–Oye padre –Dijo su hijo a Labán.
– ¿Dime?
–Jacob te volvió a jorobar.
– ¿Y ahora cuál es la bulla, pandereta? –respondió con hastío.
–No padre, el tipo se fue.
– ¿Cómo es eso?
–Dejó el pelero… se pintó de colores… te vio cara de cabra… no dejó ni una mancha… se perdió en lo oscuro… se enlistó en…
–Ya está bueno de jueguitos. Reúne a la familia y prepárense. Voy por lo mío.
Jacob llevaba siete días de marcha, pero Labán no llevaba carga, mujeres o niños, solo hijos mayores y otros guerreros.
La boca del viejo espumeaba de rabia pues creía que su yerno le había robado los ídolos que tenía guardados en su tienda; esas figuras simbolizaban la cultura de su pueblo. Suponía que su nuero los había hurtado para dejarlo sin sus dioses y temiera al Dios de Jacob. Pero se equivocaba, él era un viejo mañoso y tenía otras deidades de repuesto. Con estas reflexiones entró Labán al monte de Galaad, y acampó allí para pasar la noche. El cansancio le dominaba, hacía mucho tiempo que su vieja osamenta no perseguía a un ladrón. Hizo fijar las estacas de su tienda y se dispuso a dormir. Entonces vino Dios a su sueño y le dijo:
–Guárdate que no hables a Jacob descomedidamente.
–Pero Señor –respondió el anciano– mire usted; el muchacho se llevó todo lo que yo tenía. Ahora… Si usted me va compensar lo que me robó, yo regreso por donde vine.
Mientras decía esto, el rostro de Labán comenzó a envejecer y degradarse. Las bolsas de los ojos, ya pronunciadas, se convirtieron en colgajos de una carne despigmentada, y su cabello cano, se caía como las hojas de los cedros en tiempo de sequía. El anciano vislumbró su iniquidad, guardó silencio e imploró perdón.
El viento silbaba en las cuerdas de la tienda. La madrugada ya mostraba el párpado del horizonte. Jacob divisó que desde la distancia se arremolinaba una espesa nube de polvo y supo que Labán le había alcanzado. No quiso despertar a su familia, sería mejor que no presenciaran lo que habría de pasar, si la voluntad de Dios estaba con él, todo aquello no era más que otra prueba.
– ¿Qué has hecho, que me engañaste –reclamó Labán–, y has traído a mis hijas como prisioneras de guerra?
¿Por qué te escondiste para huir, y me engañaste, y no me lo hiciste saber para que yo te despidiera con alegría y con cantares, con tamborín y arpa?
Pues ni aún me dejaste besar a mis hijos y mis hijas. Ahora locamente has hecho.
–Pues bueno… mira qué sorpresa; yo pensé que me ibas a reclamar otra cosa… si quieres les despierto para que les beses y abraces como tu amor incondicional lo exige.
–No te burles de mí Jacob, mira que tengo el poder para quebrarte el cogote, salvado estás porque el Dios de tu padre me visitó anoche y casi muero al responderle. Cómo es posible que ni una grosería puedo decirte, si eres un…
Y una gota de sangre comenzó a bajar por el bigote de Labán. Así comprobó Jacob que el Dios de Noé, que hizo una promesa a su abuelo, y el abuelo la confió a su padre, y su madre la robó de su padre para dársela a él, y él mismo la había escuchado en Bet–el, era una promesa irrompible.
–Está bien –dijo Labán controlándose–, si ya te ibas para que tu mami, y te llevabas todos los juguetes; ¿por qué te llevaste mis dioses? No entiendo cómo Dios te premia por eso.
Lo que desconocían ambos varones, era que los ídolos fueron sustraídos por Raquel, y ésta se encontraba asomada en la tienda escuchando la discusión.
–Nunca te robé nada, me fui a escondidas porque pensé que me quitarías a tus hijas. Revisa todo lo que tengo y si encuentras algo tuyo, llévatelo, y muera la persona en cuyo poder encuentres a tus dioses.
Raquel se guardó de la vista de su padre y tomó los ídolos que había robado, los puso en la albarda de un camello y se sentó encima. Labán entró furioso a la tienda, revisaba en todo rincón, deteniéndose a ojear algunos objetos valiosos.
–Tú, ¿qué haces sentada allí? –Le dijo a Raquel–, levántate.
–No puedo papá, tengo la costumbre de las mujeres.
–Malas costumbres, querrás decir. ¿Dónde están mis dioses?
–Ay papá, usted y yo sabemos que no le interesan esos muñequitos; si Dios no le permite quitarnos el ganado, deje el orgullo y bendíganos.
El viejo tomó aire y dejó caer los brazos saliendo de la tienda. Jacob lo esperaba con gesto de enojo.
–Ya que me llamas ladrón, muéstrame las cosas robadas que has conseguido. ¿Por qué me persigues como cortabolsas en la noche, y me amenazas? ¿No trabajé yo catorce años por tus hijas? ¿Y otros seis años por mi ganado? ¿Qué te he quitado yo sino lo que tú mismo me diste? Nunca te mostré los restos del ganado devorado por las fieras, lo pagaba yo. Me cobraste todo el ganado que me robaban, de día y de noche, y así perdía yo horas de sueño. En calor y frío trabajé hasta por diez salarios distintos. Todos estos rebaños son pintados, manchados, oscuros y listados; no hay ganado puro entre ellos. Si Dios escuchó mi clamor y decidió enriquecerme y empobrecerte, debe ser por la cantidad de veces que me engañaste. El que está en deuda aquí eres tú.
–Bueno, algún día tenía que perder una… –dijo Labán. Juremos que ni uno, ni otro, pasará de estas fronteras en plan de ataque.
Y para delimitar el pacto usó Jacob una piedra, y llamó aquel sitio Galaad, porque allí se hizo un juramento mientras comían sobre el majano.