El frío fue lo primero que sintió.
No un frío común, como el de una noche de invierno o el de la lluvia cayendo sobre la piel. Era un frío profundo, antiguo, como si el aire mismo estuviera cargado de siglos de silencio.
Adrián cayó de rodillas sobre una superficie dura.
La luz que lo había envuelto desapareció de golpe.
Durante unos segundos no pudo ver nada. Todo giraba a su alrededor. Su cabeza latía con fuerza y un zumbido extraño llenaba sus oídos.
Respiró profundamente.
El aire olía distinto.
Tenía un aroma metálico, mezclado con algo más… algo parecido al humo.
Parpadeó varias veces hasta que su vista comenzó a aclararse.
Y entonces lo vio.
Adrián estaba en medio de un terreno abierto, cubierto por una capa de polvo oscuro que el viento levantaba en pequeñas espirales. El suelo no era tierra común; parecía ceniza endurecida, como si ese lugar hubiera sido quemado incontables veces.
Se levantó lentamente.
Sus piernas aún temblaban.
—¿Dónde…?
La pregunta murió antes de terminar.
El paisaje frente a él no pertenecía a ningún lugar que hubiera visto en su vida.
El cielo era rojo.
No completamente rojo, sino de un tono profundo, como si el sol estuviera siempre oculto detrás de una capa eterna de nubes ardientes.
Montañas negras se alzaban en la distancia, formando siluetas afiladas que parecían cuchillas gigantes clavadas en la tierra.
Entre ellas se elevaban estructuras imposibles.
Torres.
Decenas de torres de piedra oscura, algunas inclinadas, otras derrumbadas parcialmente, todas marcadas por el paso del tiempo.
Pero lo más inquietante era el silencio.
No había pájaros.
No había insectos.
Ni siquiera el sonido del viento era natural.
Adrián giró lentamente sobre sí mismo.
—Esto no puede ser real…
Pero lo era.
Cada respiración, cada paso que daba sobre la ceniza, cada latido de su corazón confirmaba que no estaba soñando.
Entonces recordó.
La puerta.
El arco de piedra en el bosque.
La luz.
Y el momento en que tocó la neblina.
—No… —susurró.
Se llevó las manos al rostro.
—No… no, no, no…
Caminó unos pasos hacia atrás, intentando encontrar algo familiar, algo que le dijera que aquello era solo una alucinación.
Pero no había nada familiar allí.
Solo ruinas.
Solo silencio.
Solo ese cielo rojo que parecía observarlo desde lo alto.
De repente, un sonido rompió la quietud.
Un golpe seco.
Adrián se giró rápidamente.
Detrás de él había otro arco de piedra.
Exactamente igual al que había visto en el bosque.
La puerta.
Pero esta estaba completamente destruida.
La parte superior del arco estaba partida en dos y enormes fragmentos de piedra yacían en el suelo.
Adrián se acercó con cautela.
Las mismas marcas.
Los mismos símbolos.
Pasó la mano por la superficie.
Esta vez no hubo vibración.
No hubo luz.
Solo piedra fría.
—Entonces… —dijo lentamente— sí crucé.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Si había cruzado…
Eso significaba que estaba en otro lugar.
Otro mundo.
La idea era absurda.
Imposible.
Pero todo lo que lo rodeaba desafiaba cualquier explicación lógica.
Un rugido lejano interrumpió sus pensamientos.
Adrián levantó la cabeza.
El sonido provenía de las montañas.
Era profundo.
Animal.
Algo enorme.
El eco recorrió el paisaje como un trueno.
Adrián sintió que el corazón se le aceleraba.
—De acuerdo —murmuró—. Mantén la calma.
Miró alrededor.
Si estaba en otro mundo, necesitaba hacer algo simple.
Sobrevivir.
Y para sobrevivir necesitaba encontrar agua.
Refugio.
Y respuestas.
Caminó hacia una pequeña elevación de terreno desde donde podía ver mejor el paisaje.
A medida que avanzaba, comenzó a notar más detalles.
Fragmentos de estatuas.
Columnas rotas.
Restos de caminos antiguos cubiertos por la ceniza.
Ese lugar había sido una ciudad alguna vez.
Una ciudad gigantesca.
Pero ahora solo quedaban ruinas.
Adrián subió la colina.
Cuando llegó a la cima, lo vio.
Su respiración se detuvo.
A lo lejos, más allá de las ruinas, se extendía una ciudad.
Una ciudad real.
No una ruina.
Murallas enormes rodeaban el lugar.
Torres de piedra se alzaban hacia el cielo rojo.
Puentes colgantes conectaban distintas estructuras dentro de la ciudad.
Y sobre todo aquello se elevaba un castillo gigantesco, construido sobre una montaña de roca negra.
Adrián apenas podía creer lo que estaba viendo.
—Hay gente… —susurró.
Si había una ciudad…
Había habitantes.
Civilización.
Quizá respuestas.
Pero antes de que pudiera dar un paso hacia ella, el suelo tembló.
Un estruendo sacudió el aire.
Adrián se giró.
La puerta detrás de él comenzó a vibrar.
Las grietas en la piedra brillaron por un instante.
Luego todo se detuvo.
El arco colapsó.
Las piedras se derrumbaron con un ruido seco.
La puerta había desaparecido.
Adrián se quedó mirando los restos.
—Perfecto…
Si esa puerta era su camino de regreso…
acababa de perderlo.
Un nuevo sonido llegó desde la distancia.
Esta vez no era un rugido.
Era algo diferente.
Voces.
Adrián se agachó instintivamente.
Entre las ruinas, a unos cien metros, aparecieron figuras.
Cuatro.
Cinco.
Se movían lentamente entre los restos de piedra.
Llevaban armaduras oscuras.
Y espadas.
Adrián sintió un nudo en el estómago.
No sabía quiénes eran.
Pero sabía una cosa.
No parecía buena idea ser visto.
Se deslizó detrás de una columna caída.
Las figuras continuaron avanzando.
Sus voces eran extrañas.
El idioma que hablaban no era ninguno que Adrián reconociera, pero curiosamente podía entender fragmentos.
—La puerta… —dijo uno.
—La señal fue clara.
—Alguien cruzó.
Adrián contuvo la respiración.
Los hombres se acercaban a las ruinas del arco.
Uno de ellos se agachó y tocó las piedras.
—Reciente.
Otro levantó la cabeza y miró alrededor.
—Entonces aún está aquí.
El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza.
Habían venido por él.
Los soldados se dispersaron lentamente.
Buscando.
Adrián miró hacia la ciudad lejana.
Luego hacia los soldados.
Luego hacia el paisaje abierto.
No tenía muchas opciones.
Respiró profundamente.
—Bien… —susurró—. Bienvenido al nuevo mundo.
Y entonces comenzó a correr.
Sin saber que, en ese mismo instante, su llegada ya estaba cambiando el destino de aquel reino.
Porque la puerta que había cruzado no se había abierto por accidente.
Y las fuerzas que habían esperado siglos por ese momento…
ya sabían que él había llegado.
Adrián corrió sin mirar atrás.
El suelo cubierto de ceniza se levantaba bajo sus pasos, formando pequeñas nubes grises que el viento dispersaba rápidamente. Su respiración se volvió pesada en cuestión de segundos, pero no se detuvo. El sonido de las voces de los soldados seguía resonando en su mente.
—Entonces aún está aquí.
Aquellas palabras no dejaban lugar a dudas.
Lo estaban buscando.
Y si lo encontraban, Adrián tenía la sensación de que no sería para darle la bienvenida.
Saltó sobre una roca caída y continuó avanzando entre las ruinas. A cada paso descubría más restos de lo que alguna vez debió ser una ciudad impresionante: columnas talladas, esculturas partidas en dos, caminos de piedra enterrados bajo capas de polvo oscuro.
Pero había algo extraño en todo aquello.
Las ruinas no parecían simplemente abandonadas.
Parecían destruidas.
Como si una fuerza enorme hubiese arrasado ese lugar siglos atrás.
Un sonido metálico llegó desde atrás.
El choque de una armadura.
Adrián se detuvo de golpe y se ocultó detrás de una pared derrumbada.
Escuchó con atención.
Pasos.
Pesados.
Lentos.
Uno de los soldados estaba cerca.
Adrián asomó apenas la cabeza por el borde de la piedra.
El hombre avanzaba entre las ruinas con la espada desenvainada. Su armadura era negra, hecha de placas que parecían antiguas pero bien cuidadas. En el pecho llevaba un símbolo grabado: un círculo atravesado por tres líneas verticales.
El soldado se detuvo.
Miró alrededor.
Adrián contuvo la respiración.
El viento sopló levantando la ceniza del suelo, cubriendo momentáneamente el paisaje con una neblina gris.
El soldado frunció el ceño.
—Debe estar cerca —dijo en voz baja.
Otro respondió desde algún punto más lejano.
—Revisen las ruinas. El Consejo ordenó que nadie cruce una puerta sin ser llevado ante ellos.
El Consejo.
Adrián no tenía idea de quiénes eran, pero estaba claro que su llegada no había pasado desapercibida.
Esperó unos segundos más.
Cuando los pasos comenzaron a alejarse, aprovechó la oportunidad.
Se levantó y volvió a correr.
Esta vez con más cuidado.
El terreno descendía ligeramente, y desde allí podía ver mejor la enorme ciudad que había divisado antes desde la colina.
Era incluso más grande de lo que parecía.
Murallas gigantes rodeaban todo el lugar, construidas con bloques de piedra negra que reflejaban débilmente la luz rojiza del cielo. Torres de vigilancia se elevaban a intervalos regulares, y sobre ellas se movían pequeñas siluetas.
Guardias.
La ciudad estaba protegida.
Y probablemente vigilada.
Adrián se detuvo en la cima de una pequeña loma y observó el paisaje.
Entre las ruinas y la ciudad había una extensa llanura cubierta de ceniza.
Un terreno abierto.
Demasiado abierto.
Si corría hacia allí, lo verían desde kilómetros de distancia.
Necesitaba otra ruta.
Entonces lo vio.
A la derecha, parcialmente oculto entre rocas negras, había lo que parecía ser un antiguo camino.
Un sendero de piedra que descendía hacia un pequeño valle lleno de árboles oscuros.
Un bosque.
Adrián sintió un leve alivio.
Los árboles significaban cobertura.
Sombras.
Un lugar donde ocultarse.
Pero mientras observaba el sendero, algo más llamó su atención.
Movimiento.
Entre los árboles del valle apareció una figura.
No era uno de los soldados.
Esta figura se movía con rapidez, casi sin hacer ruido. Llevaba una capa larga y oscura que se mezclaba con las sombras del bosque.
La persona se detuvo de repente.
Como si hubiera sentido que alguien la observaba.
Adrián se agachó instintivamente.
Pasaron unos segundos de silencio.
Luego, una voz surgió desde la distancia.
Clara.
Firme.
—Puedes salir —dijo la voz—. Si quisiera entregarte a los soldados, ya lo habría hecho.
Adrián levantó lentamente la cabeza.
La figura seguía allí.
Observándolo.
Esperando.
El viento sopló entre los árboles.
La ceniza volvió a levantarse en el aire.
Adrián dudó.
Pero una cosa estaba clara.
Los soldados lo estaban buscando.
Y esa persona…
sabía que él había cruzado la puerta.
Respiró profundamente.
Y comenzó a caminar hacia el bosque.