Sacudo la cabeza, tratando de recomponerme. Camino hasta la habitación de Samuel; necesito verlo, necesito pensar en otra cosa. Golpeteo con mis nudillos suavemente la puerta, esperando escuchar su risa o que me lance uno de sus muñecos como siempre, pero no ocurre nada. La abro lentamente, dándole tiempo de reaccionar, pero nada. Mis pupilas lo encuentran en el suelo, sentado, abrazando sus rodillas. La escena me estruja el corazón. Dejo salir un resoplido cargado de ternura y dolor. ―¿Sam? ―pregunto con suavidad, temiendo la respuesta. ―Vete ―murmura, y esa única palabra, tan pequeña, me parte en mil pedazos. ―Quiero saber que estás bien. ―Mi voz sale suave, intentando no sonar invasiva, mientras me acerco con cautela―. Galileo me dijo que volvieron a colocar todo en su lugar. Las s

