Damien entró a mi oficina sin avisar y cuando levantó la vista me encontró de pie junto al escritorio, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Me había lavado la cara, pero no fue suficiente para ocultar lo evidente. Me observó unos segundos en silencio sin decir nada al principio. Solo me miró con el ceño fruncido, con esa expresión dura que usa cuando algo no le gusta. —¿Qué te pasa? —preguntó al fin. Tragué saliva y bajé la mirada. —Nada —respondí rápido. Di un paso hacia ella. —No me mientas, pequeña Ross. —No estoy mintiendo —respondí, intentando sonar firme. Apreté la mandíbula porque odiaba que me mintieran. —¿Estás así por la carga de trabajo? —pregunté señalando los documentos sobre el escritorio—. ¿Es eso? ¿Te estoy exigiendo demasiado? Negué con la cabeza. —No

