NISHA
Listo.
Camino lento, cada paso me pesa, el corazón me palpita rápido. Me paro un segundo frente a la puerta giratoria, respirando hondo, diciéndome que tranquila, que solo voy a preguntar, que nadie va a hacerme nada aquí mismo, que ni medicamentos me van a dar.
Me seco las manos sudadas en la falda, inhalo otra vez para calmar las tripas, y me lanzo. Piso firme, cruzo el lobby, el eco de mis pasos me retumba más que cualquier ruido. Siento una mezcla de nervio y emoción que me revuelve todo. No hay duda, quiero esto, pero también sé que tener un hijo no es cualquier cosa. No es algo que puedas devolver si no te sale bien.
Subo al ascensor y presiono el botón del piso diez.
Ese número me da mala espina, pero no tengo tiempo para supersticiones. Entro.
Antes de que se cierren las puertas, una mano grande las detiene y las empuja. Entra un tipo con traje azul impecable y camisa blanca. Y madre mía, qué pedazo de hombre. Alto, con hombros que ni el saco puede disimular, mandíbula de actor de película, pelo oscuro peinado limpio, y esos ojos color coñac que se ven sexy cuando sonríe.
Clavo la vista en el piso para que no se note que lo estoy tragando con la mirada. Él aprieta el botón del último piso y se queda más cerca de lo que debería.
¿Lo está haciendo a propósito o qué? O será que estoy tan nerviosa que todo lo interpreto raro. Desgraciados nervios.
No puedo ignorar que está ahí, puedo oler su loción, esa mezcla entre fresco y caro. Siento que me quema la piel con su cercanía aunque ni me toque. Mi corazón se acelera mientras subimos, piso tras piso, ese ascensor convertido en jaula con él tan cerca, tan presente, tan imposible de ignorar.
Qué coraje. Justo ahora aparece alguien así. Como si el universo se burlara de mí, de que decidí renunciar a esperar al hombre perfecto para formar una familia, para simplemente hacerlo sola.
Está ahí, de pie, con la edad justa, ni tan joven ni tan viejo, seguro de sí mismo. Y yo, como mensa, lo miro de reojo, calculando que tiene treinta y pico, quizás cuarenta recién cumplidos. Es un chiste cruel del destino.
De pronto, un rechinido. Todo se sacude. Se me corta la respiración al mismo tiempo que a él, y sus manos me agarran de los brazos para que no me caiga. El contacto me enciende cada nervio del cuerpo.
Abro los ojos, maldiciendo por dentro.
El ascensor se detiene con un quejido.
—¡Rayos! —dice él, mirándome con esos ojos que no ayudan a calmarme—. ¿Estás bien?
Asiento con la cabeza, tragando saliva.
—Solo me asusté —le digo, con un toque de enojo disfrazado de calma.
En vez de tocar el botón de emergencia, saca su celular.
—Frank… Se atoró el ascensor —dice, con una pausa. —¿Importa en qué piso? —Otra pausa. —Octavo, más o menos —frunce el ceño —Ok, gracias —corta la llamada.
—¿Y? —pregunto con nervio.
—Era el de mantenimiento. Van a mandar al equipo, pero dijo que se van a tardar, mínimo una hora en total —se encoge de hombros, metiendo el teléfono al bolsillo. Ni molesto se ve, solo resignado. —Nos va a tocar aguantar aquí un buen rato.
Yo suelto un gemido, apretando los puños.
—No puede ser —murmuro.
Adiós consulta. Hola multa por no llegar a tiempo. Ojalá no me la cobren, porque vaya excusa tengo: El ascensor se descompuso. Menos mal que desayuné, porque esto va para largo.
—Sí, qué mala suerte —dice el tipo, con un suspiro —. Ni modo, toca aguantarnos.
Se queda tan campante, sentándose en el piso con las piernas cruzadas, con su traje fino, sin importarle nada.
¿Y este cómo carajos puede estar tan relajado mientras estamos atrapados en esta caja de metal? Yo aquí tragándome los nervios y él como si nada.
—¿No tienes a dónde ir o qué? —le digo, inclinando la cabeza.
—Sí, al trabajo, pero seguro en la oficina están felices si llego tarde por una vez —y se ríe, —. Soy Maxwell, por cierto.
Al final me agacho a su lado, cuidando que no se me suba la falda.
—Soy Nisha. ¿Y tú qué haces aquí? —le pregunto, porque de qué otra cosa vamos a hablar mientras esperamos que esto se mueva.
Él se encoge de hombros.
—Me quedé con el negocio de la familia, ya sabes, cosas de la vida.
Ah, claro, evasivo el señor. Ya me huele a que esta hora encerrada se me va a hacer eterna.
De pronto, su sonrisa se pone rara mientras mira el botón que apreté en el ascensor.
—¿Tú ibas al banco de espermas o qué? —me dice, como si nada.
—¿Qué? No, o sea, ¡no! —me trabo toda, sintiendo que me arde la cara.—Ay, por favor —le pongo los ojos en blanco, aunque estoy segura de que ya estoy colorada—. No pienso hablar de eso contigo, no es tu problema.
Pero él no deja de sonreír, y me dice:
—Lo único que hay en esa planta es esa clínica, así que, o trabajas ahí, o ibas por tu dosis de felicidad. No traes maletín de doctor, ni bata, ni cara de ser farmacéutica, así que ya me dirás.
Justo en ese momento, mi teléfono suena. Gracias al cielo, es mi mamá.
—Espérame, tengo que contestar —le digo mientras me hago a un lado.
—¿Ya te hicieron el procedimiento o te dieron el frasquito? —grita mi mamá, sin ningún pudor.
De verdad, Dios, ¿por qué las madres nacen sin pena?
Le susurro.
—Mamá, no puedo hablar ahora, estoy atrapada en un ascensor.
—¡Ay no! Pero si te costó semanas esa cita. ¿Estás bien? ¿Llevaste algo de comer? ¿Necesitas baño? —y yo queriendo que la tierra me trague.
—Todo bien, te llamo luego —le digo rápido, antes de que me arruine la poca dignidad que me queda. —Te quiero, adiós.
Cuelgo y veo a Maxwell con esa cara que pareciera que se está aguantando la risa.
—¿No escuchaste nada, verdad? —le digo, con una última esperanza.
—Lo siento, pero lo escuché todo. Y bueno, ahora ya sé —dice, divertido.
—Genial —murmuro mientras guardo el celular, deseando evaporarme en ese instante.
Se queda callado un momento, luego dice:
—Entonces, o sea, vas...
—Sí, está bien, lo admito —lo corto con un suspiro—. Iba a la clínica de fertilidad. Quiero un bebé. Y ya.
Es lo más importante en mi vida, pero no pienso darle más detalles.