Dime quién eres

1366 Words
ANASTASIA Me bajé del autobús y, casi por costumbre, compré un periódico en el quiosco de la esquina. Esa noche el aire estaba más frío que de costumbre. Corría una brisa suave que me despejó un poco la cabeza. Me solté el moño tirante que llevaba todo el día y dejé que el cabello castaño cayera sobre mis hombros. Siempre lo llevaba recogido. Ya casi había olvidado cómo eran mis rizos sueltos. Antes de regresar al apartamento, entré en la farmacia. Compré unas vitaminas baratas para aguantar mejor el ritmo y, ya que estaba allí, pedí también las inyecciones que le habían recetado a mi abuela. Su estado empeoraba y, aunque intentaba no pensarlo demasiado, el miedo era constante. La señora Smith, la vecina del piso de al lado, pasaba cada pocas horas a echarle un vistazo cuando yo no estaba. Al llegar al edificio, algo me hizo frenar en seco. Dos figuras cruzaron el pasillo y desaparecieron al doblar la esquina. Fue tan rápido que dudé de haberlo visto bien, pero el escalofrío no se fue. Entré, cerré la puerta que siempre chirriaba y dejé los zapatos alineados junto a la pared. Era miércoles. Tocaba baño. El médico insistía en mantener una rutina estricta por su debilidad; el cáncer de pulmón no daba tregua. Me acerqué a su habitación. Estaba despierta, con la mascarilla de oxígeno cubriéndole medio rostro, respirando con esfuerzo. Nunca fuimos especialmente cercanas. Apenas hablábamos. Sin embargo, era la única familia que tenía. Me había dado techo, comida y una oportunidad. A veces sentía que yo no era más que una carga para ella. Tal vez cuidarla ahora era mi forma de equilibrar la balanza. La bañé con cuidado, cambié las sábanas y le di sopa tibia a cucharadas lentas. Cuando por fin se quedó tranquila, fui al salón. Como llevaba haciendo catorce años, extendí la manta fina sobre el sofá, acomodé la almohada y me dejé caer. Cerré los ojos sin pensar en nada más. * Sostenía a Kendall y trataba de que aceptara el biberón. Giraba la cara, lloraba, se arqueaba en mis brazos. Yo no sabía qué más hacer. Débora no estaba en casa, como casi siempre. La señora Miller apenas reconocía a la niña. Y Daniela aprovechaba cualquier ocasión para recordarme lo incompetente que, según ella, era. Me sentía sola. —Vamos, pequeña —le murmuré, acercando la tetina a sus labios—. Solo un poco. Tras varios intentos, por fin empezó a succionar. El alivio me aflojó los hombros. Me senté en la mecedora y la observé mientras comía. Su carita concentrada, sus manos diminutas aferradas al biberón. Siempre he querido tener hijos. Imagino que abrazar a alguien que sea mío llenaría el hueco que cargo por dentro desde hace años. Cuando terminó, la apoyé contra mi hombro y le di suaves palmadas en la espalda hasta que eructó. Luego la dejé en su cuna para que descansara. Aún tenía trabajo. Debía preparar el almuerzo del señor Miller en la terraza cerrada y, después, ordenar la despensa según las indicaciones de Julio, el chef. Me había entregado una lista detallada esa misma mañana: ingredientes clasificados, etiquetas con colores específicos y todo dispuesto por orden alfabético. Solo pensar en esa habitación enorme, repleta de estantes hasta el techo, me agotaba. Me llevaría horas. Cerré con cuidado la puerta de Kendall y bajé las escaleras. En el comedor, los señores Miller tomaban asiento mientras las otras empleadas corrían de un lado a otro. El invitado que se esperaba no aparecía por ninguna parte. Tomé la bandeja del señor Miller, pesada y perfectamente presentada, y la llevé a la terraza acristalada. Coloqué cada cubierto en su sitio exacto, descorrí las cortinas y abrí un poco las ventanas para que entrara aire fresco. Un bostezo se me escapó sin querer. Daniela lo notó al instante cuando ayudaba al señor Miller a sentarse. Su mirada fue suficiente para que enderezara la espalda. Se marchó con una sonrisa burlona. Me quedé junto al anciano mientras comía despacio, mirando el jardín a través del cristal. —¿Dónde está mi nieta? —preguntó de pronto. Apreté la servilleta entre los dedos. —La señorita Débora salió con sus amigos, señor. Frunció el ceño. —No hablo de ella. ¿Y Steven? Me quedé un segundo en blanco. Apenas sabía nada del nieto. —Salió temprano esta mañana, señor. No ha regresado. Asintió sin decir más y continuó con su almuerzo, en silencio. Cuando terminé con el resto de encargos, el reloj marcaba las cinco y aún me esperaba la despensa. Solo de pensarlo me dolía la cabeza. Daniela siempre encontraba la manera de dejarme lo más pesado. Mientras Johana se limitaba a regar plantas y colocar flores frescas en los jarrones, yo me quedaba enterrada entre cajas y estanterías. Trabajé sin parar hasta que pasaron las nueve. La casa estaba en silencio. El personal ya se había ido y yo apenas había avanzado la mitad. Si me quedaba más tiempo, perdería el último autobús. La señora Smith estaba con mi abuela, así que no corría peligro inmediato. Decidí regresar más temprano al día siguiente y continuar. Las luces del resto de la casa estaban apagadas. Solo brillaban las de la despensa. Me colgué el bolso al hombro y justo entonces oí pasos en la cocina contigua. Me quedé inmóvil. El sonido se acercaba. De pronto, se encendió la luz y alguien me rodeó la cintura por detrás. El susto me hizo reaccionar sin pensar. Grité, me giré con fuerza y lancé la rodilla hacia adelante. El resultado fue inmediato. Steven, enorme y normalmente impecable, estaba encorvado frente a mí, sujetándose y soltando una maldición entre dientes. —Ten compasión —gruñó con voz ahogada—. Eso dolió. —Lo siento —respondí todavía alterada—. Me asustaste. Tardó unos segundos en enderezarse. Tenía los ojos enrojecidos y un olor fuerte a alcohol lo envolvía. Fruncí la nariz sin poder evitarlo. Él lo notó y apartó la mirada, incómodo. —Salí con unos amigos —murmuró, como si tuviera que justificarse. No era asunto mío, así que no dije nada. Abrió el refrigerador más cercano y soltó un bufido. —¿Por qué todo aquí es verde? ¿Dónde está la comida normal? Se refería al frigorífico exclusivo de Julio, lleno de productos orgánicos perfectamente ordenados. Le señalé los otros. —Los demás están allí. Me dispuse a salir, pero su voz me frenó. —Oye, tú. Espera. Respiré hondo. Solo quería irme. —¿Qué necesita? —Tengo hambre. Prepárame algo. —No soy cocinera —respondí con cuidado—. Podría llamar a Julio si quiere. Su mirada se volvió fría. —Hazme un sándwich. No es tan complicado. Miré mi reloj. Faltaban menos de veinte minutos para el autobús. Apreté los labios y empecé a reunir pan, pollo y verduras. Él se sentó en un taburete, observando cada movimiento. En pocos minutos le dejé el plato delante. Limpié la encimera y caminé hacia la salida. Otra vez su voz me detuvo. —Ven aquí. Giré, ya sin disimular el cansancio. —Señor Steven, perderé el autobús. —Prueba esto —dijo, acercándome el sándwich a la boca. Negué con la cabeza. El personal no podía comer nada destinado a la familia. —No puedo… No me dejó terminar. Empujó el pan entre mis labios con descaro. —Relájate. George te llevará a casa. Masticaba sin saber qué decir. El sabor era sorprendentemente bueno. —¿George? —Mi chofer. Suspiré. El autobús ya era historia. Él dio otro mordisco y luego me ofreció más. Esta vez acepté sin protestar. Tenía hambre y llevaba horas sin parar. De pronto escuché el sonido de una foto. Levanté la vista y lo vi apuntándome con su teléfono. —¿Qué haces? Revisó la imagen con una sonrisa satisfecha. —La enviaré a mi investigador. Siempre huyes antes de que pueda saber algo de ti. Así que alguien lo averiguará por mí. Solté una risa incrédula. ¿Qué iba a descubrir? Mi vida se reducía a trabajo y a cuatro paredes. Si creía que había algo interesante que encontrar, se llevaría una decepción.
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