Sólo me interesas tú

1394 Words
ANASTASIA —¿Quién es una niña bonita? ¿Eh? ¿Quién es una señorita preciosa?—, balbuceé infantilmente mientras cambiaba a Kendall. Me reí cuando ella hizo ruidos y levantó los dos pies en el aire. Acababa de bañar a Kendall y ahora era el momento de darle de comer y luego de la siesta. Habían pasado unas semanas y no había visto a Steven desde que me topé con él. Siempre estaba fuera de la mansión, siempre desaparecía. Aunque no es que me importara... no era asunto mío adónde iba, qué hacía y con quién. Puse los ojos en blanco al pensar eso. Admito que era guapísimo y, hasta cierto punto, amable. No era extremadamente grosero, aunque le gustaba estar pensativo la mayor parte del tiempo. La tarea que me habían asignado para hoy era el mantenimiento del jardín. Normalmente era cosa de Johana, porque era la más agradable de todas las tareas, pero Daniela me la había asignado a mí porque Johana se había quejado esa misma mañana de que hacía demasiado calor para estar fuera. Gemí al pensar en cavar, plantar, regar y hacer todas las tareas del jardín bajo este calor abrasador. Hoy el sol pegaba fuerte y, sin duda, por mucha crema solar que me untara por todo el cuerpo, aunque en realidad no tenía, acabaría quemándome. Terminé de atender a Kendall y bajé las escaleras. Estaban preparando el almuerzo y decidí ayudar a poner la mesa, ya que estaba postergando salir al sol. Sin embargo, ni siquiera pude hacer eso porque Johana siempre tiene que regodearse en mi dolor. Me lanzó una mirada odiosa y me empujó para que no colocara los platos correctamente. —Este es mi trabajo, vaca. Fuera. Daniela te ha asignado el jardín. No aquí conmigo—, espetó brutalmente y me dio un empujón en el hombro al pasar a mi lado. Justo entonces, para mi absoluta suerte, Daniela entró y me gritó que saliera y me asegurara de que los tres primeros parterres estuvieran bien cultivados antes de irme a mi descanso, o de lo contrario tendría que replantearse mi posición en esta casa debido a lo decepcionante que soy. Por el rabillo del ojo, vi a Johana y a otra criada, Raquel, riéndose de mí. Salí y decidí hacerlo lo más rápido posible. Una vez cultivados los tres parterres, podría tomarme un descanso, tal y como había dicho Daniela. Era un trabajo tedioso y doloroso. Estos parterres parecen no haber sido cuidados adecuadamente en semanas. Me pregunto qué debería hacer Johana aquí fuera. No obstante, me arrodillé y me puse manos a la obra. Apenas había terminado con la primera cuando todas las demás criadas se fueron a descansar. Supongo que decidieron burlarse aún más de mí porque todas salieron y se sentaron en los bancos del jardín, a la sombra, mientras comían. Nunca me llevé bien con ninguna de ellas. A nadie parecía gustarle mi compañía, por mucho que me esforzara por integrarme. Al final, me rendí porque no se puede forzar la amistad. No tenía ni un solo amigo, lo cual estaba bien porque tampoco tenía tiempo, así que me venía perfecto. Las miré por un instante y me saludaron con la mano de forma amenazante. Inmediatamente bajé la mirada y me sequé el sudor de la frente. Como resultado, tenía la cabeza manchada de tierra negra. Gemí aún más cuando los oí reírse de mí. Tenía ganas de llorar porque no me gustaba que me humillaran. Creo que se dieron cuenta de ello, porque sus risas solo se intensificaron. Sin embargo, en un breve segundo, cesaron y oí múltiples exclamaciones de sorpresa por parte de todas ellas. Volví a mirarlas y vi que estaban mirando fijamente al balcón del segundo piso. Steven estaba allí, apoyado en la barandilla con una taza de café en la mano. Parecía como si acabara de despertarse, ya que tenía el pelo revuelto y estaba sin camisa, solo con un chándal gris. Sus hermosos ojos verde azulados brillaban al sol y sus bíceps sobresalían un poco más de lo habitual ese día. Parecía un poco molesto mientras miraba al resto de las criadas, con un atisbo de ira en su mirada, pero luego se volvió hacia mí y me sonrió levemente. Se quedó unos minutos más mirándome mientras yo cavaba en la tierra, pero luego desapareció de nuevo en el interior. —Chicas, ¿han visto eso? ¡Es obvio que me ha sonreído!—, chilló Johana lo suficientemente alto como para que yo la oyera. Desde donde estaba, la miré con incredulidad. Negué con la cabeza ante sus payasadas y seguí con mi trabajo. Tenía que terminar para poder irme a descansar. * Era casi el final del día cuando Débora llegó a casa. No creo que ni siquiera recuerde que tiene un bebé. Pobre Kendall. Lo siento muchísimo por ella. No es que Débora fuera una mala persona, simplemente tenía mal establecidas sus prioridades. Había recogido todas sus bolsas de la compra del coche y me dirigía a guardarlas. Llamé a su puerta para entrar y la vi una vez más preparándose para salir. Solo que esta vez llevaba un bañador dorado y las gafas de sol colocadas en la cabeza. Me miró y me hizo un gesto para que entrara. Dejé las bolsas cuidadosamente sobre su cama mientras ella se ponía una bata de red sobre el bikini, se calzaba unas chanclas y se marchaba. Al abrir las bolsas, fruncí el ceño con envidia. No creo que pudiera ni siquiera soñar con comprar ropa y joyas tan caras como las que ella tiene. Fui a su enorme armario y empecé a guardarlo todo. Podía ver el collar de diamantes brillando a la luz mientras guardaba las otras prendas. Tenía muchas ganas de probármelo y ver cómo me quedaba, pero si alguien me pillaba, me metería en un buen lío. Débora ya se había ido y Johana estaba en el otro ala. Debería resistir la tentación, pero no es como si lo estuviera robando. Solo lo estoy probando. Terminé de guardarlo todo, pero dejé el precioso collar para el final. Eché un vistazo por la puerta para asegurarme de que nadie miraba y volví corriendo al armario. Saqué el collar de su caja y lo sostuve con las manos. —Vaya...—, murmuré con admiración. Era tan brillante, tan bonito. Sonreí mientras lo cogía y me dirigía al espejo. Lo coloqué con cuidado en mi cuello y lo mantuve en su sitio. Una sonrisa triste se dibujó en mi rostro. Me encantaban las joyas. Siempre me habían gustado. Cuando aún estaba en la escuela primaria, la chica más guapa, Irlanda, siempre llevaba joyas y, cuando veía lo que tenía, a menudo me quedaba boquiabierta mirándola. Ella se quejaba de que la acosaba y, por desgracia, no me permitían acercarme a ella. Entonces empecé a hacer mis propias joyas con cualquier abalorio y alambre que encontraba. Todos se reían a menudo, pero eso me hacía sentirme valiosa. De repente, oí que alguien carraspeaba y, sorprendida, se me cayó el collar, la cadena se rompió y se desmontó. —Rayos—, susurré y me agaché frenéticamente para intentar recoger los pedazos. —Oh, no, oh, no, ¡m4ldición!—, repetí presa del pánico. ¡Ahora qué voy a hacer! Débora y Daniela me van a despellejar viva. ¡Me van a matar! Unos pasos pesados se acercaron a mí y me levantaron bruscamente por el brazo. —¿Es que no me estás escuchando?—, preguntó Steven. Lo miré y le solté la mano de un tirón. —Me has asustado y se me ha caído el collar, y ahora Débora y Daniela me van a matar y voy a perder mi trabajo—, dije angustiada, todo de un tirón. Él se rió de mí. Tuvo la osadía de reírse de mí. —Tranquila, princesa, Débora ni siquiera se dará cuenta. Mételo en la caja y déjalo ahí. Lo miré con ira. Intenté volver a juntar las piezas, pero fue inútil. Steven se limitó a observarme mientras fracasaba. —¿Necesitabas algo? —le pregunté. Él negó con la cabeza: —En realidad no, solo me preguntaba dónde estabas—, y con eso se marchó, dejándome sola intentando arreglar el desastre que había montado.
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