—¡Cristal! ¡Mesa cuatro! —gritó Mabel desde la barra, sin levantar la vista de la caja registradora.
—¡Voy! —respondí, apretando los dientes.
Sentí una puntada aguda en mi vientre, una presión que me obligó a detenerme un segundo. Kayna, mi loba, gruñó en lo más profundo de mi mente.
Ella estaba inquieta, siempre alerta, como si pudiera oler el peligro acechando en cada esquina de esta ciudad gris.
“El Cachorro está hambriento”, murmuró Kayna, y pude sentir su instinto protector envolviendo mi útero.
Serví el café a los tres hombres que esperaban impacientes. Uno de ellos, un sujeto de mirada turbia, me recorrió con la vista. Se detuvo en mi cintura, que ya no podía ocultar bajo el delantal holgado.
—Vaya, la meserita nueva tiene una sorpresa ahí debajo —se burló, soltando una carcajada cargada de humo de cigarrillo—. ¿Quién fue el valiente que te dejó así, preciosa?
Sentí que la sangre me hervía. No era solo la humillación, era el instinto de Kayna exigiendo respeto.
—Su café, señor —dije con voz gélida, ignorando su comentario—. Si necesita algo más, pídalo con educación o busque otro lugar para comer.
El hombre se quedó callado, sorprendido por la firmeza en mis ojos. No sabía que detrás de esa mirada de mesera cansada se escondía una loba de linaje puro que estaba a punto de estallar.
Me retiré a la cocina con el corazón latiendo a mil por hora. Me apoyé contra la pared de azulejos grasientos y respiré hondo. Me levanté el delantal un segundo para mirarme.
Era imposible. Mi vientre estaba tan abultado que parecía que tenía cinco meses de embarazo, no dos semanas.
—¿Qué me está pasando? —le pregunté a la oscuridad de la cocina.
Recordaba lo que decían los textos antiguos que el Padre Malachi guardaba bajo llave:
"El fruto de un Alfa de sangre pura reclamará su lugar antes que el sol complete su ciclo si la madre es rechazada".
Mi hijo se estaba alimentando de mi propia esencia vital para crecer rápido. Sabía que no me quedaba mucho tiempo antes de que fuera evidente para todo el mundo que yo no era una humana normal.
***
Mientras tanto, en el territorio de la Manada Iron-Blood...
Kaelen Thorne no había dormido en tres días. El despacho del Alfa olía a alcohol y a la esencia inquebrantable de su coraje. Sobre su escritorio, decenas de mapas de las ciudades cercanas estaban marcados con cruces rojas.
—¡Nada! —rugió Kaelen, barriendo con un brazo todos los papeles al suelo—. ¡Han pasado semanas y mis rastreadores regresan con las manos vacías! ¿Cómo puede una monja desaparecer en medio de millones de humanos?
Gideon entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. El Beta se veía cansado, pero su lealtad hacia Kaelen seguía intacta, a pesar de que no aprobaba la obsesión del Alfa.
—Kaelen, tienes que calmarte —dijo Gideon con voz pausada—. Selene está preguntando por ti. El consejo de ancianos exige que se fije la fecha de la ceremonia de emparejamiento. Si no te presentas mañana, pensarán que estás débil.
—¡No me importa lo que piense el consejo! —Kaelen lo agarró por las solapas de la chaqueta, con los ojos brillando en un gris tormentoso—. ¡Ella tiene mi marca, Gideon! Puedo sentirla... a veces. Siento su miedo, siento su agotamiento. Pero cada vez que trato de localizarla, una pared de hierro se levanta en el vínculo.
Gideon suspiró, soltándose del agarre de su Alfa.
—Ella te bloqueó, Kaelen. Te rechazó antes de que tú pudieras hacerlo formalmente. Es un poder que solo las Lunas de sangre pura poseen. Evangeline no era una novicia cualquiera, y lo sabes.
Kaelen se dejó caer en su silla de cuero, ocultando el rostro entre sus manos.
—Hay algo más, Gideon. Algo que me está volviendo loco. El vínculo... ya no es solo ella. Siento un tercer latido. Uno que suena como un tambor de guerra.
Gideon se tensó. El silencio en la habitación se volvió pesado.
—¿Estás diciendo que ella... que está encinta? —preguntó el Beta en un susurro.
—Estoy seguro —respondió Kaelen, levantando la vista —. Mi cachorro está ahí fuera. Mi heredero está creciendo en el vientre de una mujer que me odia y que huye de mí. ¡No voy a permitir que mi hijo nazca en un basurero humano!
—Si Selene se entera de esto, la matará, Kaelen —advirtió Gideon—. Selene no permitirá que un hijo del vínculo sagrado desplace al hijo que ella dice esperar.
Kaelen apretó los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
—Entonces que nadie se entere. Duplica los rastreadores. Busca en los registros de clínicas clandestinas, en los barrios donde nadie hace preguntas. Si ella está embarazada de un Alfa, no podrá ocultarlo por mucho tiempo. Su olor se volverá irresistible para cualquier lobo cercano.
***
De vuelta en la Ciudad de Piedra...
El turno de noche finalmente terminó. Mabel me dio unos billetes arrugados y me miró con una mezcla de lástima y preocupación.
—Cristal, estás pálida como un fantasma —dijo, apoyando una mano en mi hombro—. Deberías ir al médico. Ese bebé... parece que está creciendo por horas. No es normal.
—Estoy bien, Mabel. Solo es el cansancio —mentí, tratando de sonreír.
—Toma esto —me dio un envase con guiso de carne—. Necesitas comer proteína. Estás comiendo por dos, y ese pequeño parece que tiene mucha hambre.
Le di las gracias y subí las escaleras chirriantes hacia mi pequeña habitación. Al entrar, cerré la puerta con llave y me dejé caer en la cama. El dolor en mi espalda era insoportable.
Me quité la ropa y me miré en el espejo roto. Mi piel estaba tan tensa que brillaba. Podía ver las venas marcadas en mi vientre, de un color azulado. Kayna soltó un aullido de advertencia en mi mente.
“Vienen”, gruñó ella.
—¿Quiénes, Kayna? —pregunté en voz alta, con el corazón acelerado.
“Rastreadores. Huelo el hierro y la sangre de la manada. Están en la ciudad”.
El pánico me invadió. Si los hombres de Kaelen estaban aquí, era cuestión de tiempo para que me encontraran.
Un embarazo de Alfa desprende feromonas que son imposibles de ocultar para otro lobo una vez que se entra en el segundo trimestre... y yo estaba entrando en él en tiempo récord.
—Tenemos que irnos, Kayna. Tenemos que huir de nuevo.
“No hay fuerzas, Cristal. El cachorro nos está dejando secas. Necesitamos protección”.
—No tenemos a nadie —susurré, con las lágrimas rodando por mis mejillas—. Él nos rechazó. Mi padre nos entregó. Solo estamos tú y yo.
Me obligué a comer el guiso que Mabel me había dado, aunque cada bocado se sentía como ceniza. Tenía que ser fuerte. Por Nathan, en ese momento, sin saber por qué, el nombre de Nathan apareció en mi mente, así llamaría a mi hijo.
De repente, un olor familiar inundó la habitación. No era el olor de Kaelen, pero era alguien de la manada. Alguien que conocía mi aroma desde que era una niña.
Me pegué a la puerta, conteniendo la respiración. Unos pasos pesados subían las escaleras de madera. Eran rítmicos y decididos. No eran los pasos de un humano borracho.
Toc, toc, toc.
—Sé que estás ahí, Evangeline —dijo una voz grave y profunda desde el otro lado de la madera.
Mi corazón se detuvo. Era Gideon.
—Vete de aquí, Gideon —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. No soy Evangeline. Ella murió. Aquí solo vive Cristal.
—Cristal no tiene el aroma de las rosas del convento mezclado con el poder de un Alfa —respondió Gideon con calma—. Ábreme, por favor. No he venido con Kaelen. Él no sabe que estoy aquí.
Dudé un segundo. Kayna no estaba gruñendo; estaba inquieta, pero no sentía una amenaza inmediata. Sabía que Gideon era un hombre de honor, el único que me miró con piedad cuando Kaelen me humilló.
Abrí la puerta lentamente, sosteniendo el pequeño cuchillo de cocina detrás de mi espalda.
Gideon entró en la habitación y su mirada se fijó de inmediato en mi vientre. Sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso atrás, asombrado.
—Por los dioses... —susurró—. Kaelen tenía razón. Estás...
—No te atrevas a decírselo —dije, apuntándole con el cuchillo—. Si le dices una sola palabra, Kayna te arrancará la garganta antes de que salgas de este edificio.
Gideon levantó las manos en señal de paz.
—No vine a entregarte, Evie. Vine a advertirte. Kaelen ha perdido la razón. Ha contratado a rastreadores fuera de la manada, hombres que no tienen honor. Selene ha puesto precio a tu cabeza porque sospecha la verdad. Si te encuentran ellos, no vivirás para ver el nacimiento de ese niño.
Me derrumbé en la única silla de la habitación, soltando el cuchillo. El agotamiento me venció.
—¿Por qué me ayudas, Gideon? Eres su Beta. Tu lealtad es para él.
Gideon se acercó y se arrodilló frente a mí, con una mirada llena de una tristeza infinita.
—Mi lealtad es para la Manada Iron-Blood, Evie. Y ese niño que llevas es el futuro de nuestra sangre. Kaelen cometió el error más grande de su vida al rechazarte, y yo no voy a dejar que su arrogancia destruya la vida de un inocente.
—Él no lo quiere, Gideon. Él solo quiere el poder que el niño representa.
—Él está sufriendo, aunque no lo admita —dijo Gideon—. El vínculo roto lo está matando lentamente. Pero tienes razón, ahora no es seguro para ti volver. Toma esto.
Gideon sacó un sobre grueso lleno de dinero y un pequeño frasco con un líquido oscuro.
—¿Qué es esto?
—Esencia de acónito destilada —explicó—. No le hará daño al bebé, pero ocultará tu olor de los rastreadores durante unas horas al día. Úsalo solo cuando tengas que salir. Y vete de este lugar, Cristal. Mabel es buena persona, pero su cafetería es el primer lugar donde buscarán cuando rastreen las zonas de moteles.
—¿A dónde iré? —pregunté, sintiéndome pequeña y perdida.
—Vete a la costa. El olor del mar ayuda a confundir el rastro. Busca una casa lejos de la ciudad. Yo intentaré desviar a los rastreadores hacia el oeste, pero no podré engañar a Kaelen por mucho tiempo. Su lobo está conectado al tuyo, Evie. Él te encontrará tarde o temprano.
Gideon se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró.
—Ese cachorro... —hizo una pausa—. Se siente muy fuerte. Cuídalo, Luna Sagrada. Él será el que ponga fin a esta guerra.
Gideon salió de la habitación, dejándome sola con mis miedos y mi sobre de dinero. Kayna empezó a aullar de nuevo, pero esta vez no era de miedo. Era de esperanza.
Me levanté y empecé a meter mis pocas pertenencias en una bolsa. No podía perder ni un segundo. La advertencia de Gideon era clara: el Alfa Thorne venía por mí, y Selene Vane quería mi muerte.
Me miré una última vez en el espejo. Ya no veía a la novicia asustada. Veía a una madre dispuesta a cruzar el infierno.
—Escúchame bien, Kaelen Thorne —susurré, mientras me aplicaba la esencia de acónito en el cuello—. Puedes ser el Alfa más poderoso del mundo, pero para mi hijo, no eres nada.