NISHA
—No tiene nada de malo, pero, ¿y tu esposo? —me pregunta.
Ay, duele.
—No tengo esposo.
—Ah, bueno, ¿novio?
Niego con la cabeza.
—Tampoco.
Él parpadea.
—¿Novia?
—Estoy soltera, ¿ok? —le dije, seca, mientras él se sobaba la barbilla.
Asentí. Sin ganas de explicar de más.
Tragué saliva, me enderecé y respiré hondo.
—Perdón, ¿podemos olvidar esto? —le dije.
Él alzó las manos, tranquilo.
—Tranquila, no me meto. Es tu vida.
Asentí de nuevo, sin mirarlo.
—Sí, es mi decisión. Solo que...
Miré las paredes beige del ascensor, mi vida no era tan interesante que se diga y queria un motivo para sonreir.
—Siempre he sido de las que luchan —dije, firme—. Levanté mi negocio con mis propias manos, pero eso me quitó tiempo para todo lo demás. Ya tengo treinta y cinco y... bueno, el reloj no se espera por nadie.
Negué con la cabeza. Lo dije sin adornos, porque así soy. Yo tomo las riendas de mi vida, esto no es distinto.
O eso me digo. Porque en el fondo, esto es diferente, y da miedo que si cometo un error, no solo me afecte a mí.
No sé por qué se lo contaba a un tipo que ni conozco.
—Eres independiente, eso se respeta —me dijo con una sonrisa.
No sabes lo bien que se siente que alguien te vea y no te juzgue.
—¿No tendrás una baraja de cartas en ese bolso, o sí? —me dijo.
Me reí, aliviada de que cambiara de tema.
—Ni modo, no traje —abrí mi bolso buscando algo que nos sacara del momento intenso. —¿Quieres un caramelo?
Saqué unos que ni sé desde cuándo los cargaba.
Él rió, negando con la cabeza.
Puse mis cosas en el suelo: pañuelos, chicles, un bolígrafo, desinfectante, seis labiales. Él sacó su celular y las llaves de un Mercedes.
—Espérate —dije, escarbando el compartimento secreto de mi bolso—. ¡Taraaa! —saqué una mini barra de chocolate.
—Nadie quiere un trozo de chocolate así. Además, está todo aplastado. ¿Desde cuándo lo cargas? —me dijo riéndose.
Lo fulminé con la mirada.
—A mí me gusta, ¿y qué? —le dije, cruzando los brazos.
Me miró, levantando una ceja. Suspiró con una media sonrisa.
—Y yo que pensaba que eras normal.
Rodé los ojos, agarrando la barra.
—Iba a compartirla, pero eres un delicado.
No sé qué carajos tiene la sonrisa de Maxwell, pero cada vez que la suelta, me pone nerviosa. Está ahí, jugando con mis labiales, abriendo uno tras otro.
—¿Cuál te gusta más?— me pregunta.
Me encogí de hombros.
—Depende de cómo me levante ese día.
Lo veo mirando ese nude pálido que uso para ir a la oficina y cuando quiero pasar invisible. Levanta la ceja, curioso.
—Color de diario. Lo uso cuando voy al trabajo— le digo, aunque él no preguntó.
—O cuando te toca cita en la clínica de fertilidad, ¿o no?
El tipo es observador, no puedo negarlo. Yo traigo ese mismo color ahora.
—Sí— le contesto.
—Me gusta— dice, con la voz ronca, mirándome la boca como si se le antojara probarla.
El ambiente se espesa de golpe, y la idea de montarme sobre él me rebota en la cabeza, dañandome la concentración. Saco mi labial favorito, ese tono brillante entre fucsia y rojo que solo saco cuando quiero romper la noche, y se lo muestro.
—Este es para cuando salgo a matar— le digo, sin pensar.
Y me pregunto qué carajos tiene este hombre que me saca palabras que no le digo a nadie.
Se queda quieto, mirándome con esos ojos seductores, y dice:
—Me gusta la idea.
—¿Qué idea?— le digo.
—Déjame acabar— dice, cerrando el labial y poniéndomelo en la mano con calma. —Antes de que pienses en traer un bebé al mundo... ¿Qué tal si salimos a cenar primero?
Parpadeo.
—¿Eh? ¿Y para qué?
Él se ríe bajito, alzando la mano.
—¿Cómo que para qué? Estás preciosa. Antes de que vayas a que te metan un catéter y toda esa cosa fría, déjame invitarte a cenar. A ver si quieres intentar... el método clásico—. Sus ojos brillan, pesados de intención.
Se me corta la respiración, y siento como si no hubiera aire en este maldito ascensor. Me agito, trato de calmarme, pero las piernas me tiemblan, porque este tipo está hablándome de tener un hijo a la antigua y lo dice tan fácil.
Cuando al fin respiro, lo miro.
—¿Estás diciendo que me ayudarías con... eso?
—Con mi e*****a, sí. Hablamos los detalles después. Piénsalo, no pierdes nada. Soy sano, no hay problemas de salud en mi familia, hice atletismo en la prepa y quedé tercero a nivel estatal— dice como si me estuviera ofreciendo un gran trato. —Y, bueno, soy bueno en la cama.
Mi cerebro se apaga. ¿Qué? ¿Este hombre está diciendo que quiere coger conmigo para tener un hijo? Apenas lo conozco, y me dice esto con la cara más tranquila.
Ni se inmuta, sigue hablando como si nada.
—Y si luego no te convence, te vas a la clínica, no pasa nada. Si quieres, hasta te agarro la mano mientras te hacen el procedimiento ese con la jeringa y te embarran el lubricante raro.
—¡Dios, no es una jeringa!— le digo, tratando de mantenerme cuerda mientras mi mente se llena de imágenes de su cuerpo encima del mío. —Es con un catéter, todo frío, clínico.
Hace una mueca de dolor.
—Ay, no, qué horror. Unos buenos orgasmos suenan mucho mejor—. Me clava la mirada con esas cejas levantadas, esperando.
—Bueno... ¿qué opinas de la cena?
Trago saliva, pensando que no estaba lista para esto. Tenía mi plan armado, y ahora este hombre está ofreciéndome algo que no pensé que quería, y aquí estoy, considerándolo, de verdad.
La culpa la tiene el estúpido oxígeno de este ascensor, lo digo en serio.
—¿Te parece si empezamos con un café?— se me escapa.
Él niega, firme.
—El café no cuenta como cita. Nada antes de las cinco de la tarde ni que dure menos de una hora cuenta. Es mi regla.
Lo pienso, y aunque ni siquiera terminemos cogiendo, la idea de salir con él no suena tan mal. Me encojo de hombros, y su sonrisa me arranca otra mía.
—Va. Una cena está bien.
Por fin el ascensor se digna a arrancar. Baja con un chillido y antes de que me dé cuenta, ya hemos intercambiado números.
Las puertas se abren y nos topamos con unos técnicos. Les dimos las gracias mientras quedamos parados ahí, sin saber para dónde mirar.
—Te escribo después que vea mi agenda —murmura.
Solo asiento.
—Vale, que te vaya bien.
Maxwell asiente de vuelta, y cada quien se va por su lado. Él se mete a otro ascensor, yo camino al estacionamiento, con la sensación de que ir a la clínica ya es inútil.
Creo que estoy loca. No sé qué carajo estaba pensando. Pero tampoco me sale arrepentirme.
Maxwell me calmó de una forma que normalmente me hubiera puesto a hiperventilar... y esa sonrisa de él… esa sonrisa seguro ha dejado a medio estado sin calzones.
Cuando regreso a la librería, intento quitarme de encima esa escena del ascensor y volver a poner los pies en la tierra. Todo fue tan absurdo que parece que lo soñé, pero no, fue real.
No tengo tiempo para quedarme dándole vueltas, tengo muchos pedidos y facturas esperándome en el escritorio. Después llamo a la clínica para reprogramar, cuando sea evidente que lo de Maxwell fue solo un delirio y quede en nada.
Igual, si sale mal, al menos me quedaré con la experiencia de cenar con un tipo que está brutal de guapo y sexy.