MAXWELL
Por un segundo, me quedo con la boca abierta mirándola, sin poder creer lo que acaba de decir. ¿Un vasito para orinar? De verdad, ¿está loca?
No debería cabrearme tanto, pero no me gusta eso de correrme en un vaso. No es lo que quiero.
Bueno, sí quiero, pero no así. Hasta hace un rato pensaba que los dos estábamos en la misma sintonía, que íbamos a terminar esta noche entre sábanas, no que me iba a pedir mi semen en un tubito estéril. Qué horror.
—¿Qué, hay problema? —me pregunta mientras pestañea.
Me toma un segundo despejar la cabeza para contestarle. Me inclino, bajo la voz, y le digo:
—Obvio que hay problemas. No pienso ir a masturb4rme en el baño de un restaurante de tacos para llenarte un vasito. Cuando dije que lo hiciéramos a la antigua, no hablaba de usar un pinche frasco de mayonesa, nena.
—Claro que sabía que hablabas de coger, no soy tarada. Y no te iba a pedir que lo hicieras aquí —dice, y veo que se le sube un poquito el color a las mejillas—. Solo que... ya pensé bien todo esto y no me gusta que sea por la vía tradicional.
—¿De verdad? ¿Y por qué no? —Porque pensé que, por todo lo que he visto en ti, estaba segurísimo de que estabas en la misma jugada que yo, y no creo que me equivoque tan fácil. Las señales estaban ahí desde que nos topamos en ese elevador.
—Porque no quiero rollos... complicados —dice, dudando—. Mira, no es por ti, de verdad, pero apenas nos conocemos. Dos días, Max.
¿Eso era todo? Bueno, no le gusta lo de irse a la cama de una en la primera cita, no hay problema. ¿Pensaba que iba a querer amarrarla o algo? Ni de chiste, pero bueno, no me conoce, y se entiende. Voy a tener que ganarme su confianza con calma.
Le suelto una sonrisa tranquila.
—Mira, eso se puede arreglar fácil. Podemos seguir saliendo, con calma, como tú necesites.
—No, no quiero calma.
Levanto una ceja.
—¿Ah, no? Yo también puedo ser rápido, eh.
Baja la mirada, se le traba la voz.
—No es eso... me caes bien, siento que tenemos química, pero no quiero nada que implique compromiso.
Ah, ahora lo entiendo. La misma jugada que yo.
Cruzo las manos, apoyándolas bajo el mentón.
—Te entiendo. Pero mira, el s3xo no complica las cosas, a veces hasta las vuelve más fáciles. Si lo que quieres es un “amigos con derechos”, yo lo hago sin problemas —le digo con una sonrisa que sé usar bien.
Pero ella no se inmuta. Tiene esa mirada firme que pongo yo cuando me toca aplastar a alguien en la sala de juntas, pero con ella, de pronto, siento que no tengo el control.
Respira profundo y dice:
—Esto del vasito es para evitar que se mezclen las cosas. Mi vida está planeada, Max, y no incluye a un hombre en ella.
—Pues qué suerte que yo no hago relaciones, nena —y cuando se queda viéndome como si no entendiera, le aclaro—: Mira, yo estoy casado con mi trabajo. Mal matrimonio, pero es el mío. No tengo tiempo para nada más, ni para una novia ni para hijos. Si lo que quieres es un donante y ya, sin problemas, cuenta conmigo.
Ella cruza los brazos, retadora.
—Eso es lo que quiero. Sin enredos, bajo mis términos... antes, durante y después. Y si cambias de idea, ¿qué? No quiero preocuparme por eso. Parte de ir a un banco de e*****a era evitar que algún día llegue un desconocido exigiendo derechos de papá.
—Te lo prometo, si sale un bebé, será tuyo. Lo firmo si quieres. Yo no me meto en tu vida ni opino en cómo lo crías. Créeme, estoy más que feliz de ser solo el tipo que presta la herramienta —y de verdad, lo estoy.
Veo que su expresión cambia, ya no tan terca, ahora está pensando.
Se muerde el labio, y con voz baja dice:
—Bueno, si es algo legal, tal vez... Y dicen que tener orgasmos ayuda a que el e*****a haga su trabajo, así que... tal vez coger sea mejor que inseminar.
—Mira, te lo digo de una vez: mi oferta no era para que fueras a congelar muestras ni andar en clínicas. Yo te lo ofrecí para evitar que termines con un catéter subiéndote por el cuello del útero mientras una enfermera te dice que respires hondo. —Frunzo el ceño solo de pensarlo, y me fijo que Nisha también arruga la boca, incómoda.
—Tienes razón —me dice, encogiéndose de hombros—. Pero, ¿seguro que esto no me va a amarrar a nada?
Le asiento firme.
—Nada de ataduras. Vas a seguir tu camino. —Alzo las manos en forma de promesa. —pero de verdad, guarda ese vasito de plástico, te lo pido.
Suspira y lo mete en su bolso, gracias a Dios. Luego me clava esa mirada seria.
—Hay algo más de lo que tenemos que hablar.
—Dilo —digo, con el presentimiento de que se viene algo.
—Esto puede que no sea de una sola vez, Maxwell. Puede que nos toque seguir intentando por meses, sin protección. Para eso necesito ver que estás sano, y mientras tanto, quiero que solo te acuestes conmigo hasta que lo logremos.
Lo dice mirándome sin parpadear, esperando ver si me echo para atrás. Y no voy a mentir, debería asustarme que me pida monogamia por tiempo indefinido mientras espera un test positivo.
Pero lo raro es que no me espanta. Ni un poco. No es solo porque dice que no se va a enganchar conmigo. Es que sé que con ella, una sola vez no va a calmar mis ganas. Nisha no es de una noche. Su boca deliciosa, sus curvas que me tienen con hambre cada vez que las miro… no, con ella no se me va a pasar.
Asiento, tranquilo.
—Sí, estoy de acuerdo. Tiene sentido, y de una vez intercambiamos resultados de pruebas.
Tan de acuerdo estoy que apenas y puedo controlarme de no cargarla en ese momento y llevármela a la cama.
—¿De verdad estás bien con esto? —me pregunta, dudando.
—Claro que sí. Vamos a coger, Nisha, y lo haremos hasta que funcione —digo, mientras saco la cartera y dejo billete en la mesa para cubrir la cuenta y la propina. —¿Lista para irnos? No hay mejor momento que ahora.
Me mira con esos ojos hermosos, parpadea y de pronto se ríe.
—No, no, esta noche no.
—Pero si acabas de decir…
—Aún no estoy ovulando —dice mientras se pone de pie y me da una palmada en la mejilla, —Buenas noches, grandote. Hablamos la otra semana.
Me quedo ahí parado, en la salida del restaurante, con el pantalón marcando la evidencia de lo caliente que estoy, viendo cómo se aleja con ese paso que me enloquece. Ni un beso me dejó.
La veo irse y solo puedo pensar:
¡Tengo demasiadas ganas!
*
Cuando llego a mi departamento, sigo con la v3rga dura, ni se ha bajado en todo el camino. Meto el coche al garaje, cierro de golpe y subo al ático con prisa. Todavía siento el roce de los dedos de Nisha en mi cara, como brasas marcándome.
Uno pensaría que tanto hablar de ovulación y bebés se me bajaría todo, pero con ella pasa lo opuesto: me prende como gasolina. Lo dice sin pena, sin esa falsedad que tienen muchas con las que me he divertido. Con Nisha es diferente, no es una nena, es una mujer de verdad, de esas que saben lo que quieren.
Rayos, no puedo con la espera.
Cuelgo mi chamarra en el sillón y me meto directo al cuarto. Me siento al borde de la cama, desabrocho el pantalón, saco mi v3rga, y el primer jalón me saca un suspiro que me corta el pecho. Cierro los ojos, abro las piernas, y me enfoco en el calor que sube. Pienso en ella, en cosas que no diría en voz alta, sintiendo el cosquilleo que me arde por dentro.
El que me haga esperar me calienta más. Me imagino qué voy a hacerle cuando la tenga en mis manos, toda para mí.
Aprieto con más fuerza, dejo que la cabeza se llene de imágenes sucias. Me pregunto cómo sonará su voz, si me gritará al oído o si tendré que arrancarle los gemidos mientras la domino. Si se va a subir encima a cabalgarme como loca o si va a soltar todo mientras la tengo de espaldas, con sus caderas chocando contra mí. Me da igual, estoy listo para todo.
Acelero, sintiendo el líquido humedecer la punta mientras paso el pulgar por la rajita, caliente, ansioso. La veo en mi mente, retorciéndose debajo de mi, cabalgándome, empujando su trasero hacia mí mientras la agarro con fuerza. Y no puedo dejar de pensar en f0ll4rla sin nada de por medio, sintiendo su coñ0 caliente tragándose cada pulgada, dejándome correrme adentro de ella, haciéndola mía de verdad.
Esta va a ser la primera vez que de verdad quiera dejar embarazada a alguien, y después de tantos años cuidándome para no dañar mi vida, es irónico que ahora me prenda más que nada.
Siento que me tiembla todo, el orgasmo sube como un latigazo, y bombeo con más fuerza, más rápido, hasta que echo la cabeza para atrás y dejo salir un gemido que retumba en la habitación mientras me vengo, espeso, sobre mi mano.
Me detengo, respirando como si hubiera corrido diez calles, y me levanto para tirar la ropa manchada a la lavadora antes de meterme a la regadera. Pero ni el agua caliente logra quitarme a Nisha de la cabeza.
Dijo que hasta la otra semana y ya siento que me voy a volver loco.