Frustración La puerta del estudio se cerró con un sonido seco y rotundo y la voz de Elizabeth se alzó casi de inmediato. Estaba de pie, enfrentándose a su padre con una mezcla de ira y confusión en sus ojos. Se notaba que la joven contenía una frustración que había crecido de manera imparable desde la noche anterior. Nathan, en cambio, estaba sentado tras el gran escritorio de caoba, con los brazos cruzados y la mirada fría y calculadora, esa misma mirada que había doblegado a hombres mucho más duros que Gabriel y que ahora parecía tan impenetrable como una roca. -¿Cómo es posible que le permitas quedarse aquí, papá? Tiene un trabajo en la embajada francesa - exclamó Elizabeth, con el ceño fruncido - ¿Vas a dejarle los asuntos internos del marquesado? ¡No lo conoces! ¡Yo siempre me he

