Punto de vista de Seraphina El reloj de la sala de entrenamiento se había convertido desde hacía mucho en solo números sin sentido. ¿Horas? ¿Minutos? El tiempo no importaba; solo el ardor en mis músculos, el dolor de mis nudillos, y la forma en que mis pulmones rogaban por aire, pero no les llegaba nada. Cada golpe cargaba con la burla de Celeste: «No vales la pena». Cada gancho llevaba las palabras maliciosas de Kieran: «Nunca importaste». Golpeé más fuerte y más rápido, dejando que el dolor los borrara como un borrador deshaciendo un dibujo viejo. Si me detenía, aunque fuera por un segundo, los escucharía de nuevo. Sentiría la agonía punzante de sus palabras. No podía permitírmelo. Si dejaba que esas palabras entraran, echarían raíces y crecerían ramas, se volverían e

