La noche cayó con más rapidez de la habitual, o así se sintió, pues de un momento a otro el pastel había sido repartido, la mesa, pese a que no habían muchos invitados en la boda y a todos parecía caerles mal, estaba a rebasar, una caja más y aquello se desmoronaría como la torre de Babel. La hora mágica ya había acabado, Polaris brillaba más fuerte que otras noches y la luna se encontraba en su máximo apogeo, inclusive podía distinguirse un color rojizo en ella. Los faroles ya habían comenzado a brillar, iluminando aún más aquella noche estrellada, y para volver aquello aún más perfecto, el viento de las olas era calmo, jugaba con mi cabello y originaba que la cola de mi vestido se elevara un poco, bailando con él. Mis padres bailaban en el centro de la pista, mis primos hacían su relaj

