–Despierta Jacob –dijeron Raquel y Lea preocupadas– allá afuera te busca un hombre muy extraño, vestido de León.
El suplantador saltó del lecho, tomó sus aparejos y salió de la tienda. En la intemperie, rodeado por los siervos de Jacob, un enorme varón vestido de León le esperaba, los dientes del felino cubrían el rostro de aquel hombre fiero.
Jacob recordó la escena cuando robó la bendición que tenía su padre para Esaú, el semblante de éste cuando llegó investido con la piel de León aún fresca sobre sus hombros. Su hermano era la personificación del animal que llevaba encima. Un guerrero orgulloso y valiente, creado para atemorizar al enemigo.
–Hola hermano, han pasado muchos años –dijo con voz quebrada Jacob.
–Tú no eres mi hermano –respondió el hombre león.
En aquel momento Jacob sospechó que había llegado su hora, que de una u otra forma todo acabaría esa noche. Advirtió el temor en el rostro de sus esposas, y la angustia en sus hijos.
–Permite que pasen el arroyo –cabildeó. Tú y yo nos quedaremos para arreglar nuestros asuntos.
–Todos pasarán, excepto tú.
Con lágrimas de despedida pasaron sus familiares delante de él. También permitió el hombre león que llevaran sus pertenencias. La orilla del arroyo se encontraba en una planicie y ningún árbol impedía la vista del cielo en todas las direcciones. La luna era una antorcha gigante que velaba el brillo de las estrellas, y les arropó la sombra de una nube que pasaba.
Cuando estuvieron solos el hombre león echó hacia atrás su máscara y pudo verle Jacob.
Era un varón de alta estatura y gran fortaleza. Con rostro sombrío y gesto amenazante. Pero no era Esaú. Veinte años pueden cambiar el rostro de un hombre, pero este rostro lo había visto durante toda su vida en cada reflejo, era él.
–Con que mi enemigo soy yo… –sentenció.
–No soy tu enemigo sino tu suplantador –dijo el hombre–. No pasarás de aquí, ni te elevarás de este punto. Porque no te has desprendido de todos tus lastres. No entrarás a la tierra que Dios te prometió de esta manera.
–Entraré –advirtió Jacob.
–No pasarás –amenazó.
Cada uno apretaba su cayado, pero los talantes eran completamente distintos; Jacob no disponía de una complexión física para enfrentar a un guerrero con aquella casta, más ninguno hacía movimientos en falso, como si supieran lo que el otro pretendía antes de mover un dedo. Entraron al agua dando lentos pasos al tiempo que se estudiaban mutuamente. Una vez que el río llegó a sus lomos, Jacob señaló con el cayado al hombre león.
– ¿Por qué tú, y no yo?: Si yo soy el hombre que ha superado las limitaciones que el mundo le puso para que no viera ni oyera a Jehová. Conmigo pactó Dios, siendo yo imperfecto, y me bendijo sin merecerlo. Fue a mí a quien mostró poco a poco, año a año, su armonía. No me amó por tu elevada estirpe, no me recompensó por tu pureza, ni por ti me dio dos esposas, que convertí en Sabiduría e Inteligencia.
Y respondió el varón:
–Todo lo que fuiste y lo que eres, en mí debe concluir. A ningún lado te llevan tus esposas, sin embargo, las arrastras como pesado lastre. Observa a Lea: Ella es tu mujer porque nunca quisiste dejar de ser tú; permaneciste con ella para adaptarte al mundo, y siervo fuiste del mundo esperando a su hermana. Sabías que Raquel era perfecta, la gloria, la belleza y la promesa de la felicidad. Y en tu limitada forma de ver, y de oír, claudicaste hasta convertirte en un esclavo de tu deseo. Cuando por fin la conseguiste, por la vía equivocada, en esa misma medida la mutilaste. No te da Dios la perfecta forma de la flor para que la cortes, sino para mostrarte un ejemplo de perfección.
Un viento solano levantó el polvo de ambas orillas dejando a los varones encerrados en el río. Jacob, inmóvil, sostenía su cayado y ordenaba sus ideas para contraatacar.
–Aire tienes de Dios, y tus palabras penetran hasta el hueso, pero ni tú ni yo somos lo que queremos ser. He sido enviado a este mundo con tantas limitaciones que desde hace tiempo dejé a un lado la ambición de entenderlo todo. Jehová no es un dios para razonar, sino para sentir; de otra forma: ¿por qué fui dotado de tanto sentimiento y asombro; de tanta conmiseración? Hablas de mis esposas como si ellas estuvieran fuera de mí, como si en dos ramas del mundo colgase yo mi Red, para atrapar con ella lo que Dios me mande, y así vivir en la mediocridad. Pues te digo hoy, fuerte Jacob; que en ninguna medida Lea ha sido mi conformidad, por el contrario, ella es La Sabiduría, el ejemplo de la lucha que constantemente he dado por conquistar mi existencia. Ella es el camino y no la llegada, es el trabajo, la constancia, la voluntad. Ella es quien sufre por no ser lo suficientemente sabia, y es quien llora cuando no ve la verdad que esconde la flor. Por eso levanta su rostro y suspira acongojada, revisa sus pasos y tiene el temor de equivocarse a cada instante, porque respeta lo inconmensurable que es Dios. Y Raquel, la que tu llama perfecta, a quién yo veo como La inteligencia, nada es sin su hermana. Ella representa la virtud añadida, lo que viene de arriba, un reflejo como tú, de la perfección. Ella es el beneficio que sin la primera no podría existir; porque nadie que no teme equivocarse podrá acercarse a Dios. Lea es la duda, Raquel, la verdad. Porque una me enseñó a temer a Dios y la otra evitó que diera malos pasos.
–Nada es tuyo, todo es prestado –respondió el Jacob vestido de león– ¿Crees que todas las cosas que lograste son producto de tu humano esfuerzo? ¿Tratas de adjudicarte la hazaña de vivir? Ves porque Dios te ha visto. Oyes porque Dios te oyó. Unes porque Dios es Uno, y Alabas porque Dios es Amor. Ninguno de tus hijos, del primero al último, te corresponde. Y todas las bendiciones con que el Señor te ha vuelto un hombre poderoso son ajenas a ti, vienen del reino donde yo soy. Tú no podrás llegar usando ese camino, debes desprenderte de esa piel curtida. Las verdades que te sostienen son ciudades fortificadas, y para construir mi reino en el tuyo, deberán caer hasta sus cimientos.
–Verdad es todo lo que dices, y también media verdad; porque solo quieres ver una parte de la condición humana. El hombre está perdido y lo sabe desde su nacimiento, y el viaje de su vida tiene como propósito encontrar el rumbo a donde pertenece. El camino hacia Dios no consiste en dejar atrás a quienes no se han superado como tú, ni desprenderte de ellos como un pellejo curtido e inútil, sino avanzar y llevarlos contigo al camino de la verdad y la vida, éste es el principio del amor, y para el reino de lo alto, el peso que hayas conseguido en amor, ese será tu medida de gloria, tu valor. Yo no entraré en esta tierra como un rey, me conformo con que la planta de mi pie camine sobre ella como un príncipe, y que sean los hijos de mis hijos quienes conozcan al rey verdadero, el que vendrá después de mí.
El sol asomó su cabellera en el horizonte y palideció de pronto el rostro de la noche. El Jacob vestido de león no había podido derrotar al pusilánime Jacob en toda la madrugada. Por mucho tiempo estuvieron mirándose a los ojos. Los de uno, profundos y eternos, apuntaban como el arco y la flecha; los del otro, enamorados, sabían que aquel era parte de sí mismo; un Jacob que pugnaba por nacer, que quería ser raptado por Dios y habitar en su esencia como Enoc. Pero ese Jacob no ganaría esta batalla, no era el tiempo de ascender a Jehová sino de ayudar a los hombres. El ángel lo había predicho: “En ti son separadas las aguas, y una corriente lucha contra la otra; solo un cauce deberá prevalecer”.
–Déjame ir, porque raya el alba –dijo el fuerte Jacob.
–No te dejaré ir hasta que me bendigas –se respondió.
–No saldrás bien librado de esta batalla, al derrotarme, también has herido tu propia existencia, y entrarás cojeando a la tierra prometida.
–Tú y yo entraremos, así tenga que llevarte abrazado a mi pierna.
–Que sea como tú dices. Entonces te bendigo… ¿Cuál es tu nombre?
–Jacob.
–Pregunté… Cuál es tu nombre.
–Yo soy El Suplantador.
–Pues ya no te llamarás Suplantador, de hoy en adelante serás llamado Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.
E Israel bautizó Peniel al lugar de la lucha; porque había visto el rostro de Dios cara a cara, y fue librada su alma.