En su breve tiempo en la mansión, Gabriel había oído rumores de los proyectos de Elizabeth, pero no les prestó demasiada atención. Como noble y militar francés, su experiencia le decía que las damas inglesas se dedicaban a actividades sociales, casi siempre frívolas y sin importancia. Pero, al escuchar cómo Nathan había enumerado los logros de su hija, no pudo evitar una mezcla de asombro y admiración. Mientras miraba el sendero que Elizabeth había tomado, sus pensamientos se vieron interrumpidos por la visión de Nathan, quien permanecía de pie en la puerta del despacho, mirándolo con intensidad. -Entra, La Roche —ordenó, en un tono tan firme como de costumbre. Voto de confianza Gabriel siguió al marqués sin decir palabra, ingresando al despacho. Allí, el hombre mayor cerró la puert

