CAPÍTULO | 07 | Reencuentros que no pedimos

1334 Words
Regina no durmió. No porque estuviera triste. Sino porque su cerebro decidió reproducir en bucle cada segundo de la noche anterior: la mirada de Cina, su voz, el beso, la forma en que su pecho se había apretado cuando él se fue. —Excelente —murmuró, mirando el techo—. Contraté un actor y terminé contratando un trauma emocional. Se levantó tarde, con ojeras, café en mano y cero paciencia para la vida. Su celular vibró. Un mensaje. De su madre. Mamá: “Cariño, hoy viene la familia a almorzar. Te dije que tu novio vendría, ¿verdad?” Regina escupió el café. —No. No. No. Abrió el chat frenéticamente. Regina: “¿Qué novio?” Mamá: “El tuyo, obvio. El simpático. Cina.” Regina cerró los ojos. —Voy a morir. Respiró hondo. Regina: “Mamá, creo que hubo un malentendido…” Mamá: “Ay, no seas tímida. Le escribí anoche y me dijo que venía. Qué lindo, ¿no?” Regina sintió cómo su alma abandonaba su cuerpo. —¿Le escribió? ¿CUÁNDO LE ESCRIBIÓ? ¿CÓMO CONSIGUIÓ SU NÚMERO? Marcó el número de su madre. —¿Mamá? —Regina, cariño, ¿qué pasa? —¿Cómo conseguiste el número de Cina? —Me lo diste anoche. —Eso es… imposible. —Estabas feliz —dijo su madre—. Muy feliz. Dijiste que era “diferente”. Que te cuidaba. Que te miraba como nadie. Regina se dejó caer en la cama. —Voy a demandar a mi yo borracha. —Entonces, ¿no va a venir? —No —dijo Regina—. O sea, sí. O sea… —Suspiró—. Mamá, ¿qué pasa si te digo que no es mi novio? Silencio. —¿Cómo que no es tu novio? —Es… complicado. —¿Es un actor? Regina se congeló. —¿Qué? —Porque tu primo salió con una actriz una vez —dijo su madre—. Y fue rarísimo. Nunca sabía si lo quería o si estaba ensayando. Regina parpadeó. —No, no es actor —dijo—. Pero tampoco es… exactamente lo que tú crees. —Regina —dijo su madre—. ¿Lo quieres? Regina abrió la boca. La cerró. —No. Mentira. —Entonces no lo traigas. Silencio. —Pero… —dijo Regina—. Él ya dijo que venía. —Entonces lo conoceremos —respondió su madre—. Y luego me explicas. Colgó. Regina dejó caer el celular sobre la cama. —Genial. Absolutamente genial. Se levantó. Se miró al espejo. —No estoy preparada para esto. El timbre sonó. Regina se congeló. —No. El timbre volvió a sonar. —No. Una tercera vez. —NO. Respiró hondo. Abrió la puerta. Y ahí estaba. Cina. Con una bolsa de panadería en una mano, flores en la otra, y una expresión tranquila que decía: sí, vine a arruinar tu estabilidad emocional, pero con elegancia. —Hola —dijo. Regina lo miró como si estuviera viendo un fantasma. —¿Qué haces aquí? —Tu madre me invitó. —¿Mi madre tiene tu número? —Sí. —¿Cómo? —Me lo dio tu amiga Carla. —¿Por qué mi vida es así? Cina sonrió. —Buenos días. —No lo son. —Traje medialunas —dijo él—. Pensé que ayudarían. Regina suspiró. —Entra. Cina entró. El departamento volvió a llenarse de su presencia. Demasiado rápido. Demasiado intenso. —Esto es una mala idea —dijo Regina. —Probablemente. —No deberías estar aquí. —Y aun así, aquí estoy. Silencio. —Esto no es profesional —dijo ella. —No —respondió él—. Pero tampoco es mentira. Regina lo miró. —No hagas esto. —¿Qué cosa? —Mirarme así. —¿Así cómo? —Como si todavía importara. —Importas. —No lo digas. —No puedo no decirlo. Silencio. —Tenemos que aclarar esto —dijo Regina—. Ahora. —Estoy de acuerdo. —Esto no puede seguir. —¿Por qué? —Porque yo no estoy preparada para sentir cosas. —Nadie lo está. —Porque tú no eres parte de mi vida real. —Lo soy. —No. —Sí. —No —repitió—. Tú eres… una mentira que se volvió demasiado cómoda. Cina la miró. —No soy una mentira. —Eres un contrato. —Eso fue al principio. —¿Y ahora qué eres? Silencio. —Ahora soy alguien que no puede fingir que no le importas. Regina sintió que algo se rompía dentro de ella. —No digas eso. —Es la verdad. —La verdad no siempre es útil. —Pero sigue siendo verdad. Silencio. —¿Por qué viniste? —preguntó ella. —Porque tu madre me invitó —dijo—. Y porque quería verte. Regina cerró los ojos. —Eso no estaba en el contrato. —No. —Entonces no deberías querer verme. —No controlo lo que quiero. —Yo sí intento hacerlo. —¿Y funciona? —No. Silencio. —Esto va a terminar mal —dijo Regina. —Tal vez. —Yo no quiero salir lastimada. —Yo tampoco. —Entonces esto no puede ser. —¿Y si ya lo es? Regina lo miró. —No me hagas esto. —No te hago nada. Solo existo. —Eso ya es suficiente. El timbre sonó. Regina dio un salto. —No. —Sí —dijo Cina—. Tu familia. —Voy a matarte. —Después del almuerzo. Regina abrió la puerta. Entró su madre, seguida de su tía, su primo y dos personas más que Regina no había autorizado a existir ese día. —¡Cariño! —dijo su madre—. ¡Ahí está el famoso Cina! Cina sonrió. —Mucho gusto, señora. —Ay, qué educado —dijo su madre—. Regina, ¿por qué no me dijiste que era tan lindo? Regina apretó los dientes. —Sorpresa. —Pasa, pasa —dijo la madre—. Quédate cómodo. Esta es tu casa. Regina miró a Cina. —No es tu casa. —Todavía no —dijo él, con una sonrisa. Regina casi se atraganta. —¡Era un chiste! —dijo rápido. —Claro —respondió su madre—. Ya veremos. Regina se dejó caer en una silla. —Esto es una pesadilla. —Es un almuerzo —dijo Cina—. Respira. —No puedo respirar cuando mi madre ya te adoptó. —Eso suele pasar rápido. —No tanto. Se sentaron a la mesa. —Entonces, Cina —dijo la madre—. ¿A qué te dedicas? Regina contuvo la respiración. —Trabajo con personas —respondió él—. Ayudo a que se sientan mejor consigo mismas. La madre sonrió. —Qué hermoso. Regina cerró los ojos. —¿Y cómo conociste a mi hija? —preguntó la tía. —En una librería —dijo él—. Discutimos por un libro. —Ella tenía razón —dijo Regina, automáticamente. —Siempre —confirmó él. La madre los miró. —Ay, se ven tan bien juntos. Regina sintió un nudo en el estómago. —Mamá… —No digas nada —dijo ella—. Solo disfrútalo. Regina miró a Cina. Él la miró de vuelta. No como actor. No como profesional. Como alguien que estaba ahí. De verdad. —Esto no es justo —susurró ella. —No —respondió él—. Pero es real. Silencio. —Después de esto —dijo Regina—. Tenemos que hablar. —Siempre lo supimos. —No aquí. —No ahora. —Pero sí pronto. —Sí. Se miraron. Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos lo sabían: Este almuerzo no era solo una comida familiar. Era el comienzo de algo que ninguno de los dos había contratado… pero que ambos estaban empezando a querer.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD