Raquel se mantiene en silencio, con la mirada fija y seria. Cuando termino, pasa unos segundos antes de hablar. —Si lo que dices es cierto, tu vida podría estar en riesgo, necesitas pruebas y protección legal, pero no puedo intervenir oficialmente sin una denuncia formal o evidencia de intento de homicidio o fraude. —Entonces necesito conseguirlas —respondo sin dudar. Raquel me mira con cierta mezcla de admiración y preocupación. —Stefan, esto no es un caso común. Estas personas tienen poder, dinero y contactos, si mueves una pieza sin cuidado, podrían destruirte antes de que logres probar algo. —No tengo elección —digo, con una firmeza que sorprende incluso a mí— no puedo permitir que sigan manipulando a mi padre, ni que se adueñen de lo que me pertenece por derecho. Raquel suspira y se inclina hacia adelante. —Está bien, te ayudaré, pero debemos hacerlo bien. Si hay documentos falsificados o movimientos sospechosos en las cuentas de las empresas, puedo pedir una revisión judicial confidencial, pero necesito acceso a esos registros. —Los tengo, en mi habitación, en la mansión. —Entonces envíame copias y, Stefan… —me mira a los ojos— cuídate, si tienen un plan, no dudarán en eliminar obstáculos. *** Regreso a la mansión con el corazón acelerado, en mi interior, algo cambia. Ya no soy solo un hijo buscando respuestas; soy parte de una batalla silenciosa por la verdad. Esa noche, mientras imprimo los documentos que Raquel necesita, escucho un golpe en la ventana, me acerco con cautela. Un sobre sellado cae del otro lado del cristal. Lo recojo y lo abro. Dentro hay una nota escrita con tinta negra: No te entrometas o tu madre será la próxima en enfermar. El suelo desaparece bajo mis pies. El papel tiembla entre mis dedos. No hay firma, pero no hace falta. Sé exactamente de dónde viene. Verónica. La rabia se mezcla con el miedo. Salgo de la habitación y busco a Arthur de inmediato. Cuando ve la nota, su expresión se ensombrece. —Lo sabía —dice con amargura— no se conformarán con el dinero, quieren borrarte del mapa. —No lo permitiré —respondo con voz fría— si tocan a mi madre, no habrá lugar en este país donde puedan esconderse. Arthur me observa unos segundos, luego asiente. —Entonces prepárate, Stefan. Porque la guerra ya comenzó, y no hay marcha atrás. *** Al amanecer, el grito de una sirvienta rompe el silencio de la mansión. Corro por el pasillo junto a Arthur y encuentro a dos guardias y a Viktor frente a la puerta de la habitación de mi padre. —¿Qué pasa? —pregunto. Viktor me mira con fingida preocupación. —Tu padre… no despertó. El tiempo se detiene, empujo a los guardias y entro. Gerald está recostado, inmóvil, los ojos cerrados, la piel grisácea. Arthur corre hacia él, busca su pulso, pero su rostro lo dice todo. —Está muerto —susurra. El mundo se me derrumba. Siento una mezcla de ira y vacío. —¡Tú! —me giro hacia Viktor—. ¿Qué le hicieron? —No me acuses sin pruebas, hermanito —dice con sarcasmo— tal vez el viejo simplemente… dejó de luchar. Verónica entra en ese momento, fingiendo lágrimas. —¡Mi esposo! —grita teatralmente—. ¡Oh, Gerald, mi amor! Su actuación sería risible si no fuera por lo que implica. Arthur intenta calmarme, pero no lo logro, siento que mi sangre hierve. Verónica se vuelve hacia mí. —Lo siento, Stefan, pero la vida sigue, el funeral será mañana, después… el abogado leerá el testamento. Su sonrisa oculta algo que promete dolor. *** Esa noche no hay sueño ni paz. Solo la certeza de que la muerte de Gerald Nowack no fue natural. Y de que su última advertencia —cuida tus pasos, hijo— ahora pesa sobre mí como una sentencia. Miro por la ventana, hacia el bosque oscuro, y en el reflejo del cristal juro que veo algo más: el rostro de mi padre, pálido, sereno, y detrás de él… las sombras de los vivos que aún quedan por desenmascarar. Porque si algo aprendí en esta casa, es que los secretos no mueren con los muertos. A veces, es precisamente entonces cuando despiertan.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD