La mañana del martes amaneció gris sobre los muelles de Long Island City. Para evitar cualquier mirada indiscreta de los residentes de Brooklyn Heights o de los espías corporativos de la constructora, Sabrina citó al doctor Mendoza en una cafetería discreta y de bajo perfil en el corazón de Queens, lejos de las zonas ejecutivas de Manhattan. Sentada en una mesa al fondo del local, semioculta tras unas enormes gafas oscuras y una bufanda de cachemira, Sabrina revolvía su té con dedos nerviosos. Llevaba puesto un abrigo holgado que ocultaba la faja de silicona que ya se había vuelto parte de su rutina diaria. Minutos después, Mendoza ingresó al lugar, acomodándose el cuello del saco con evidente incomodidad. Su rostro reflejaba el cansancio de quien sabe que está cruzando una línea legal si

