— Vamos, aún tengo que ir a buscar mi coche — me dijo Edward cuando bajé las escaleras con el bolso que llevé el día anterior a casa de mis padres y más prendas de ropa, mientras que otras las dejé porque mi madre se había ofrecido en lavarlas. Y me negué a qué lo hiciera, después de todo, era día domingo y junto a Jennifer solíamos llevar nuestras prendas de ropa sucia a una lavandería cercana como cada domingo. Sin embargo, Abigail no me permitió que lo hiciera y para aquel entonces mi ropa sucia ya debía estar en el interior del lavarropas que podía escuchar que estaba encendido. — Gracias por el desayuno, Jonathan — el rubio les regaló una encantadora sonrisa y mi madre fue la primera en derretirse ante el característico encanto de mi mejor amigo porque fue quien se acercó, seguida

