–Oye suegrito.
– ¿Dime?
–Fuera de juegos; ¿cómo te sientes?
–Viejo. Pero todavía me queda, ¿por qué lo preguntas?
–Antes de responderte, aclárame otra duda.
– ¿Dime?
– ¿Cómo andan tus finanzas?
–Gracias a ti, buenísimas.
– ¿Y el ganado?
–Gordo y erótico; multiplicándose como liebres.
– ¿O sea, que te he servido bien?
–Hijo mío: Carne de mi carne, hueso de mi hueso. Si tuviera otra Raquel…
–No quiero otra Raquel, quiero mi propio negocio. Ya tengo Doce mandíbulas masticando en la tienda, y nada qué dejarles cuando muera. Te he servido con diligencia; ahora déjame recoger mis cuaimas y mis chamacos para irme a sembrar lo mío.
–Quieto potranco… no corras así; te vas a desjarretar. Aún te falta para alcanzar la madurez; nunca te precipites, los cálculos y el control de daños deben hacerse, pero no asumirse antes que los hechos se presenten. Yo sé que no estás asumiendo nada, pero si me preguntaste por mis pareceres, ¿no quieres saber mi opinión de todo esto?
–Tienes razón, continúa.
–Mira Jacobo: Dios está contigo y acampa junto a ti, eso lo he podido comprobar desde que llegaste. Y eres tan toñeco para él que me beneficia para darte a ti. Yo no quiero que te vayas. ¿Te he tratado mal, acaso?
–Pues bueno…
–Olvida lo de Raquel, intentaba enseñarte muchacho. ¿Aprendiste algo?
–Pues bueno…
– ¡Claro que sí! Ahora nadie te joroba. Me caes la mar de bien chiquillo. Y te estoy eternamente agradecido, a Dios doy gracias por ti en cada amanecer. Bendigo tu vida y tu descendencia. No hay nadie, ni mis hijas, más importante para mí, que tú. ¡Señálame tu salario! Y yo lo daré.
Labán cometía un error; minimizaba lo que el poder de Dios podía significar en la vida de Jacob, y éste tampoco era el mismo muchacho al que se le podía endulzar y luego jorobar. No sólo había hecho los cálculos y el control de daños, sino que sobre la base de esos cálculos formuló una estrategia: si fingía desesperación, el viejo subestimaría su inteligencia y bajaría la guardia, entonces allí estaría en ventaja para negociar.
–Nunca me han gustado los salarios –dijo después de una pausa. Con ellos el siervo perpetúa su miseria, porque no termina de ganarse el segundo cuando ya ha consumido el primero. Te propongo que me pagues en ganado. Así no se verán afectadas tus finanzas y podrás darme de lo que te sobre, y no contará esto como un gasto, sino como una partición.
– ¿Me estás proponiendo una asociación? Tú sabes que trabajo solo…
–Para nada Labán, no serás mi socio, incluso seguiré siendo tu siervo, si haces por mí lo que te pido, desde hoy mismo volveré a apacentar tus ovejas.
–Ujum –Dudó Labán. Continúa.
–Yo pasaré hoy por todo tu rebaño, poniendo aparte todas las ovejas manchadas y salpicadas de color, y todas las ovejas de color oscuro, y las manchadas y salpicadas de color entre las cabras; y esto será mi salario.
Así responderá por mí mi honradez mañana, cuando vengas a reconocer mi salario; toda la que no fuere pintada ni manchada en las cabras, y de color oscuro entre mis ovejas, se me ha de tener como hurto.
En el rebaño no nacen muchos animales manchados o salpicados de color, no valen mucho y tengo pocos –pensó Labán. Pero la mezquindad del anciano le llevó a idear una treta para que el ganado de Jacob no se multiplicase más que el suyo.
–Me parece bien –le dijo su suegro. Pero seré yo quien aparte las cabras y las ovejas que te serán contadas por salario hasta el día de hoy. Me llevaré también todos los machos pintados entre ellas, y las pondremos a tres días de camino, al cuidado de mis hijos. Tú te quedarás solo con mis cabras y ovejas. Cuando llegue el día de contar de nuevo tu salario, todo el ganado oscuro, listado y manchado será tuyo.
– Trato hecho –dijo Jacob.
Labán no podía creer que Jacob aceptara un trato tan innoble. Pero el suplantador tenía una ventaja: La Fe. Creía sinceramente que Dios le acompañaba y había visto la forma en que sirvió con todas sus fuerzas, mientras Labán le cambiaba hasta diez veces el salario. Algo le vendría de arriba para equilibrar esta injusticia.
Tomó luego Jacob varas verdes de álamo, de avellano y de castaño, y descortezó en ellas mondaduras blancas, descubriendo así lo blanco de las varas.
Y puso varas que había mondado delante del ganado, en los canales de los abrevaderos de agua donde venían a beber las ovejas, las cuales procreaban cuando venían a beber.
Así concebían las ovejas delante de las varas; y parían borregos listados, pintados y salpicados de diversos colores.
Y sucedía que cuantas veces se hallaban en celo las ovejas más fuertes, Jacob ponía las varas en los abrevaderos, para que concibiesen a la vista de las varas.
Pero cuando venían las ovejas más débiles, no las ponía; así eran las más débiles para Labán, y las más fuertes para Jacob.
Ni él mismo sabía lo que estaba haciendo, sólo vio y escuchó lo que desde arriba le mostraron y dijeron. Cuando Labán apartaba los machos cabríos listados, manchados y oscuros, sucedía que Dios confundía la vista de todos, y numerosos machos pintados y manchados y listados fueron vistos como puros y blancos. Así que cuando puso 3 días de camino entre su rebaño y el de Jacob, se quedaron los padrotes moteados cubriendo las hembras del rebaño de Labán.
Y se enriqueció el varón muchísimo, y tuvo muchas ovejas, y siervas y siervos y asnos.
–Entonces, Dios… ¿Mis varas nada tienen que ver? –Preguntó en un sueño Jacob.
–Yo soy el Dios de Bet–el, y he visto todo lo que Labán te ha hecho. Tú y yo hicimos un pacto, y no te abandonaré. Ahora recoge tus mujeres e hijos, tus siervos y el ganado que Yo te di. Y vuélvete a la tierra de tu nacimiento –respondió el Altísimo.
Y deja de estar jugando con palitos –agregó.