Me doy cuenta de que en la recepción se encuentran dos chicos, me apena hablarles y me quedo callada e inmóvil en medio de la sala. —Disculpe señorita, ¿qué se le ofrece? —Se dirige a mí uno de los jóvenes que están para atender. Es realmente raro que una mujer profesional, específicamente psicóloga que se supone que ayuda a las personas a entenderse, mejorar sus conductas y relaciones con los demás... Tenga pena de hablarle a dos muchachos contemporáneos. —Buenos días, eh... —Balbuceo. —Soy psicólogo, estoy en búsqueda de un empleo... O quizás si tengan algún consultorio para ocupar, me gustaría que me informaran sobre la demanda, y disculpen las molestias. —Les digo mirándolos de forma confusa, me avergüenza comportarme de este modo. —No se preocupe señorita, estamos para servirle

