—No pensé que importaría. —Sus ojos se abren de golpe.
Thangyu se muerde el labio. Namg le sonríe con naturalidad. Parece reconocer que Thangyu quiere hablar de esa noche y espera pacientemente a que suceda. Sin embargo, Thangyu es incapaz de articular sus pensamientos. Nunca ha tenido que rogar para que alguien lo toque, ni siquiera pedirlo. Su lengua no coopera con su cerebro roto y somnoliento. Namg lo ayuda.
—Solo porque nosotros… no significa que tú lo seas.
Thangyu asiente. —No lo soy. Solo... no me importó.
Su sonrisa lo dice todo. —Yo tampoco.
Cuando despierta por segunda vez, salen al balcón. Fuman marihuana para quitarse la resaca y luego se dejan caer en el sofá. Los minutos pasan, acompañados de su conversación sencilla y chistes ridículos, y él está tan perturbado por lo simple que puede ser todo. Ni siquiera tiene que ser alguien, simplemente es. Pero de vez en cuando, se pregunta qué pasaría si se saliera un poco del status quo. La normalidad ya no le basta. Se siente bien, sí, pero sabe que la mano de Namg en el camión que no ha bajado en todo el día se sentiría aún mejor. Solo le asusta una recaída.
Se recupera cuando el sol se esconde por completo. Todavía uno al lado del otro en el sofá, con un vídeo de YouTube de una hora de duración de un acuario de tiburones que han estado viendo —enardecidos y fascinados— en la tele, su mirada se dirige cada vez más a Namg.
La luz azul que ilumina la habitación lo baña de una forma hermosa. Es todo índigo, sus hermosos ojos nadan igual que los peces en la pantalla. Thangyu traga saliva. Nunca antes había estado tan fascinado por nadie. Se siente tan mal, pero piensa que quizá no lo sea.
—¿Namg?
Recibe un suave zumbido como respuesta, la atención de Namg. Un momento de silencio. Una oportunidad para pensar bien sus próximas palabras. Al ver a Namg pasándose el pulgar por el labio inferior, Thangyu olvida todo sobre el control de impulsos que ha aprendido recientemente. Cuando lo muerde, esperando a que Thangyu hable, simplemente suelta:
—Creo que sería bueno en eso.
— ¿A qué te refieres?
Se siente como dar el último paso al bajar del tablón. Se sumerge en el profundo océano azul. —Haciéndole sexo oral a un tipo.
Aprecia que Namg no deje que el silencio perdure demasiado tiempo. —¿Sí?
Thangyu repite después de él, afirmativo. Y entonces Namg inclina la cabeza hacia él.
—¿Quieres intentarlo?
Y se miran de nuevo, retándose a terminar la pregunta primero o a pedirle que la aclare. No hace falta; está más que claro lo que pregunta Namg. —¿Quieres intentarlo conmigo?
Hay una parte de su ego que no puede soportarlo en absoluto. Se está comportando de una manera tan obviamente desesperada que lo enferma. Una chica, un perro, un hombre desesperado abrumado por el deseo. Tiene que haber una píldora que pueda tomar que lo devuelva a su propio cuerpo. Este cuerpo, el que solo se excita más por Namg con cada contracción muscular, pertenece a una versión de él que metió en un ataúd hace mucho tiempo.
Una revista Playgirl robada metida debajo de su colchón. Un chico de su clase de segundo año que juró que nunca lo diría. Todas las chicas que le gustaban también, pero que sirvieron como solo la mitad de lo que quería. La parte de él que su padre mató cuando se enteró de todo. Las cicatrices que le regaló a Thangyu arden como recordatorios de por qué no debería. Los ojos de Namg devuelven ese cuerpo a la vida.
—¿Me dejarías?
—Claro, —susurra Namg, como si de verdad fuera un nigromante. Pero Thangyu lo siente como un puñetazo en el estómago cuando dice: —Podemos hacer el tonto, si quieres. Simplemente no busco nada serio ahora mismo.
—Yo tampoco, —asiente sin dudarlo, y por una vez en su vida, esas palabras no son del todo ciertas.
Qué inconveniente que el único dueño al que le encantaría ir a buscar y por el que se revolcara sea uno que no tiene ningún interés en llevárselo a casa desde el refugio. Sin collar, se siente enjaulado. Namg parece percibir su deshonestidad.
—¿Estás seguro? No tenemos por qué hacerlo.
Thangyu no cree precisamente en fantasmas ni nada de eso, pero debe de haber algún espíritu maligno y gay poseyéndolo en este momento. ¿Qué más podría hacerle negar con la cabeza ante la pregunta? ¿Qué más podría hacerle cerrar el espacio entre ellos para meter su muslo entre los de Namg? ¿Qué lo ha agarrado con tanta fuerza que no le queda más remedio que deslizar una mano entre ellos y arrastrarla por el pecho vestido de Namg? No puede ser por voluntad propia.
—Yo quiero, te quiero a ti...
Namg asiente, complacido, sin darse cuenta de lo malo que está siendo en realidad.
Namg tiene más tono en su cuerpo del que su distintiva ropa holgada dejaba entrever. Los dedos de Thangyu palpan algo parecido a unos abdominales. Se encuentra fascinado con la yuxtaposición de lo acostumbrado: suavidad y curvas reemplazadas por firmeza y nuevos ángulos.
Puede sentir su propio pene agitarse con renovado interés cuando Namg suspira ante este toque suyo. Al levantar la vista, encuentra su rostro azulado, vulnerable. Bonita boca abierta, bonitos ojos entrecerrados. Bonito por todas partes. Thangyu quiere, de golpe, beber el color que ha envuelto a Namg.
El índigo es su sabor favorito en un instante. Presiona su frente contra la de Namg y afirma que no habrá besos. Tiene que haber algo que aún pueda controlar.
—De acuerdo, —acepta Namg, apoyándose en el punto donde se encuentran sus cejas. Thangyu apenas se da cuenta de que él también diría que sí a cualquier cosa si la posibilidad de una mamada estuviera sobre la mesa. —Pero harás lo que te diga.
Ni siquiera comprende del todo esta afirmación al principio. Simplemente asiente. Claro que sí. Ambos miran hacia abajo, donde sus cuerpos se conectan. Los vaqueros de Namg contra la sudadera de Thangyu. Aunque no logran ocultar lo mucho que le gusta esto, Thangyu duda un momento, aún no está listo para dar el salto. Y entonces nota una bolsita en el bolsillo delantero de Namg. Namg parece notarla justo a su lado.
—¿Quieres uno?, —le pregunta a Thangyu con una suavidad increíble. Thangyu siente su aliento en sus labios. Como si no lo supiera, Namg añade: —Lo hace aún mejor.
Ambos toman una pastilla. Ambas son de un rosa rojizo, con forma de corazón. La ironía, el simbolismo, se le escapa a Thangyu. Aún envueltos en su abrazo, abrazo, abrazo, están tan cerca que Thangyu presencia el momento en que las pupilas de Namg se dilatan aún más en la oscuridad. Las suyas deben coincidir. Se quedan quietos un minuto mientras la droga se introduce en sus sistemas, quemando cada vacilación y cada bloqueo.
Nunca antes había estado tan cerca de alguien. Al menos, de una forma que ni siquiera le importaría si la situación no se intensificara. Lo harán, él quiere que lo hagan. Pero también siente algo parecido a la serenidad con solo contar todas las pecas de Namg. Hay una palabra para eso, está seguro, pero no puede nombrarla. Ya casi tiene dos dígitos antes de perder la cuenta. Cuando llega al punto en que Thangyu se relamía, considerando retractarse de su pequeña regla básica, decide que ya no puede seguir así. Quiere seguir adelante.
Sus manos tatuadas se mueven hacia abajo. Si desabrochar y bajar la cremallera de los vaqueros de Namg es cruzar el umbral, no está seguro de qué se considera bajarle la ropa interior y, tras un par de segundos de vacilación, meter la mano.
Probablemente, ser abiertamente gay. Se mueven un poco para que Thangyu pueda liberar la polla semierecta de Namg de su trasero, y entonces todo se vuelve real en un instante.
La respiración de Namg es todo lo que oye, aparte del murmullo de su propia sangre en los oídos. Suena como el océano, en armonía con los colores del entorno. Es torpe desde el principio. Sus movimientos son bruscos, tímidos.
Olvida por completo que esta es la parte con la que debería estar familiarizado, basándose en su propia experiencia. Cuando Namg sacude las caderas, con la respiración atrapada en la garganta, Thangyu recuerda de repente. Inhala y exhala, reduce la velocidad. Escupe en su mano a falta de algo mejor. Ignora el ángulo incómodo e intenta hacer lo que le hace sentir bien; su cerebro tarda un segundo en invertir la imagen reflejada para ayudar con la memoria muscular.
Y cuando Namg gime por Thangyu, ya ni una pequeña parte de él piensa en retirarse. Es Namg en quien piensa. Todo Namg: él y lo duro que está en las garras de Thangyu. Caliente al tacto. Incluso en el azul oscuro de la sala, Thangyu puede notar que la punta es de un romántico rosa. Un poco húmedo como el presemen gotea de la hendidura ante la continua atención de Thangyu. Está tan jodido que él mismo palpita al verlo. No es parte de lo que acordaron, pero aun así es innegable. Se encuentra deseando llegar hasta el final.
—Dime cómo…, —pregunta, mirando fijamente a Namg.
Namg, con voz tranquila pero impresionantemente uniforme, le responde. —Ponte de rodillas.
Nunca es de los que siguen órdenes, Thangyu hace lo que le dicen esta vez. Lo prometió. Baja al suelo y se arrodilla entre las piernas abiertas de su mejor amigo. Namg parece una deidad desde allí abajo. Brilla de azul y con ese remolino particular que Thangyu ve a través de él. Joder, debe estar muy colocado.
Sí, debe ser eso, porque cuando Namg cambia de postura y desliza su mano por el cabello de Thangyu, se estremece. Tocado por un ángel. Ahora él también está azul. Ambos son iguales.
Con las chicas, nunca se había sentido tan vulnerable. No está seguro de si las reglas son las mismas con los chicos, pero confía en que Namg se lo diga. Para empezar, siente una imperiosa necesidad de abrirle los muslos y chuparle, dejarle marcas. Que se lo jodan. Las chicas le rogarán cuando lo haga, y se le llenará la boca de saliva cuando los sonidos imaginarios de la voz de Namg suplicando y susurrando su nombre inunden su cerebro drogado. Quizás sea demasiado por ahora; todavía está aprendiendo. Piensa en la próxima vez antes de poder detenerse. Piensa en enséñame para que pueda darte todo y no se retracta.
La polla de Namg le ha dejado una pequeña mancha húmeda en la parte baja del estómago cuando Thangyu la vuelve a agarrar. No piensa en absoluto esta vez, solo se inclina y lame todo. Los músculos de Namg se contraen, respirando agitadamente, y Thangyu lo mira de reojo para encontrarlo con la boca abierta. La prohibición de besar fue una estupidez de su parte. Que le jodan a Thangyu sobrio. Aguafiestas.
Una caricia más, lánguida, arriba y abajo, sin ceder. Duro como una roca. Es bonito, de una manera extraña. Thangyu presiona sus labios hacia abajo; la regla no aplica aquí, ¿verdad? Cuando Namg hace un ruido al oír esto, lo vuelve a hacer, esta vez con la boca abierta, dejando que su lengua se deslice sobre la cresta. Ni siquiera está seguro de si esto es correcto. Se siente bien.
—Estoy esperando mi tutorial aquí, —comenta.
—Mierda, sí, —murmura Namg.
Thangyu lo interpreta como una señal de que hasta ahora le ha ido bien solo. Su ego no necesita más alimento, pero se lame los dedos de todos modos. —Solo… Cuando estés listo, toma un poco en tu boca y… Joder, así de fácil.
Thangyu encuentra el sabor muy desconocido, pero no desagradable como se supondría. Masculino. Es pesado contra su lengua. Percibe de nuevo el aroma de la colonia de Namg. Al deslizarse un poco más abajo, experimentando, el olor guía instintivamente su mano libre hacia su propia ingle. Palpándose entre sus nalgas, succionando la punta del pene de Namg, se encuentra gimiendo por todo.
Los dedos de Namg se aprietan alrededor de su cabello ante esto, lo que Thangyu interpreta como que puede sentir la vibración. Oh ... Algo que usar en su beneficio.
—¿Dije que podías tocarte?
Los ojos de Thangyu se abren de golpe. Namg no deja de inventarle cosas nuevas; cree que nunca antes se había quedado sin aliento ante las palabras de alguien. Y sus ojos... No bromea.
—No hablas en serio —le sigue desafiando Thangyu.
Pero Namg lo apaga rápidamente. Cubre la mano de Thangyu con su pene como si fuera a quitárselo. El desafío crece entre ellos, una lucha de poder, hasta que la corona de Thangyu se le resbala de la cabeza. Y entonces, ¿qué le queda sino colocar a regañadientes su mano libre sobre el muslo de Namg? Sus mejillas arden de vergüenza al hacerlo, pero su boca solo se humedece más. Si este es el precio, pagará el doble.
Namg le sonríe. Le acaricia el pelo como recompensa por su obediencia, y como el perro que es, Thangyu casi lloriquea al sentirlo. —Bien. Ahora sigue.