A la mañana siguiente, el mapa seguía en mi mente… pero no bajo la almohada.
Lo habían retirado.
Lo habían encontrado.
El frío que recorrió mi cuerpo no fue por el clima. Fue el presentimiento. La certeza que llegó incluso antes de abrir la puerta.
Dos hombres me esperaban en el pasillo. No dijeron una palabra. Solo asintieron con la cabeza. Una orden silenciosa.
Me llevaron directamente al despacho de Dante.
Él estaba de espaldas, mirando por el ventanal. Sus manos cruzadas a la espalda. Su camisa blanca, inmaculada. El silencio era más pesado que cualquier grito.
—Cierra la puerta —ordenó.
Lo hicieron. Me quedé sola con él. Su voz, cuando habló, fue baja. Precisa. Mortal.
—¿Pensaste que no lo sabría?
El corazón me latía tan fuerte que dolía. No respondí. No tenía sentido mentirle. Y él… ya no preguntaba para saber. Solo para castigar.
Se giró. En su mano, el mapa.
Lo dejó caer sobre el escritorio, como si fuera una traición banal.
—¿Creías que Isabella podía ayudarte? —murmuró—. Qué error tan… infantil.
Caminó hacia mí. No rápido. No lento. Como un cazador que no necesita correr para atrapar a su presa.
—Tu juego terminó, Elena.
Me tomó del mentón, levantando mi rostro con una suavidad que era más aterradora que la violencia.
—Te ofrecí todo. Seguridad. Estabilidad. Incluso paciencia. Pero aún eliges desafiarme.
Quise hablar. Decirle que no era elección. Que sobrevivir no es un crimen.
Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, chasqueó los dedos.
Entraron dos hombres. Esta vez, no para escoltarme.
—Al sótano —ordenó—. Que no vea luz hasta que aprenda.
—Dante… —susurré, desesperada.
Sus ojos me taladraron.
—No me llames así —dijo—. Ahora eres solo una pieza que necesita reparación.
Intenté resistirme cuando me sujetaron. Grité. Luché. Las lágrimas cayeron, pero él no parpadeó.
Mientras me arrastraban por los pasillos, comprendí que no estaba castigándome por intentar escapar…
Me estaba castigando por hacerle sentir que podía perderme.
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El sótano era más que un castigo.
Era un olvido.
Oscuro. Húmedo. Frío. La única luz provenía de una rendija mínima en la puerta de acero. No había cama. No había voz automatizada. Solo silencio y mi respiración entrecortada.
No sabía cuánto tiempo pasó. Días. Horas. Todo era lo mismo.
El hambre me abrazó como una segunda piel. La sed se volvió cuchilla. Y el miedo… el miedo se transformó en algo más.
Furia.
Cada noche —o lo que yo creía noche— recordaba su rostro. Su mirada. Sus palabras.
"Una pieza que necesita reparación."
Pero yo no era una pieza.
Era un fuego contenido.
Y si salía de allí… ya no intentaría escapar.
Lo destruiría desde adentro.
La puerta de acero se abrió con un chirrido lento y cruel, como si hasta el metal se resistiera a ceder. La luz me golpeó los ojos como una bofetada, cegándome por un instante.
Pasos. Firmes. Implacables.
Su silueta se recortó en el umbral, impecable, como si el tiempo no lo tocara. Como si yo no estuviera rota frente a él.
Dante.
Me levanté con torpeza, apoyándome en la pared húmeda. El cuerpo tembloroso. El alma encendida.
No habló al entrar. Cerró la puerta tras de sí y el mundo volvió a oscurecerse. Solo su figura y su aliento frío en el aire.
Me observó. No con lástima. No con enojo. Con decisión. Como si ya todo estuviera dicho.
—Levántate.
Su voz no dejaba espacio para la duda. Pero no me moví. No por desafío, sino porque el cuerpo ya no respondía igual.
Entonces se acercó y, para mi sorpresa, se agachó frente a mí.
—Te ves… diferente —dijo, casi con una nota de satisfacción.
Lo odié más en ese instante que nunca antes.
—¿Vienes a romper otra parte de mí? —susurré, la voz rasposa, pero firme.
Dante sonrió. No con burla. Con algo peor: propósito.
—No, Elena —dijo—. Vengo a reconstruirte.
Me miró con intensidad. Sus manos se apoyaron en mis hombros, como si quisiera afirmarme, como si aún creyera que podía sostenerme a su manera.
—Nos casaremos.
Las palabras no me golpearon. Me atravesaron.
Creí que no había más sorpresa posible. Creí que el infierno era esto. Pero Dante siempre encontraba una manera de profundizar la condena.
—¿Estás enfermo? —escupí—. ¿Después de esto… pretendes que me ponga un vestido blanco?
—No necesito que lo quieras —contestó, sin inmutarse—. Solo necesito que obedezcas.
Se levantó, dándome la espalda por un segundo. Luego añadió:
—Isabella será tu dama de honor. Y Luca estará presente. Seguro te motivará a portarte bien.
Ahí estaba. El verdadero gancho. Mi hermano. Su sonrisa era un arma, y yo, una marioneta con hilos invisibles atados a los que más amaba.
—No te amo —le dije, como una herida abierta—. Nunca lo haré.
—No te pedí amor —dijo sin volverse—. Solo permanencia.
Y se fue, dejándome con la oscuridad. Pero esta vez… no estaba vacía.
Estaba llena de fuego.
Me casaría con Dante DeLuca.
Pero no para ser suya.
Para destruirlo desde el altar.