Estás dentro de mi cabeza

1080 Words
MAXWELL Apenas se abren las puertas del ascensor, salgo con paso firme directo a mi oficina. No hay tiempo para tonterias, el día ya empezó y no pienso perder ni un segundo. Me siento frente al escritorio, miro por la ventana y la veo. Esa figura que ya reconozco de lejos caminando hacia su coche. Es ella. Nisha. Se me dibuja una sonrisa que ni intento esconder. Mi p3n3 abajo me avisa que no soy de piedra, que esa mujer me tiene curioso, y no lo culpo. Hay algo raro en mí cuando la veo alejarse, como si me alegrara saber que todavía no fue al banco de e*****a. Que tal vez me dé una oportunidad antes de tomar esa decisión. O quizas solo me gusta ver cómo se mueven esas caderas desde esta vista de águila que tengo. No sé mucho de ella, pero se nota que tiene carácter. Y eso me enciende. Aunque le guste ese asqueroso chocolate aplastado. Me río solo, pensando en untar esa porquería en mi p0ll4 y verla limpiarlo con su boca, con esa cara seria que pone. Ahí sí, hasta le agarraría cariño al chocolate. Me acuerdo que estoy en la oficina, y que no puedo andar con tremenda er3cción mientras tengo juntas todo el día. Así que me obligo a meterme en modo trabajo. No me da ni tiempo de acomodar el escritorio cuando se me llena la oficina de ejecutivos queriendo mi atención. Los altos mandos. El buen humor que me dejó ver a Nisha se me empieza a cortar. Alzo la voz para cortar el bullicio: —Claire. Silencio. —Cancela todas mis citas de la mañana, diles que no podré y reprográmalas. Y tráeme un café, por favor. Asiente y sale volando. Una menos, quedan varios más. Me muevo entre la manada de empleados, escucho lo que necesitan, les doy órdenes claras: mándenme informes, coordinen envíos, mantengan a sus equipos en la línea. Ya siento el dolor de cabeza empezando a latir en mis sienes. Entre correo y correo, abro uno que me acelera el pulso. Últimamente, la mayor parte del estrés viene de un solo punto: una librería que no se quiere dejar comprar. Pequeña, en el otro extremo de la ciudad. No quieren vender, ni siquiera nos dan chance de sentarnos a negociar. Necesito ese acuerdo. Pero no. No ceden. El caos de la mañana me toma casi una hora en controlarlo. Cuando por fin todo se calma, agarro el café que Claire me dejó y le doy un trago largo. Abro el informe financiero, pero no me entra ni una palabra. Mi cabeza se va directo a ella. Nisha. Ni su apellido sé todavía, pero ya tengo claro que la quiero. En mi cama, en mi oficina, encima de mí, donde sea. No hablamos mucho, apenas algo de información, pero su historia me dejó descolocado. Fuerte, lista, preciosa. De esas mujeres que no andan rogando citas. Y ahí estaba, a punto de lanzarse a la maternidad sola, buscando un donante de e*****a. Me sorprende que esté soltera. Más sorprendente que tenga que ir a un banco de e*****a. ¿Qué hombre cuerdo dejaría ir a una mujer así? Tiene que haber historia detrás de esa decisión, y yo quiero enterarme. Y mientras tanto, no puedo sacarme de la cabeza sus curvas, sus piernas largas, esa boca… Sí, soy el jefe. Puedo darme cinco minutos más antes de volver al estrés del dia a dia. Cinco minutos para pensar en ella, y planear cómo conseguir que me dé una oportunidad antes de que se me escape para siempre. No sé qué carajos pasó, pero cuando nuestras rodillas se rozaron, me recorrió un latigazo de calor que me hizo latir más rápido. Y esa blusa suya, dejando escapar un vistazo de su escote… mierda, es imposible no notarlo. La verdad, no entiendo por qué le urge tanto tener un hijo. Yo siempre he sido de una sola cosa a la vez. Solo hay espacio para un “bebé” en mi agenda, y ese bebé se llama mi empresa. ¿Que si amo mi trabajo? No tanto, pero es un compromiso que no pienso soltar. Mi padre levantó este negocio y ahora todos esos empleados que confían en mí dependen de que no cometa errores. Ni mi hermano ni mi hermana querían esta responsabilidad, así que me tocó cargar con ella. Y si algo me enseñó mi padre, aunque no lo quisiera, es que familia y trabajo no se mezclan bien. Él se perdió en la oficina y se olvidó de su propia casa, y yo aprendí de su error. Uno tiene que elegir, y yo elegí. Yo no nací para ser esposo ni papá de nadie. Y siendo sincero, la soltería tiene lo suyo. Pensar en eso me lleva de vuelta a Nisha. Con ella sería simple. No tendría que enredarme en pañales ni desvelos, solo en lo que de verdad vale la pena: cuerpos sudados y gemidos ahogados. Yo sigo con mi vida, ella con la suya, y ambos disfrutamos el camino. S3xo sin cadenas. Todos ganamos. Así que, si ya la tengo en la cabeza y el deseo se despertó, ¿por qué esperar? Tomo el celular y le escribo. —¿Hola, seguimos con la cita? Apenas estoy escribiendo el siguiente mensaje cuando me llega su respuesta: —Sí. No suena emocionada, pero no me importa, puedo con eso. —¿Cuándo te cae bien?— le escribo. Pasan unos minutos y llega: —Viernes en la noche. Perfecto, eso es en dos días. Me gusta que sea directa. Le pregunto si le parece la comida mexicana. Esta vez responde rápido: —Me encanta. ¿Tienes algún lugar? Me río y le escribo: —Te recojo y te sorprendo. Así es como debe ser, aunque sea algo casual, no hay que matarle el sabor. Las aventuras también merecen un toque de emoción. Se tarda un poco antes de contestar: —Prefiero que nos veamos allá, si te parece. A las siete. Tiene sentido. No tiene por qué soltarme su dirección, no soy un psicópata, pero cómo lo va a saber. Así que no insisto. —Todo bien. Aquí te paso la ubicación. Me quedo mirando el mensaje antes de mandar la última línea. —Tengo ganas de conocerte mejor. No pasan ni cinco minutos cuando contesta: —Yo también. Sonrío y apago el celular. Hace mucho tiempo que algo no me despertaba tanta curiosidad.
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