Los herederos invisibles Stefan Nowack El cielo sobre Zúrich tiene un color metálico, casi idéntico al de la llave que llevo en el bolsillo. Cuando el avión aterriza, la sensación es la misma que cuando uno despierta de un sueño demasiado largo: el cuerpo recuerda que el suelo duele. El aire es limpio, cortante, con ese orden helvético que vuelve sospechosa cualquier imperfección. Aquí, incluso los secretos parecen tener horarios y permisos de residencia. Tomo un taxi hasta el hotel del distrito financiero. No quiero llamar la atención, pero sé que cada movimiento mío ya está siendo registrado. En este país, el dinero tiene memoria. El conductor me pregunta si estoy de visita o por trabajo. —Negocios —respondo. —¿Suizo? —dice en un inglés impecable. —Polaco. —Ah —asiente con una

