El regreso a la mansión fue un viaje a través del infierno. Kaelen conducía con una furia silenciosa, sus nudillos blancos apretando el volante de cuero. Yo miraba por la ventana, sintiendo todavía esa mirada invisible grabada en mi nuca. El dije de plata quemaba en mi mano. —No fue Damian, Kaelen —susurré, rompiendo el silencio sepulcral—. Ese aroma era diferente. Más dulce, más... femenino. Kaelen frenó en seco frente a la entrada principal, haciendo que los neumáticos chirriaran sobre la grava. —Lo sé —gruñó él, su voz vibrando con odio—. Conozco ese aroma. Lo habría reconocido en el fin del mundo. —¿Quién es, Kaelen? —exigí, tomándolo del brazo—. No me ocultes nada. No ahora. Él me miró, y por un segundo vi al cachorro herido que Isolda intentó destruir. —Se llama Sasha. Sasha V

