«¡Venga, venga, vete a llamar a La Bella!» Y mientras el secretario de donna Giulia volvía sobre sus pasos al galope, el cielo susurró con voz profunda y comenzaron a caer las primas gruesas gotas de lluvia. Giacomini se refugió en el interior de una casucha que estaba cerca del lugar donde la carroza se había parado, desinteresándose de su vehículo y del cochero que esperaba órdenes. Éste último, desentendiéndose de la lluvia que caía, esperaba, inflexible, sentado en el pescante52 a que su señor le diese una orden. Viendo que Giacomini había encontrado refugio en un sitio sin ni siquiera dignarse a mirarlo, titubeante se adentró de nuevo en la espesura de los árboles para hallar cobijo entre el espeso follaje. *** Un relámpago rasgó el cielo bifurcándose como la lengua de una serpie

