POV Matteo
Instantes antes…
Miro la fotografía de mi hermana. Está enmarcada sobre la barra, sonriendo como siempre lo hacía, con esa luz en los ojos que podía iluminar cualquier habitación. Mis dedos rozan el borde del marco antes de llevarme el vaso a los labios. El bourbon quema en mi garganta como un recuerdo que no quiero tragar, pero tampoco puedo soltar. Respiro hondo, intentando contener el nudo que se me forma en la garganta, pero es inútil… no he dejado de llorar desde que recibí la noticia. No he dejado de sentirme destrozado.
Qué jodida mala suerte la mía. Primero, el amor de mi vida me rompe el corazón de la forma más cruel. Después, pierdo a mi madre por una maldita enfermedad que la consumió día a día frente a mis ojos. Y ahora… ahora pierdo a mi hermana. A Madison. A ella… y a mi cuñado, en un accidente que me arrebató también cualquier sentido de equilibrio que me quedara. Dejando a mi pequeño sobrino completamente solo en este mundo.
Me termino el trago de un sorbo, como si fuera un brindis silencioso en su nombre. A ella le gustaba el bourbon, y siento que es una forma de honrarla.
―¿Otro? ―pregunta el bartender, con un tono medido, como si supiera que estoy al límite.
―No, gracias ―niego, dejando el vaso sobre la barra―. Ha sido suficiente. No quiero estar ebrio en el funeral de mi hermana y su esposo.
Me alejo, caminando hacia el interior de la mansión. El murmullo de las conversaciones, los pasos sobre el suelo de mármol y el aroma de flores frescas me rodean, pero todo me parece distante, como si estuviera viendo la escena desde fuera. Cada persona que cruzo me mira con pesar, me da el pésame, me toca el hombro o me ofrece unas palabras huecas que no alivian nada. Yo solo quiero irme. Salir de aquí. Respirar.
Sé que, mientras tanto, las plataformas digitales deben de estar inundadas con la noticia. Y también con algo más: mi fracaso en la Fórmula 1 en estas dos últimas temporadas. No he hecho ni un maldito punto. He destruido el monoplaza más de dos veces y, para colmo, una de esas fue en plena clasificación… ni siquiera en carrera. Es cuestión de tiempo para que decidan reemplazarme. Le están pagando millones a alguien que, a ojos del mundo, ya no sirve, que es el más adulto dentro del deporte y que sigue compitiendo. Un desperdicio. Un piloto que prometía en la F2, pero que se apagó al llegar a lo más alto.
Cierro los ojos y me froto las sienes, frustrado conmigo mismo. ¿Por qué demonios estoy pensando en eso ahora? Acabo de perder a mi hermana. No hay nada más importante que eso.
―Matteo ―la voz grave de mi padre me arrastra de mis pensamientos. Apoya una mano firme en mi espalda―. Los abogados están por leer los testamentos. Vamos, todos están reunidos.
Asiento en silencio y camino junto a él. Mi padre intenta aparentar fuerza, pero lo conozco demasiado bien: también está destrozado por dentro.
Cruzamos las puertas dobles del despacho. La sala está cargada de tensión, de un silencio espeso que se rompe solo con las respiraciones y el roce de las sillas. Allí están los hermanos de mi cuñado, sus padres, y también mis tías, las hermanas de mi padre. Sé que muchos no están aquí solo por respeto; Madison había heredado gran parte de la fortuna de mi abuelo, y ahora esa herencia se ha multiplicado con la fortuna de los Braxton. Hay más de un par de miradas codiciosas en esta habitación. Carroñeros disfrazados de dolientes.
―¿Comenzamos? ―pregunta uno de los Braxton, con una impaciencia que me provoca un asco inmediato.
Los abogados nos invitan a sentarnos. Yo prefiero quedarme de pie, con los brazos cruzados, como si eso pudiera protegerme de lo que viene.
Uno de ellos aclara la garganta antes de hablar.
―La casa de la colina queda dentro de la familia Braxton, esto a petición de Vicenzo Braxton. Los bienes a su nombre también. Así como el veinte por ciento de su fortuna.
Un murmullo recorre la sala, y yo lo siento como un zumbido molesto.
―¿Solo el veinte por ciento? ―espeta uno de los hermanos de Vicenzo, inclinándose hacia adelante como si fuera una ofensa personal.
―¿Y el resto? ―agrega otro, casi escupiendo las palabras.
―¿Podemos terminar de escuchar las peticiones? ―interviene mi padre, con un tono tan cortante que podría partir el aire―. Prosiga, por favor.
El abogado asiente y continúa.
―El resto fue dejado a su primogénito, Samuel Braxton Montero.
―¡Es un niño! ―exclama otro de los presentes, al borde de perder el control.
―Como decía ―retoma el abogado, ignorando el berrinche―, Madison Montero indicó específicamente que su casa principal deberá ser entregada a la beneficencia. Indicó que se destine como refugio para mujeres que luchan contra el cáncer, igual que su difunta madre.
Mis manos se tensan, y me obligo a inspirar hondo. Eso era Madison. Siempre pensando en ayudar, incluso en su partida.
―La fortuna a base de la herencia Montero será entregada en su totalidad a Samuel Braxton Montero ―añade, y los quejidos aumentan, mezclándose con comentarios indignados.
No los escucho. Solo puedo pensar en que mi sobrino ha perdido a sus padres…
―Quien se quede con la custodia de Samuel Braxton será quien pueda obtener el cincuenta por ciento de su fortuna. Lo demás quedará en un fideicomiso, el cual podrá cobrar el heredero cuando cumpla la mayoría de edad ―declara el abogado, con ese tono neutro que usan para hablar de números y papeles, como si no estuviera mencionando la vida de un niño.
El silencio dura apenas un par de segundos antes de que estalle la primera voz.
―¡Pido la custodia del pequeño! ―exclama uno de los Braxton, casi con orgullo―. Él debe crecer con una familia completa.
―No, nosotras podemos cuidarlo, ese niño nos adora ―interviene una de mis tías, con esa falsa dulzura que no me engaña.
Siento la sangre hervirme. El murmullo de voces se convierte en un coro molesto, frío, cargado de intereses disfrazados de afecto.
―¡Cállense todos! ―exploto, mi voz resonando con rabia contenida―. ¡Se habla de un niño, no de un jodido mueble!
Mi pecho sube y baja con violencia. Siento el calor subirme al rostro, la tensión clavándose en mis músculos.
―¿Acaso tú quieres la custodia? ―me lanza, con veneno en la voz, la esposa de uno de los hermanos Braxton―. Vives una vida de riesgos, te la pasas rodeado de mujeres, en fiestas… y por lo que escuché, eres una decepción.
Aprieto la mandíbula, los dientes chocando con fuerza. Mis puños se cierran hasta que los nudillos se me ponen blancos.
―¿Saben qué? ―Mi voz sale áspera, cargada de furia―. Jódanse. Yo me voy.
Me giro, dispuesto a largarme, cuando la voz del abogado me detiene.
―Espera, Matteo Montero. Aquí especifica que la custodia te la han dejado a ti, con algunas condiciones que debes cumplir para poder quedártela.
Mis ojos se abren de golpe, incrédulo.
―¿Qué? ―escapa de mis labios, seco, desconcertado.
―¡¿Qué?! ―replican al unísono varias voces a mi alrededor.
―Seguro se ha equivocado, mi hermana no… ―comienzo a decir, pero el abogado me corta.
―Ella fue quien más insistió en este punto. Y el señor Braxton estuvo de acuerdo ―afirma con seguridad.
Un murmullo de desaprobación recorre la sala.
―Es fácil ―propone uno de los presentes, con un tono cínico―: no cumplas con las condiciones y el niño será dado a nuestra familia. Sabes lo complicado que es ese niño, no tienes tiempo para cuidarlo, debes concentrarte en tus carreritas de autos…
Su burla me atraviesa como un disparo, pero esta vez…
―¡Tienes razón! ―suelto, para sorpresa de todos, incluso mía―. ¡Jamás podría cuidar a ese niño! ¡¿Saben qué?! No quiero la custodia… por su bien.
Mi voz se quiebra en la última palabra. Giro el rostro, sintiendo que los ojos me arden. Y entonces lo veo. Samuel.
Asomado en la puerta, con su pequeño traje n***o, las manos apretadas a los costados. Sus ojos, tan parecidos a los de Madison, están llenos de lágrimas… pero lo que más me golpea es que no son lágrimas de tristeza. Son de furia. Furia hacia mí.
―No… ―susurro, sintiendo un peso enorme aplastarme el pecho―. ¡Samuel! ―grito en cuanto lo veo dar media vuelta y salir corriendo, despavorido, como si huyera de un monstruo.
Mierda.
Me lanzo tras él, empujando sillas, esquivando personas que me miran con confusión y lástima. Mi corazón late tan fuerte que siento que va a romperme las costillas. Madison me confió lo más valioso que tenía… y lo primero que hice fue despreciarlo.
**
Los minutos pasan… y nada. Samuel no aparece por ningún lado. La mansión entera se ha convertido en un caos contenido: murmullos nerviosos, gente yendo y viniendo, algunos revisando pasillos, otros el jardín. Siento un peso frío asentarse en mi pecho, y un miedo que me aprieta el estómago como un puño. ¿Y si le pasó algo? ¿Y si…?
Me apoyo en una pared, sosteniendo mi cabeza con una mano. Respiro hondo, pero el aire me quema al entrar. Entonces, mi vista se posa en un arreglo de flores que un hombre acaba de dejar sobre una mesa cercana. Es grande, hermoso… y ahí, en la tarjeta, un nombre escrito con tinta prolija: Esme.
Mi corazón se detiene un segundo, para luego golpearme con más fuerza. ¿Son de… Esmeralda?
La simple idea me sacude. Un dolor agudo me atraviesa, mezclando rabia, nostalgia y esa maldita ternura que me niego a sentir. Imaginarla escogiendo esas flores, sabiendo que serían para Madison… me revuelve por dentro.
―Dicen que se metió a una de las furgonetas del catering o de la floristería ―comenta un mesero, apurado, mientras pasa buscando.
―¿Buscan a un niño? ―pregunta el mismo hombre que trajo las flores.
―Sí. ¿Lo ha visto? ―responde rápido el mesero.
―Se metió a mi furgoneta sin darme cuenta, y se quedó en la floristería donde trabajo ―explica―. Pensé que estaba con la chica bonita… parecía conocerlo.
Mi entrecejo se frunce. ¿La chica bonita? No pierdo más tiempo. Siento cómo una chispa de sospecha me recorre el cuerpo, y sin siquiera dar explicaciones, echo a correr hacia mi auto.
En mi cabeza solo hay una súplica: Por favor, que esté ahí. Que no se haya movido. Que no…
Me lanzo dentro de mi deportivo y giro la llave. El motor ruge, llenando el aire con ese sonido grave y poderoso que normalmente me hace sentir vivo… pero ahora, solo me urge a ir más rápido.
Acelero por las calles, con el pulso marcando un ritmo desbocado. Cada semáforo parece durar una eternidad. Cada segundo que pasa, siento que el nudo en mi pecho se hace más grande.
Finalmente, aparco frente a la floristería. La puerta apenas ha terminado de abrirse cuando ya estoy fuera, lanzándola de golpe. Mis pasos se cortan en seco.
Ella está ahí.
Caminando junto a Samuel, ambos con un cono de helado en la mano, como si el mundo no se hubiera detenido para todos los demás.
La observo y… joder, se ve distinta. Más curvas dibujando su silueta, su cabello más corto que antes, enmarcando un rostro que sigue siendo perfecto. Pero lo que no ha cambiado es ese efecto devastador que tiene sobre mí. Sigue siendo la mujer más preciosa que he visto en mi vida.
En el instante en que nuestros ojos se encuentran, siento que algo me atraviesa. Sus ojos cafés, amplios, se fijan en mí como si estuviera viendo un fantasma.
Yo, en cambio… siento que mi corazón, que había jurado olvidar, está golpeando con fuerza, como si quisiera escaparse de mi pecho para ir directo hacia ella.