Te has convertido en esa manzana acaramelada que no puedo tragar.
Estaba empapada, destrozada, a punto de poner a Ricardo Arjona en mi Spotify para hacerme sentir más miserable. Caminaba bajo la lluvia con los zapatos haciendo un sonido ridículo a cada paso, como si acompañaran mi tristeza con una burla. Me sentía tan hundida en mi propia oscuridad mental que juraba que, si mi corazón se rompía una vez más… no quedaría nada que salvar.
No podía ir a mi casa. Tampoco a la de mis otras amigas. Algunas me soltarían un “Te lo dije, él no podía ser tan perfecto”, o peor: “Debiste hacerle caso a Harry, ese nerd solo tenía ojos para ti.”
Suspiré con fuerza. No necesitaba opiniones, ni consejos, ni análisis. Necesitaba a la única persona que sabía cómo acompañar el dolor sin empeorarlo: mi hermana mayor, Chloe.
Chloe era futbolista profesional, jugadora del equipo nacional y más salvaje que cualquier delantero en la cancha. Estaba de descanso, pero ni una fractura la detendría si se trataba de ponerme en mi lugar… o de lanzarme una manta y llorar conmigo. Tardé una hora en llegar caminando hasta su apartamento, preferí empaparme antes que subirme a un taxi y enfrentar el silencio con mis pensamientos.
El dolor no venía solo de la traición, sino de todo lo que creí. Las flores, los perfumes, los mensajes dulces… Todo era mentira. Solo fui una novia de exhibición. Nada más.
Toqué la puerta con los nudillos congelados, los dientes castañeando por el frío y el alma hecha trizas. Tardó unos segundos, y entonces Chloe abrió. Al verme, su cara fue una mezcla de susto, rabia contenida y esa forma suya de no saber si abrazarte o prenderle fuego al universo.
—No preguntes. Solo déjame entrar —murmuré, con la voz hecha polvo.
Entré con la cabeza gacha, chorreando agua por todo su piso. Me fui directo a la sala sin quitarme siquiera los zapatos. La tristeza mezclada con la rabia me hacía sentir débil, y no soportaba sentirme así.
—Titi —susurró con suavidad—. Mejor ve a ducharte, que con esa cara de zombi ni el karma te quiere.
Levanté la mirada. Sabía que mis lágrimas se habían disuelto con la lluvia, y aun así se notaban. No dije nada. Solo me encerré en el baño, donde pasé más de media hora bajo el agua caliente. Tenía un nudo en la garganta que ni el vapor podía aflojar. Los sollozos me salían solos, como punzadas.
Recordaba a Mike besando a Lisa. Lisa, que se suponía era mi amiga.
Siempre había sido la tonta enamorada del amor. De esas que creen que el primer novio es el bueno, que el príncipe llega y se queda.
—¿Por qué no te diste cuenta antes, Tiana? —me dije entre lágrimas—. Siempre tenía excusas. Siempre. “Tengo que estudiar”, “me surgió algo”, “te compro flores para compensarlo”… Patético.
Me reprendía como si una voz interna quisiera despertar la dignidad que me quedaba. Después de la ducha, me puse una camiseta del equipo nacional de Chloe, que me llegaba como vestido a mi rodilla pues este ella lo pidió extra grande se su tamaño. Caminé en silencio hacia la sala.
Allí estaban Chloe y Marisol, su compañera de piso. Chloe me miró con cara de “ven, estás a salvo”. Marisol tenía otra: “dime quién fue y lo entierro donde nadie lo encuentre”.
Me acerqué a ellas, recibí un abrazo y un tarro de helado.
—¿Nos vas a contar qué pasó?
La miré, y al recordar otra vez esa imagen en mi cabeza —Mike, besándola como si fuera yo—, rompí a llorar de nuevo.
—Titi —susurró Chloe, arrimándose a mí con su cara contra la mía—. Hablar ayuda. Anda, suéltalo.
—Mike… me fue infiel —murmuré entre sollozos.
—¡Lo sabía! ¡Ese hijo de puta tenía la cara de no poder mantener el pantalón cerrado! —gritó Marisol, levantándose como si buscara algo con qué cortarle las pelotas.
Ella siempre lo había dicho. Que Mike tenía cara de idiota engreído. Y aunque me dolía admitirlo, tenía razón.
—Tranquila —intervino Chloe, con una calma desconcertante—. Él se lo pierde. Además, tiene el pene pequeño.
La miré con sorpresa. Ella me devolvió una sonrisa de esas que solo alguien sin vergüenza puede dar.
—¿Qué? Tiene pies chiquitos, Titi. Lo vi en la fiesta de Navidad. Pies chicos, manos chicas… tú haz la suma. No te perdiste de nada.
—Chloe, eres una pervertida.
—No, soy honesta. Yo me acuesto con quien quiero y sin mentiras. Él ni eso sabe hacer.
—Bueno, no pasa nada —interrumpió Marisol con los brazos cruzados—. Solo sigue tu vida y, si lo ves por la calle… ignóralo. O escúpelo. Dependiendo del humor.
Suspiré, mirando mi helado de vainilla. —Eso es imposible… Vamos a seguir viéndonos por la boda de Sonia.
Ambas se congelaron.
—¿Qué boda? —preguntó Chloe, frunciendo el ceño como si estuviera evaluando la gravedad de una lesión.
—La de Sonia, mi mejor amiga. ¿Recuerdan que somos los padrinos? Mike y yo éramos… la pareja ideal. Se suponía que él y yo nos casaríamos algún día.
Las lágrimas volvieron. Algunas cayeron en el helado, y me dio igual.
—Ay, pequeña Titi —murmuró Chloe, acariciándome el cabello—. ¿Y si renuncias?
—No puedo. Sonia no tiene tantas amigas.
Se miraron entre ellas y luego me miraron a mí, como si se hubieran comunicado por telepatía.
—Yo digo que te vengues —declaró Marisol con una calma siniestra—. Podemos rayarle el auto, llenarle el departamento de brillantina o meter un zorrillo en su habitación. Si no, siempre tengo Pinterest.
—¿Puedes dejar de convertir a mi hermana menor en delincuente? —la regañó Chloe, dándole un codazo—. Tus planes la mandan directo a la cárcel.
—Arruinas todo lo divertido —gruñó Marisol, dejándose caer en el sofá—. Una pequeña venganza no le hace daño a nadie… bueno, excepto a él. Pero él se lo buscó.
—Aunque… —Chloe ladeó la cabeza, con esa sonrisa macabra suya—. Si quieres, podemos alquilar una cartelera gigante que diga: “Infiel egoísta con micropene.” Acompañada de una foto poco favorecedora, por supuesto.
Solté una risa ahogada entre lágrimas y cucharadas de helado. Chloe siempre había sido así: indomable, libre, inmune al drama. Mis padres nunca supieron cómo manejarla. Pero ahí estaba, en el momento exacto.
—No quiero gastar ni un centavo más en ese idiota —dije, hundiéndome aún más en el sofá.
Chloe me abrazó fuerte. —Titi, estamos contigo. Para lo que necesites. Venganza, terapia o golpearlo. Lo que venga primero.
—O llamamos a Oliver —dijo Marisol, sonriendo con tono siniestro—. Ya sabes, ser militar tiene sus… ventajas. Y permiso para portar armas. Solo digo.
Los siguientes días fueron un verdadero infierno. Mike no dejaba de llamarme, al punto que tuve que bloquearlo. Intentaba hablarme en la universidad, cosa que evitaba gracias a mis hermanos y amigos. Pero lo peor… lo peor era que iba al restaurante de mi padre con la excusa de “llevarme flores”. Me había refugiado en la casa de Chloe, porque sabía que era el único lugar al que él no se atrevería a ir. ¿Por qué? Porque una vez que Chloe se enojó con él, su teléfono de mil trescientos dólares terminó accidentalmente en el inodoro. Desde entonces, la respetaba. Él la llamaba “la hermana loca de la que hay que cuidarse”, y con razón.
Llegó el jueves, y no había manera de esquivarlo. Teníamos que ayudar a Sonia a escoger las flores para la boda. Me mantenía cerca de ella, hablando de lo más relajada mientras que Mike buscaba cualquier excusa para acercarse. En cuanto Sonia fue al baño, él aprovechó.
—Amor, ¿podemos hablar?
—No tengo nada que hablar contigo, Mike —respondí sin mirarlo, enfocándome en las flores. El dolor en mi pecho volvía a hacerse presente, tan palpable como antes.
—Créeme, por favor. Lo de Lisa no significó nada. Solo fue sexo. Yo soy tu novio.
—Exnovio —corregí con frialdad.
—Voy a ser tu novio. Somos tú y yo para toda la vida, ¿lo recuerdas?
—Pues qué lástima por ti, porque yo seguí adelante. Y estoy muy feliz.
No sé qué pasó, mi cerebro se apagó y mi boca empezó a decir cualquier cosa.
—¿Seguiste? —preguntó, con una sonrisa de incredulidad—. No, eso es imposible. Nadie en la universidad se te acercaría.
—Pues, aunque no lo creas, sí seguí. Tengo a alguien muchísimo mejor que tú. Más atractivo. Más hombre. —Hacía pausa en mis palabras como si quisiera apuñalarlo con cada palabra… funcionó.
—Mientes. —Entrecerró los ojos.
—Claro que no.
—Cielo, no hace falta que inventes un novio solo para darme celos.
—Aunque te duela, es cierto. Tengo un novio.
Casi me muerdo la lengua al decirlo.
—¿Novio? ¡Si terminamos hace cuatro días!
—Tiempo de sobra. ¿Creías que iba a llorarte toda la vida? Pues no. Tengo novio.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondí, mirándolo con desafío.
—No te creo.
—Tampoco necesito que lo hagas.
—Solo lo haces para llamar mi atención.
—Pues no —repliqué, helada.
—Entonces, si es así, tráelo mañana a escoger la sala para Sonia.
Me congelé.
—Oh… no tienes novio, ¿verdad? Solo admítelo. No puedes vivir sin mí.
—Por favor, Mike —le espeté, apartándome—. Tengo novio. Y cuando lo veas, te vas a cagar del susto.
Salí de ahí rápidamente, mandándole un mensaje a Sonia diciendo que tenía que irme. Apenas puse un pie fuera, grité internamente:
¡De dónde se supone que voy a sacar un novio en menos de treinta horas!
Llamé a Chloe en pánico. Le pedí que me prestara uno de sus amigos, solo para fingir por un día. Aceptó sin dudarlo y me recomendó a un chico que, según ella, era tranquilo, simpático y perfecto para actuar. Me citó en un restaurante un poco elegante donde él había hecho una reservación esa misma noche.
¿Cómo era?
Amable. Gracioso. Tierno. Y un poco raro, para ser honesta. Se notaba a kilómetros que sería el típico personaje que aparece en una serie del FBI, con ese aire de tipo cool pero ligeramente sospechoso. Mientras él hablaba animadamente, yo solo podía pensar en una cosa: pánico.
«¿En serio vas a hacer esto, Tiana?»
Le sonreí con nerviosismo mientras pensaba.
«Parece un loco.»
«Pero si aparezco sola, Mike se va a burlar de mí… ¡Antes muerta!»
Intentaba no salir corriendo. Justo en ese momento, lo sentí. Ese olor característico a madera que conocía de toda la vida. Mi cuerpo entero se estremeció y un escalofrío me recorrió la espalda.
—Quítate.
Una voz imponente. No fue una petición, fue una orden. Levanté la mirada…
Ojos azules, fríos como el hielo, con ese brillo feroz que me paralizaba. Una barbilla marcada, labios carnosos, el torso firme y un aura de oscuridad y autoridad que conocía demasiado bien.
Era como si todo el aire de la sala se hubiera concentrado en él. Cada vez que lo veía, me sentía como una niña atrapada en medio de un incendio: asustada, desarmada, sin control. No porque fuera cruel, aunque a veces podía serlo, sino porque era imposible ignorarlo. Maximiliano no entraba a una habitación, la reclamaba. Siempre lo hizo. Desde pequeños, su presencia me empujaba a ser valiente… o a huir.
Mi estómago se cerró como una trampa. Él traía consigo un silencio denso, como si el mundo tuviera que hacer pausa para dejarlo hablar. Nadie lo enseñó a dominar el lugar, nació sabiendo. Y yo… yo nunca supe cómo protegerme de él.
—Disculpa, amigo, estoy en una cita —respondió el chico frente a mí, algo incómodo.
—¿No entiendes? Te dije que te quitaras.
Maximiliano. Mi amigo de la infancia. Él nunca pedía. Ordenaba. Punto.
El chico… Paulo era su nombre, ¿no?, intentó resistirse, pero Max ladeó la cabeza, con una sonrisa apenas visible. Tenía un aura que decía: di algo mal y te entierro vivo.
—Escucha… Paulo. Eres lindo y todo —comencé a hablar—, pero creo que esto no va a funcionar. —Me tragué la vergüenza.
Él se levantó, molesto. —Tú te lo pierdes.
Max tomó una silla distinta, como si la anterior estuviera contaminada. Me escaneó con la mirada.
—¿Y ese tipo?
—Era… una cita.
—¿Y tu novio?
Esa palabra me dio una punzada en el estómago. Intenté no llorar.
—¿Tú qué haces aquí? —Intentaba desviar la conversación.
—Estaba en una reunión con mi padre y unos dirigentes —señaló con la cabeza hacia una mesa lejana, donde estaba mi padrino Vladimir, saludándome con una mano.
Max volvió a fijar la mirada en mí.
—Ahora contéstame. ¿Y tu novio?