Black Eagles
LA VIUDA NEGRA.
Libro. 01
Ibiza.
Veía y veía una y otra vez, las fotos del hombre al que debía seducir. Ronald Carter era muy atractivo, demasiado joven para ser todo un magnate empresario. Su archivo decía que tenía treinta, y cinco años, no sabía porque lo notaba unos años más joven. Cabello castaño claro, ojos verdes como la bruma del mar y un cuerpo alto y bien definido como un modelo de Gucci.
El informe que tenía en sus manos le decía que era un hombre con excesos, y placeres un poco excéntricos. Según estaba en Ibiza cerrando un negocio, la compra de un antiguo hotel que remodelaría y pasaría a ser uno de los tantos que tenía.
«Al menos es atractivo y no tendré que fingir en la cama», pensó.
Sacudió la cabeza. Estaba cansada de todo.
Entre las filas de los hombres de su padre desde los catorce años era conocida, y temida bajo el nombre de “Camaleón”, ya que podía camuflajearse entre las personas y ante situaciones.
Había aprendido a ser cuidadosa, por eso nadie sabía qué aspecto tenía realmente, pero en la actualidad tenía veinticinco años, y desde hacía cuatro en la organización a la cual pertenecía de manera obligada. Le habían creado otro apodo “Viuda Negra”.
Se había casado cinco veces a su corta edad, y todos sus millonarios cónyuges habían muerto en situaciones extrañas. Dejándole grandes fortunas de las cuales no tenía nada, porque todo debía entregarlo a su padre Román Meléndez.
Se lanzó en la gran cama y recordó el episodio más triste de su vida. Cuando el desgraciado de su padre había matado sin piedad a su madre. Rosana Arango tristemente se casó obligada a los dieciséis años, y aprendió de mala manera lo que era vivir con un narcotraficante.
Se enamoró de uno de sus escoltas, Felipe. Con quién tuvo una relación por más de cinco años y de la cual nació su hermana Amelia. No fue hasta cerca de su cumpleaños número catorce, y su hermana tenía nueve, que Román se dio cuenta de aquel engaño.
Cuando la pareja había decidió huir con las niñas. Su padre pensó en matarlos a todos, pero las niñas pudieron huir aunque no llegaron muy lejos, porque las encontraron. Ava le suplicó a su padre que le perdonara la vida a su hermanita, Amelia.
Román al verla suplicar, por la vida de la pequeña, como el cruel malhechor que era se aprovechó de la situación y la chantajeó desde entonces, para convertirla en la criminal que era. Solo le permitía verla dos veces al año, y la había enviado a un internado en Londres. Al menos sabía que estaba lejos de todo lo que significaba la organización de su familia.
Ava era el varón que Román Meléndez nunca tuvo. Su sucesora en la jodida organización. Lo peor que era… que con los años y sus hazañas, hasta su padre le temía, pero habían hecho un trato. Le haría ganar quinientos millones de dólares y él, les daría la libertad a su hermana y a ella.
Lo que él no sabía era que por algo ella seguía siendo la “Camaleón” y visitaba a su hermana cada vez que quería.
Amelia estaba próxima a cumplir diecinueve años, y ya no podían retenerla más en el internado. En su última visita dos meses atrás, le entregó un teléfono celular desechable, quince mil libras esterlinas y una documentación nueva. Porque si tenía que desaparecer, que lo hiciera. No confiaba en su padre.
El sonido de su teléfono personal sonó encima del colchón, con el tono de la marcha fúnebre. No había necesidad de saber quién era.
—¿Qué quieres?
—Cuida tu lenguaje carajita
Quien iba a pensar que Román Meléndez era un delincuente, cuando perteneció durante muchos años al ejército de su país, Venezuela. Pero le resultó más lucrativo dejarlo e involucrarse con el alto mando en el narcotráfico.
—Sabes bien que cuando estoy en una operación no me gusta que me jodan, y mucho menos tú. Que eres la mala vibra andante
—Estoy llamando solo para ver cómo está todo. Sabes que me gusta estar al tanto de todo
—Claro, Román… como olvidar tu manía por el control
—No me hables así, Ava. Al final de todo soy tu padre
—Por supuesto, eso no se me olvida
—Algún día…
—Nada. Querido papi. Nada tendremos que ver. Este es el último trabajo que haré para ti. Luego mi hermana y yo seremos libres
—Eso no lo sabes…
—No te atrevas, Román… No te atrevas a no mantener tu palabra. Cuida de que no le pase nada a Amelia, porque te lo juro que no te quedará piel con que cubrir tus huesos
—¡Ave María Purísima! Soy tu papá eso sería un grave pecado
—Grave pecado será para ti traicionarme después de todos estos años, papá. No estoy jugando. No te atrevas a joderme.
—Estoy pensando en traer a Amelia a Colombia la próxima semana. ¿Qué te parece? —soltó de golpe.
—¿Colombia? —Ava se tensó un poco.
—¿Qué tiene de malo? Ustedes son hijas de una asquerosa colombiana
—Y también hijas de un maricón venezolano, que no pudo soportar que su mujer se consiguiera alguien mejor porque es tan mal polvo
—¡No te permito! —Román se enfureció como todo hombre al hablar de su hombría.
—Soy yo la que no te permite que hables mal de mi madre, y ni se te ocurra buscar a Amelia para llevarla a Colombia…
—¿Por qué, Ava? —la retó.
—Porque no la cuentas Román… No la cuentas
—Sigo siendo tu padre. ¿Tanto me desprecias?
—Más de lo que nunca sabrás —cortó la llamada.
Para nadie era un secreto que ella odiaba a Román; y desde que a los veintidós años había masacrado sin piedad a siete hombres integrantes del cártel enemigo al de su padre. Era respetada y temida, al punto que ni siquiera él, quería verla cara a cara y menos quedarse a solas con ella, más de tres minutos. Porque le tenía miedo, y sabía de lo que era capaz si la hacía enojar de verdad.
No le temblaría el pulso, y lo mataría con sus propias manos, si era necesario. Un par de veces le puso precio a su cabeza, pero Ava siendo como era se metió una noche en su cuarto, y le amenazó con matarlo antes.
El hombre se asustó tanto que le dio una angina de pecho que lo hizo estar por días en cuidados intensivos y dos semanas en una cama.
Cambió a su línea segura y marcó el número de teléfono de su hermana.
«Vamos, contesta».
Estaba intranquila al cuarto repique contestaron:
—¿Ava?
—Si, cariño soy yo
—¿Ocurre algo?
—Por ahora no, solo que voy a cambiar de número telefónico y quiero que lo tengas ¿Cuéntame cómo vas?
—Hasta ahora estoy ayudando aquí en el internado como instructora de deporte. Me enviaron a las habitaciones de los profesores
—Me parece perfecto ¿Tienes restricciones para salir de ahí?
—Sabes que puedo hacerlo. Me enseñaste bien… Además no soy cinta negra en Taekwondo de gratis. Estudié para eso
—Debes irte del internado
—¿Qué está pasando? ¿Por qué no confías en mí? Ya no soy una niña, Ava. Tal vez yo pueda ayudar
Ella respiró. A la edad de su hermana, ya era la popular “Camaleón”. Amelia siempre se sentía apenada de la manera en que fue concebida y Ava le decía que al contrario. Su madre había sido una víctima más del sistema corrupto que existía en Sudamérica y que debían de estar orgullosas de ser hijas de Rosana Arango, y que recordara que su belleza se lo debía a la hermosa colombiana. Ava estaba pensando en la manera de quitarse el apellido Meléndez y usar el de su madre.
—Román quiere llevarte a Colombia —al otro lado de la línea, se escuchó un gemido de angustia— Ame… ¿estás bien?
—No quiero ir a Colombia con él, Ava —contestó con un poco de histeria.
—Lo sé, tampoco lo permitiré. Por eso debes irte de ese lugar, esta misma noche
—¿A dónde, Ava? No sé a dónde ir
—Yo sí sé… tienes todos los documentos que di la última vez que nos vimos, ¿cierto?
—Si claro y el dinero en efectivo también
—Tienes pasaporte, también carnet de identificación; eso significa que también nacionalidad, puedes moverte por el Reino Unido como te dé la gana, Súmale a eso las tarjetas de regalo y las tarjetas de crédito prepagadas
—Es cierto, puedo ir a Glasgow
—También a España. Creo que allá te rendiría un poco más el dinero, y el idioma es español
—Sabes que estoy aquí en este país desde que tengo nueve años, no me sale muy bien. Con la única persona que hablo en español es contigo.
—Está bien, pero sal hoy mismo… en tren preferiblemente. Hay menos control
—Me iré esta misma noche
—Ame…
—Lo sé Ava, soy lo único que tienes. No me dejaré atrapar por Román
—Eso espero, Amelia, porque si algo te pasara no creo que la bestia que vive en mí, la pueda contener más tiempo. Mantente en contacto para poder ir por ti. Tienes dinero suficiente como para estar fuera del radar por un largo tiempo
—Te amo Ava, no te defraudaré.
De esa forma terminó la llamada. Tenía que confiar en su hermana. Ava había insistido en que tomara clases de artes marciales mixtas y de tiro al blanco. Todo para que ella se pudiera defender. No era fácil estar relacionadas con Román. Amelia era inteligente. Sabía que podía cuidar de ella misma. Se levantó de la cama, y al hacerlo cayó a sus pies la foto de Ronald Carter. La tomó del suelo y dijo en voz alta:
—Eres muy guapo para tu propio bien.