Deseos reprimidos

1582 Words
Alejandro se revolvía en la cama, incapaz de conciliar el sueño, la imagen de Celeste lo perseguía: su cabello rubio cayendo en cascada sobre sus hombros, esos ojos azules que parecían ver a través de su alma. Frustrado, se levantó y se dirigió al minibar de la habitación, necesitaba algo fuerte para calmar sus pensamientos. Mientras se servía un generoso vaso de whisky, escuchó un ruido proveniente del pasillo. La curiosidad pudo más que él y abrió la puerta para asomarse. Su corazón dio un vuelco cuando vio a Celeste caminando descalza, vistiendo un camisón. "¿Celeste?" susurró, su voz ronca por el deseo que llevaba días reprimiendo. Ella se giró, sorprendida de verlo. Sus mejillas se tiñeron de un suave rubor. "Alejandro, yo... no podía dormir." Él la recorrió con la mirada, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba ante la visión. "Ven, pasa. Tomaremos algo." Celeste dudó por un momento, mordiéndose el labio inferior en un gesto que a Alejandro le pareció irresistible. Finalmente, entró en la habitación, él cerró la puerta tras ella, consciente de la tensión que crecía entre ellos. "¿Whisky?" ofreció, alzando su vaso. Ella asintió, tomando el vaso que él le ofrecía. Sus dedos se rozaron, y ambos sintieron una descarga eléctrica recorrer sus cuerpos. Ni Celeste ni Alejandro tenían idea de que el demonio Malakai estaba junto a ellos, susurrando, dirigiendo sus deseos, tratando de que pecarán para adueñarse de sus almas. Bebieron en silencio, robándose miradas cuando creían que el otro no se daba cuenta. Alejandro no podía apartar los ojos de los labios de Celeste, imaginando cómo sería besarlos, probarlos. "Alejandro," murmuró Celeste, rompiendo el silencio, "Yo... no sé si esto está bien." Él se acercó, el aroma de Celeste lo embriagaba más que el whisky. "¿Qué cosa?" "Esto," respondió ella, gesticulando entre ellos. "Tú y yo, aquí, solos." Alejandro tomó el vaso de sus manos y lo dejó sobre la mesa. Luego, con una audacia que lo sorprendió incluso a él mismo, tomó el rostro de Celeste entre sus manos. "Dime que no lo deseas," susurró, mientras su aliento se mezclaba con el de ella. "Dime que no sientes esta conexión entre nosotros." Celeste cerró los ojos, con su respiración acelerándose. "No puedo," admitió en un susurro. Eso fue todo lo que Alejandro necesitó.en un movimiento rápido, la atrajo hacia sí y la besó con una pasión desenfrenada. Celeste respondió con igual fervor, aquello era completamente desconocido para ella, las sensaciones, todo era nuevo, pero no importaba. El beso se volvió más intenso, más desesperado. Alejandro la empujó contra la pared, sus manos recorrieron el cuerpo de Celeste sobre la fina tela del camisón. De repente, Alejandro se separó, jadeando. La realidad de lo que estaban haciendo lo golpeó de lleno. "Espera," dijo, su voz ronca. "No podemos hacer esto, no así." Celeste lo miró, confundida y excitada. Sus labios estaban hinchados por los besos. "¿Por qué no?" "Porque mereces más que un polvo rápido contra la pared," respondió él, acariciando su mejilla con ternura. "Mereces que te haga el amor como es debido." Ella sonrió, una mezcla de ternura y deseo en sus ojos. "Alejandro, yo… Será mejor que vuelva a mi habitación," dijo Celeste, arreglándose el camisón con manos temblorosas. Alejandro asintió, aunque cada fibra de su ser gritaba por detenerla. "Sí, es lo mejor." Ella se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se giró y le dio un beso rápido en los labios. "Buenas noches, Alejandro." "Buenas noches, Celeste," respondió él, viéndola desaparecer en el pasillo. Una vez solo, Alejandro se dejó caer en la cama, frustrado y excitado. ¿Qué demonios estaba haciendo? Celeste era... era... ni siquiera sabía qué era exactamente. Pero sabía que la deseaba como nunca había deseado a nadie. Mientras tanto, en las sombras de la mansión, Malakai observaba con una sonrisa maliciosa, las cosas estaban saliendo mejor de lo que esperaba. La lujuria y el deseo eran poderosos aliados en su plan para corromper las almas de Alejandro y Celeste. "Pronto," susurró para sí mismo, su voz un siseo en la oscuridad. "Muy pronto caerán en la tentación." A la mañana siguiente, Celeste se despertó con una mezcla de excitación y vergüenza, sentía que algo desconocido se había despertado dentro de ella. Los recuerdos de la noche anterior inundaron su mente: el beso apasionado, las manos de Alejandro recorriendo su cuerpo, el deseo que había visto en sus ojos. Se levantó de la cama, decidida a enfrentar el día y las consecuencias de sus acciones. Bajó a desayunar, su corazón latía con fuerza ante la perspectiva de ver a Alejandro. Lo encontró en el comedor, leyendo el periódico con una taza de café en la mano. Cuando la vio entrar, sus ojos se oscurecieron con deseo. "Buenos días," dijo ella, tratando de mantener la compostura. "Buenos días," respondió él, su voz más ronca de lo habitual. "¿Dormiste bien?" Celeste se sonrojó, recordando la razón por la que había dormido tan poco. "Sí, gracias. ¿Y tú?" Alejandro la miró fijamente por encima del periódico. "No mucho, la verdad. Tuve... sueños interesantes." El doble sentido de sus palabras no pasó desapercibido para Celeste, quien sintió cómo el calor se extendía por su cuerpo. Se sentó frente a él, sirviéndose una taza de café para tener algo que hacer con las manos. "Alejandro, sobre anoche..." comenzó, pero él la interrumpió. "No te disculpes," dijo, dejando el periódico a un lado. "No hicimos nada malo." "Pero casi..." Celeste se mordió el labio, dejando la frase en el aire. Alejandro se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los de ella. "¿Te arrepientes?" Ella negó con la cabeza. "No, ese es el problema, no me arrepiento en absoluto." Alejandro estaba a punto de decir algo más cuando su teléfono sonó, rompiendo el momento. "Carajo," murmuró, mirando la pantalla. "Es mi padre." Celeste se tensó visiblemente. "¿Vas a contestar?" Alejandro dudó por un momento antes de responder la llamada. "¿Sí, padre?" La voz de Ricardo sonaba fría al otro lado de la línea. "Alejandro, necesitamos hablar, ven a la oficina en una hora." "Padre, ya dejé clara mi posición," respondió Alejandro, con su voz firme. "No voy a cambiar de opinión sobre Celeste." "No es una petición, Alejandro," dijo Ricardo. "Es una orden. Si quieres seguir siendo parte de esta familia y de la empresa, vendrás a la oficina. Solo." La llamada se cortó antes de que Alejandro pudiera responder. Miró a Celeste, quien lo observaba con preocupación. "¿Qué quería?" preguntó ella, aunque ya imaginaba la respuesta. Alejandro suspiró, pasándose una mano por el cabello. "Quiere que vaya a la oficina, desea que hablemos." "¿Vas a ir?" "Tengo que hacerlo," respondió él. "Si no, las cosas sólo empeorarán." Celeste asintió, comprendiendo la situación. "Ten cuidado, ¿Sí?" Alejandro se levantó y rodeó la mesa para acercarse a ella. Tomó su rostro entre sus manos y la besó suavemente. "No te preocupes, no dejaré que nada ni nadie nos separe." Una hora después, Alejandro entraba en el imponente edificio de Montero Enterprises. Los empleados lo miraban con una mezcla de curiosidad y respeto mientras se dirigía al ascensor. La tensión en sus hombros era evidente para cualquiera que lo observara. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo, Alejandro se encontró cara a cara con Valeria. Su prima lo miraba con una sonrisa. "Alejandro, querido primo," dijo ella, con voz dulce como el veneno. "Qué bueno verte por aquí. ¿Vienes a entrar en razón?" Él la ignoró, pasando junto a ella sin decir una palabra. Valeria lo siguió, sin darse por vencida. "Sabes que tu padre tiene razón," continuó. "Esa mujer solo te traerá problemas. ¿Por qué no la dejas y buscas a alguien más... adecuado?" Alejandro se detuvo en seco y se giró para enfrentarla. "¿Alguien como tú, Valeria?" preguntó, su voz cargada de sarcasmo. "No, gracias. Prefiero mil veces a Celeste que a una víbora como tú." Dejando a Valeria boquiabierta, Alejandro entró en la oficina de su padre sin molestarse en llamar. Ricardo estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad que se extendía bajo ellos. "Siéntate," ordenó, sin volverse. Alejandro permaneció de pie, desafiante. "Prefiero estar de pie, gracias." Ricardo se giró lentamente, sus ojos fríos evaluaron a su hijo. "¿Sabes lo que estás haciendo, Alejandro? Estás poniendo en riesgo todo por lo que hemos trabajado. Todo por una mujer que no conoces realmente." "La conozco lo suficiente," respondió Alejandro. "Y lo que siento por ella es real." Ricardo soltó una carcajada amarga. "¿Real? ¿Cómo lo que sentías por Clara? ¿O por Natalia?" El nombre de Clara fue como un golpe en el estómago para Alejandro. "No te atrevas a mencionar a Clara," gruñó. "Esto es diferente." "¿En qué?" preguntó Ricardo, acercándose a su hijo. "¿En que esta vez la mujer no tiene nada que ofrecerte más que problemas? ¿En que su pasado es un misterio? ¿En que podría estar usándote?" Alejandro apretó los puños, luchando por mantener la calma. "No sabes nada de ella." "Sé más de lo que crees," respondió Ricardo, sacando un sobre de su escritorio. "Tengo pruebas, Alejandro. Pruebas de que tu querida Celeste no es quien dice ser." Alejandro miró el sobre con desconfianza. "¿De qué estás hablando?"
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